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Por Emilio Santiago Muiño

La primera gran crisis estructural que sacude al capitalismo en el siglo XXI, y compromete su viabilidad como civilización, es el llamado fin de la sociedad del trabajo. Comprender esto exige dar algún rodeo teórico, que se intentará hacer de la forma más sencilla y amena posible.

Carlos Marx, que por cierto dijo cosas muy distintas a las que no ha acostumbrado de la caricatura engelsista de Marx que el leninismo hizo popular, descubrió algunas cuestiones fundamentales que nos sirven para entender este proceso.

Una cuestión fundamental es que en el capitalismo hay dos tipos de riqueza que coexisten a ostia limpia. La primera es la riqueza material, que son las cosas del mundo que nos sirven para satisfacer necesidades y deseos. La segunda es el valor, que es tiempo de trabajo abstracto intercambiable, y que tras todo un proceso de traducción, se nos presenta y se nos hace familiar en forma de dinero. La acumulación de este segundo tipo de riqueza es el objetivo central que esta sociedad te impone, y lo otro (la satisfacción de necesidades y deseos), se rebaja a una pura coincidencia del ganar dinero.

Un ejemplo muy gráfico: toneladas de riqueza material en forma de comida se tiran todos los años al mar en un mundo hambriento porque su traducción en dinero no sale a cuenta en el intercambio general.

Otra cuestión fundamental es que el capitalismo está afectado por una especie de maldición o deformación congénita: la caída tendencial de la tasa de ganancia.

Los capitalistas, a medida que invierten, sacan menos beneficios de sus inversiones, lo que conduce a una parálisis de la economía si esta tendencia no se contrarresta con algo que permita ampliar los beneficios.Dicho de un modo algo tonto, durante toda su historia el capitalismo se ha salvado corriendo un poco más rápido que su predisposición natural a derrumbarse. La caída de la tasa de ganancia se produce por una dinámica que aquí voy a enunciar de manera extremadamente simplificada: las mejoras tecnológicas aplicadas a la producción, aguijoneadas por la competencia entre capitalistas, tienden a reducir el peso de la mano de obra en relación con la maquinaria.

Las máquinas y la tecnología son cada vez más importantes para generar riqueza material y las personas y sus horas de trabajo cada vez menos. Lo contradictorio, y lo paradójico, es que el beneficio capitalista sólo puede venir de la extracción de plusvalor. Esto es, el beneficio capitalista no es otra cosa que tiempo de trabajo que no se remunera al trabajador, tiempo robado. A medida que la producción madura tecnológicamente, y con menos trabajo se producen más cosas vendibles, el capitalista se beneficia en el corto plazo.

Pero en el plazo medio, cuando esa nueva norma de productividad se vuelve general, la masa global de trabajo de la que obtener beneficios se ha hecho más pequeña. Y las ganancias de todos los capitalistas disminuyen. Por tanto los capitalistas están obligados a volver a ahorrar trabajo con más adelantos tecnológicos, o a aumentar la explotación de los trabajadores o a abrir nuevos mercados para inventar nuevos trabajos, o a sufrir una crisis o una gran guerra que los recicle, o alguno de los trucos demenciales que les permiten contrapesar estas tendencias.

Cualquier empresa tiene que nadar o ahogarse en estas normas de productividad anónimas que impone la competencia. Aunque un
capitalista tuviera vocación de ser humano, si quisiera tratar de forma justa a sus trabajadores o ser armónico con la naturaleza, se arruinaría. Los jugadores son odiosos, y por eso soñamos,
legítimamente, con levantar guillotinas eléctricas en la Puerta del Sol, como dijo Valle Inclán. Pero lo realmente monstruoso del capitalismo no son los jugadores, siempre intercambiables por otros: es el propio juego.

Desde los años 70 los beneficios de las empresas capitalistas están cayendo de forma grave.La causa última es la introducción de la robótica y la microelectrónica como factores de producción que ahorran tanto trabajo que el trabajo mismo se está volviendo algo obsoleto. Casi un anacronismo, como en el presente es la honra, por la que se mataban antaño los caballeros feudales.

Hoy apenas hace falta trabajo para mantener el sistema productivo funcionando y en un futuro, según afirma Carsten Sorensen, un gurú del London School of Economics, todo el proceso productivo será controlado por las máquinas y los trabajadores, salvo algunos puestos de élite, vivirán en el subempleo permanente. Por tanto la forma de vida de clase media será una aspiración social inalcanzable para la gran mayoría:

http://economia.elpais.com/economia/2013/05/24/actualidad/1369417723_317727.html

La caída estructural de los beneficios capitalistas, asociada a la reducción al absurdo del trabajo que empezó hace 40 años, ha sido contrapesada mediante diversos procedimientos.

