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Por Ovidio D´Angelo Hernández

Desde la época de una épica revolucionaria en América Latina y el impacto de las novísimas -para el momento de los 60- ideas y estrategias revolucionarias, desde diferentes ámbitos renacieron esperanzas liberadoras. Fue, entonces, en ese primer período heroico que Regis Debray -aún en la línea renovadora por entonces-, enarboló su famoso texto “Revolución en la Revolución”. Me inspiro un poco en la intención, porque se trata de renovar el socialismo “realmente” existente.

Pasó el tiempo y los contextos cambiantes; surgieron en el continente la Teología y la Pedagogía de la Liberación, con exponentes claves y raíces y extensiones muy fuertes en el marco de la Educación Popular –de amplia incidencia en nuestro país incluso, sobre todo en proyectos comunitarios limitados-. Diversas experiencias revolucionarias introdujeron novedosas elaboraciones anticapitalistas y emancipatorias.

La Revolución Cubana, símbolo de resistencia antiimperialista y de proclamada opción por el pueblo, desde sus primeras etapas provocó una resonancia continental considerable; hoy todavía, a pesar de los desgastes históricos –por la amenaza exterior y por las dificultades internas, sigue siendo un “cierto faro” de inspiración para la renovación latinoamericana.

Sin embargo, por un lado el apego al modelo de socialismo vigente en las décadas anteriores –el único aparentemente “exitoso”- y el surgimiento de nuevas visiones como las señaladas y otras como el zapatismo: “gobernar obedeciendo”, los movimientos sociales y sus foros mundiales, proclamando la consigna: “a la izquierda y abajo”, el carácter popular y auto-organizativo conferido por las nuevas izquierdas triunfantes (en sectores venezolanos y, sobre todo, en Bolivia y Ecuador) sientan nuevas pautas democráticas para el cauce hacia una renovación profunda del socialismo. El llamado nuevo constitucionalismo latinoamericano, en esos países, marca importantes hitos referidos a un nuevo tipo de Estado de derecho popular. El presidente Correa y su movimiento Alianza País han proclamado con fuerza la necesidad y realización de una Revolución Ciudadana.

En esta avanzada revolucionaria, nuestro país marcha a la zaga, asumiendo cambios cautelosos en el modelo socioeconómico –algunos de incierta perspectiva o contradictorios como la “explosión cuentapropista” –en realidad con puertas abiertas a formas pre y capitalistas- que, si bien, flexibilizan las estrictas concepciones estatistas en la economía, resultan en inexplicables retrasos de formas más colectivas de gestión del trabajo y la economía. Aún con la posible aceleración relativa que se produjera en algún momento esperado en ese campo, toda nuestra sociedad está lastrada –incluida su forma de gobierno, por el papel del Partido-Estado, o la propia organización del “Poder Popular”- por las concepciones centralistas del llamado “socialismo real”.

Todo se dirige desde arriba. La famosa descentralización de las empresas de los Lineamientos económicos, parecería dar lugar a una gerentecracia que obviará el papel de los colectivos obreros en la gestión de las empresas estatales. Hasta el momento, lo mismo parece que ocurrirá con la denominada autonomía municipal. En ambos casos el papel de los “cuadros” del Estado y el Partido ocupará la máxima prioridad en el gobierno y propuestas de dirigentes a todos los niveles.

¿Estamos reeditando, a nivel continental la famosa polémica Lenin-Rosa Luxemburgo acerca del papel superior y ordenador del partido en la sociedad –algo reconocido en el capítulo 5 de la Constitución cubana- frente a la auto-organización de las masas como sujeto político renovador?. Se parte de la posición leninista inacabada del período revolucionario soviético reeditando la herencia de un socialismo estalinista y post estalinista “real”, en que el Partido queda fuera del control de las masas y coordina todos los movimientos del estado y la sociedad civil a todos los niveles?

Me parece que la única fuerza capaz de llevar adelante una verdadera renovación del socialismo consiste en poner los oídos y el corazón de parte de lo nuevo emergente en el continente.

No se trata de reclamar una “democracia” a la usanza occidental –más formal y manipulatoria que efectiva-. Se trata de lograr una verdadera soberanía popular con instrumentos jurídicos que la hagan posible. Las enseñanzas desde el Sur son importantes para el nuevo momento histórico emancipatorio popular.

En algún momento de estos debates escuché algo interesante para pensar, por una militante del Partido, miembro de un Consejo Popular: si no estaríamos en un momento en que fuera necesario un paso atrás y reconstituir un Partido Unido de la Revolución Socialista (PURSC) o incluso las ORI (Organizaciones Revolucionarias Integradas). Una idea que no me parece del todo descabellada.

En cualquier caso se trataría de una espiral dialéctica que evitaría repetir los momentos anteriores para replantearlos a un nuevo nivel de la necesidad del desarrollo; es decir de la democratización del propio Partido en sustitución de la idea de una cúpula –cuasi-permanente- que impone su pensamiento e ideología, su modo de ver el socialismo. Un Partido que necesita distintas visiones y debates teóricos -abiertos y públicos- y sobre la práctica revolucionaria actual, en el que pueda triunfar un consenso diferente.

La vieja consigna post-estalinista soviética del “Partido de todo el Pueblo” es, en si misma, una contradicción inoperante.

Cualquier semejanza a las ideas martianas –en otro contexto y con otros fines- sobre el Partido Revolucionario cubano –en el que, por cierto, diferentes corrientes ideológicas coexistían en el ideal liberador- con la de un partido único heredero de la tradición estalinista, es pura falacia.

Más allá, la democratización de la sociedad exige la distancia y diferencia entre las funciones del Partido y las del Estado. El Estado puede estar constituido por una diversidad de personas con diferentes agendas políticas y formas de pensamiento, bajo la consideración de un cierto consenso de renovación socialista y las contradicciones y debates que ello implica para lograrlo.

Por otra parte, las “organizaciones de masas” actuales –incluido el Poder Popular, que cumplieron un rol histórico, en sentido general han quedado superados y sumidos en una inercia inoperante y formalizadora sin una función social significativa –a pesar de los llamados a Congresos para revitalizar…más de lo mismo-. Necesitan renovarse a fondo y no operar como meras poleas de trasmisión del Partido a la sociedad civil.

Creo que se debe aprender las experiencias latinoamericanas –retadoras, si, pero legítimas- de la apertura hacia movimientos sociales diversos que se enfoquen en determinadas necesidades populares y en compartir el poder del Estado con las instituciones políticas, con agendas diversas hacia el desarrollo de la sociedad en todos los órdenes, basados en la independencia y autonomía y con sentido y conciencia de solidaridad colectiva hacia una sociedad cooperadora y de progreso.

Sin ingenuidades, ya que esa apertura a movimientos sociales puede traer injerencias ideológicas extra-nacionales y extra-continentales, con los financiamientos acompañantes para las campañas políticas y la manipulación de las conciencias. Alguna fórmula puede elaborarse en término de ética política que impida esos excesos.

Creo que una de las más importantes cuestiones a resolver en el actual momento histórico del país es la de retomar el rumbo emancipatorio y empoderador del sujeto popular confiriéndole todas las prerrogativas de su ejercicio ciudadano, como verdadero soberano, partícipe y controlador del Estado y todas sus instituciones.

En resumen, comparto la idea de que necesitamos una renovación socialista con un nuevo tipo de participación democrática popular; su eje central que encausaría la visión general de país en lo económico, jurídico, social y político sería: una profunda Revolución ciudadana en la Revolución.

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