Por Félix Sautié Mederos.

Crónicas Cubanas

La Habana es una ciudad con contornos mágicos; para algunos es como un centro emisor del surrealismo que supera a la realidad misma, con sus edificios sostenidos por una estática urbanística milagrosa, que se mantienen en pie con hidalguía y orgullo en espera de los tiempos que superarán la destrucción a que se quiso condenarla. Las penurias, las desidias y los castigos contra natura no han podido domeñarla, ni tampoco los flujos migratorios desbordados de quienes buscan en sus calles, parques y sobrecargadas casas un futuro a toda costa y la colman por todas partes sobrepasando sus posibilidades de asentamiento.

La Habana siempre ha resistido y resistirá aún por encima de quienes la han maltratado tanto, porque La Habana es así, gallarda y erguida, guardiana del corazón de Cuba en donde se sostiene nuestra cubana razón de ser; tal y como se le denomina hoy con mucha frecuencia: la Capital de todos los cubanos, los de adentro y los de afuera sin excepción alguna para pesar de los que estrechamente la conciben distinto. Con estas consideraciones quiero comenzar mi testimonio de un hecho quizás imperceptible para muchos que, para mí, fue en cambio símbolo espiritual de fe en la vida y en el futuro que tenemos por delante.

Confieso que estos sentimientos me embargaron hace algunos días mientras que caminaba desde mi casa en Centro Habana rumbo a la Catedral de San Cristóbal de La Habana. Avanzaba en la línea recta trazada por la calle Ánimas que atravesando al Paseo del Prado y a la Avenida de Egido desde la esquina del antiguo Cuartel de Caballería hoy parte del Museo de Bellas Artes, nos conduce directo al costado de la antigua Iglesia de San Ignacio, que preside la gran Plaza de la hoy S.M.I Catedral de San Cristóbal de La Habana. Me refiero a un trayecto cuajado de edificios e historias que cada vez que lo recorro revive mi emoción y amor por La Habana en que nací y en donde espero morir. Atravesé entonces por el medio de un panorama que se alza por encima de los dolores y angustias de una ciudad que se ha resistido y se resiste a ser sepultada por los odios y rencores que tanto la han hostigado.

Iba para participar en una liturgia extraordinaria en la que dos jóvenes diáconos habaneros rellollos se iban a ordenar sacerdotes. Sus nombres característicos de la época: Frankis y Dariel. Sus lemas de ordenación “Aquí estoy Señor, sacerdote para siempre quiero ser” y “Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permanecer en mi amor” (Juan 15,9). Me refiero a una verdadera manifestación del espíritu y de la vida, en medio de un tanto más de lo mismo que día a día es roto por la obra restauradora que recupera al Capitolio, al antiguo Teatro Martí, al Paseo del Prado y a la Avenida del Puerto. Un verdadero renacer de una vieja ciudad que nunca ha podido ser extinguida.

Me movía pues a través de aquellos grandes contrastes rumbo a un acto de fe por la vida, de esa fe que puede mover montañas y que algunos creen que podrán vencer, pero que por días avanza hacia a un futuro en el que habrán de ahogarse los odios y los desamores.

Quizás para algunos burócratas y descreídos Frankis y Dariel son sólo dos frágiles jóvenes que poco podrían hacer con la labor pastoral que iniciarán. Los que así piensan no entienden que ese día ellos se iban a convertir como dice la canción litúrgica en un sacramento viviente… enviados por el Padre a difícil y ardua tarea… Si perseveran en su vocación y así lo espero yo, mucho podrán hacer para la sanación espiritual de un pueblo con grandes angustias y anhelos que necesita de la fe y del amor como del oxígeno para la vida. No sólo de pan vive el hombre, dijo Jesús, y ellos impartirán el pan de vida que alimentará al amor que lo puede todo. Esas cosas del Espíritu no son comprendidas por quienes piensan que podrán impedir los cambios y las reformas que tanto necesitamos los cubanos de hoy para el renacer material y espiritual de nuestra patria querida.

Aquella mañana del sábado de San Pedro y San Pablo del 2013, el templo estaba repleto de fieles junto a los familiares y amigos de aquellos jóvenes diáconos que iban a abrirse a una nueva dimensión del espíritu. El ruido fuerte e intermitente de un martillo mecánico desde el exterior se unía con la música y las canciones del coro. Todo aquello conformó una singular armonía de ecos proyectados hacia el futuro, con señales de que La Habana estaba viva y que vencería todos los obstáculos, dentro de un trasfondo de renovación espiritual transportado además por los ecos romanos de Francisco en sus empeños de alimentar la fe que moverá montañas.
No podía dejar de escribirles a mis lectores esta crónica con mi testimonio de que la vida siempre renacerá, porque no le van a faltar promotores del espíritu que la mantenga siempre viva y valga la redundancia de los términos existenciales.

Así lo experimenté y así lo testimonio con mi felicitación y mis mejores deseos para los dos nuevos sacerdotes habaneros: Frankis y Dariel. Lo escribo como siempre lo hago, con mis respetos para quienes piensen diferente y sin querer ofender a nadie en particular. fsautie@yahoo.com

Publicado en Por Esto! el sábado 6 de julio 2013.

http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=253775

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