Estos explican porque hemos vivido bajo la ilusión de una época de bonanza y vacas gordas cuando realmente estábamos desmantelando las bases de nuestra riqueza social: la gran apertura del mercado mundial tras la caída de la URSS y la reconversión al capitalismo de China; el desarrollo compulsivo de nuevos mercados hasta el absurdo: hoy se paga ya por cosas como buscar trabajo o tener una aventura sexual fuera de tu pareja, y está en los planes incluso cobrar y pagar por los servicios biosféricos que brinda el planeta; el agravamiento de las condiciones de explotación laboral: extensión de la precariedad, contratos basura, trabajo temporal, trabajo obligatorio en las cárceles, el doble juego de la inmigración ilegal, permitida pero perseguida para evitar su organización y forzar a la baja los salarios nacionales; la financiarización y las burbujas: como la economía real ya no es rentable, todas las inversiones se desplazan a la
multiplicación financiera de los panes y los peces, que lejos de ser un milagro ha demostrado no ser más que una trampa, que hoy se desploma sobre nosotros en un juego de las sillas perverso, donde hay mucho más dinero inventado que riqueza material sobre la que sentarse cuando se para la música.

Lo cierto es que el problema radical de nuestro tiempo ya no es la explotación. Con el desarrollo tecnológico la cuestión social por excelencia es que la gran mayoría no es rentable ni para ser explotada. La obsesión de los ricos ya no es, como en el siglo XIX y buena parte del XX, como hacer trabajar a los pobres. Es que hacer con las grandes masas de pobres que, sencillamente, sobran.

Donde duerme el volcán social del siglo XXI no es en los trabajadores, es en los redundantes, en los excluidos, en la morralla del excedente humano inaprovechable para obtener beneficios. La pérdida de la centralidad del trabajo en la creación de riqueza explica también porque los viejos procedimientos de la lucha de clases, como la huelga, se están convirtiendo en una especie de rituales folklóricos sin capacidad para afectar al desarrollo general del proceso social.

El capitalismo está ahogado en este límite interno provocado por su propio hiperdesarrollo.

Los pesimistas dicen que esto exigirá al capital reinventar un nuevo ciclo de acumulación tras una suerte de gran limpieza de armario, en forma de una crisis devastadora de enormes proporciones, de la que ahora estaríamos viendo sólo los balbuceos. Los optimistas anuncian que estas señales son una prueba de que el contexto tecnológico (condiciones objetivas como se decía antes) están maduras para construir el comunismo.

Al fin y al cabo una de las desdichas histórica del leninismo fue intentar levantar el socialismo en países atrasados, sin una infraestructura técnica industrial que asegurase el prerrequisito de una sociedad comunista: la abundancia material. Ahora que un 5% del trabajo actual podría mantener en píe el chiringuito mundial, sería posible cumplir el sueño de Marx del hombre y la mujer total, capaces de pescar por la mañana y pintar cuadros por la tarde: sencillamente todo el trabajo sucio lo harían las máquinas.

Sin embargo esto exigiría una revolución social que estamos a años luz ya no de ganar, sino casi de poder pensar. Es evidente que estamos más cerca de las soluciones capitalistas al fin de la sociedad del trabajo. Las palomas piensan en subsidios mínimos para alimentos basura, alquileres sociales, un alud de ocio gratis (que hoy ya se ensaya por vía internet), marihuana legal para aplicar los hervideros de peligroso aburrimiento de los barrios populares. Los halcones fantasean con guerras, hambrunas y un apartheid brutal.

Pero el factor clave es que el propio ahogo de la sociedad del trabajo está comprometido por otro límite que Marx apenas puedo intuir y, cuando lo hizo no extrajo de él sus implicaciones profundas. Se trata de un límite externo a la acumulación de capital, provocado por la depredación de los recursos naturales que alimentan el metabolismo de nuestras sociedades.

El escritor de ciencia ficción Isaac Asimov afirmaba que cualquier planeta es un arma de un solo disparo, un disparo que la primera especie inteligente que emergiera del proceso evolutivo tendría que administrar con sabiduría o perecer. La bala de ese disparo son los combustibles fósiles: una lotería energética que permite acometer las transformaciones materiales decisivas para que esa gran locura que es el capitalismo industrial se vuelva una sociedad sustentable en lo ecológico y en lo social. En otras palabras, para que el capitalismo se torne un eco-socialismo. Y por tanto una sociedad libre de la maldición del ganar dinero por el ganar dinero y del crecimiento como un fin en sí mismo.

El grupo Krisis, en su Manifiesto contra el trabajo, se pregunta: “¿Por qué dejar que suden centenares de cuerpos humanos cuando unas pocas segadoras lo hacen todo? ¿Para qué gastar el espíritu en una rutina que el ordenador ejecuta sin ningún problema?”. El gran drama de nuestro futuro, que se convertirá en la tragedia final del mito progreso, es que quizá ya no tengamos petróleo suficiente para mover segadoras ni desplazar por el mundo los materiales y las piezas que nos permitan construir ordenadores.

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