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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Quién nos iba a decir en una fecha no tan lejana, apenas en el 2006, que a estas alturas, en Cuba, su ciudadanía iba a vivir en un país casi normal. Ubiquémonos: en aquella fecha, no se podía:
-Vender o comprar el automóvil o la vivienda
-Construirte tu propia vivienda, en un terreno tuyo propio, o en uno arrendado de la agricultura.
-Reservar habitaciones en hoteles
-Adquirir un teléfono celular ni una computadora
-Abrir un negocio particular (había cuentapropistas desde antes, pero estaba casi congelada la concesión de licencias) y contratar fuerza de trabajo para el mismo, cuando así se estime conveniente.
-Viajar al país que estuviera dispuesto a aceptarte
-Navegar por Internet en un ciber-café corriente.

La existencia de esta lista de imposibilidades en pleno siglo XXI parecía, ciertamente, obra de una aberración kafkiana aguda. No es que sean muchos los que puedan acceder hoy a esas libertades, sobre todo las más onerosas, pero por lo menos ya se despejó el bloqueo político interno que sofocaba su posibilidad teórica.

Del asunto de la velocidad de las reformas hay mucho que decir, pero me esforzaré para no desviarme de la idea que quiero ensayar. Tal vez suene reiterativo, respecto a escritos anteriores. Me atormenta el asunto del alcance, y su dirección.

Habrá quien dice que lo único que ha pasado, han sido reformas cosméticas. Pues bien, mucho que suspirábamos por ellas en aquel entonces. Aunque, tal vez, eso solo demuestre lo atrasados que estábamos.

Lo que yo pienso, en términos esperanzadores, lo ilustraría con una metáfora, con el oleaje del mar que peina y peina una y otra vez una orilla. Las primeras piedras en ser arrastradas, son las más pequeñas; luego, las medianas. Finalmente, las rocas mayores, desprovistas de la amortiguación que las restantes procuraban, son también erosionadas y vencidas. Lo triste, es que el mar tiene tiempos geológicos, y uno, apenas una vida humana.

¿Qué piedras mayores nos agobian hoy, férreamente atravesadas, hirientes y sobrecogedoras? Obviamente, aquellas que han hecho que la obra de limpieza no haya podido ser llevada a cabo por nosotros mismos, por la propia ciudadanía, y haya tenido que ser la erosión del tiempo la que arrastre toda la basura intermedia. Especialmente, ha sido la negación de las posibilidades, a los ciudadanos, de auto organizarse, de recabar información, expresarse, ya fuere para reclamar determinadas políticas o procurarse por sí misma los requisitos materiales y espirituales para una vida más plena. Con la misma fuerza con que, en los años de la década de 1960, se argumentaba que los trabajadores no estaban preparados para la autogestión de las empresas, se mantiene hoy a la sociedad civil bajo la disciplina de la trinidad Estado-Gobierno-Partido. De ahí que en las reformas no se concreta aún el protagonismo ciudadano, sino que cada una parece una merced concedida por los Altos Poderes.

Por otra parte, las reformas no hubieran sido efectuadas sin la presión de la opinión pública, con la divulgación escurridiza cuanto haya tenido que serlo de planteamientos, críticas y proposiciones de cambio y la resistencia pacífica de los ciudadanos, en forma de la refractariedad creciente a los llamados políticos y discursivos. Estas formas de resistencia han influido, indudablemente, en descarrilar inexorablemente el el sistema socio-político-económico de corte soviético que se intentó implantar. Y seguirán presentes. También es verdad que todo se vuelve más complicado con la continua ingerencia del poder imperialista de la acera de enfrente.

El drama último será la dirección final de las reformas, que a muchos nos huele a capitalismo sincerado a diferencia del monopolista de estado, anterior. Ahora mismo anda nuestro flamante vicepresidente y seguro próximo presidente, Miguel Díaz Canel, de gira por China y Vietnam, y se manifiesta fascinado por los logros de esos países.

Por supuesto, que no hay una palabra, un reconocimiento, al hecho de que el crecimiento de la economía de esos países ha sido por los carriles de la economía de mercado. Y no es por no reconocer que se hayan levantado esas dos naciones, de situaciones económicas espeluznantes, provocadas por las guerras o las locuras de líderes mesiánicos. Se trata de que la población cubana es, o se intenta que sea, manipulada y confundida por un discurso que esconde parte de las verdades. Se trata de que se intenta encubrir los aspectos más críticos de unos sistemas de explotación del ser humano y la naturaleza, sin muchos miramientos de sostenibilidad; de países donde crecen las desigualdades y donde, por demás, no es posible sostener sistemas de educación y salud universales y gratuitos.

Si la población cubana fuera libre de escoger esa opción, entre varias, con información suficiente, yo no soy nadie para oponerme a la mayoría. Tal vez se estime que lo que se gane es más que lo que se pierda: enhorabuena por la libre elección, y por asumir la responsabilidad de los actos propios. Pero para que se cumpla esa condición, tenemos todavía que resolver los grandes problemas del monopolio sobre la verdad, sobre la información y la organización de la iniciativa de las personas. Quedan las mayores rocas, entonces, atravesadas; y las que se han retirado, no está claro que camino están empedrando.

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