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Por Pedro Manuel González Reinoso

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Sala hospitalaria en el capitalino Hospital Militar, de Marianao

Sí señor, el entrecomillado lo uso ex profeso, por lo antagónico de los términos. No se puede ser burócrata y hospitalario a la vez. Se repelen tales mezclas (como el aceite y el vinagre, o el rojo viscoso y el pastoso verde en el laboratorio secreto de Fantomas, antes del explote en la película), aunque –admitámoslo–: algunos precipitados resulten bastante útiles a las faenas alimentarias o investigativas, pero poco al instante de disponer los salvamentos.

Uno nunca acaba por ponerse del todo en el lugar del otro, como para poder entender bien sus padeceres. Te lo cuentan, y te lo crees, te sensibilizas, y hasta aúllas a dúo con el sufriente por elemental solidaridad, pero no es lo mismo: tú o alguien tuyo de protagonista; hasta que te toca personalmente no lo apercibes en su real dimensión. Nada nuevo ni revelador es, lo obvio, pero la experiencia es la experiencia, y cada cual carga con sus dosis insustituibles. Siempre digo que no precisamente por la cercanía de un jugoso turismo circundante, vivimos en el país de “Los Cayos”: gritamos alto y fuerte, hasta desgañitarnos, sólo cuando nos los machucan. Nunca antes, aunque los mantengamos ahí, en estado de latencia. Y así descubrimos, casi en el estertor pos pisotón, nuestra (otra) malsana costumbre.

El sábado recién pasado (abril 13-2013) en horas de la madrugada, ingresé temporalmente a mi madre, diabética de 80 años, en el Policlínico II del municipio donde residimos, en su salita destinada al cuerpo de guardia, que es el que residencialmente ‘nos toca’. Presentaba una ingesta y la consecuente deshidratación por vómitos y diarreas del día anterior, más otra descompensación de la glicemia y la tensión arterial. Y digo otra, porque somos ya, periódicamente, usuarios habituales de estos recintos en idas y venidas con ella en su imparable adversidad.

Tuve que llevarla desde casa, como siempre, en una silla de ruedas, pues no existen medios de trasporte en nuestro pueblo, como tampoco en ningún pueblo del interior de la isla. No quedan, desde los noventas, guaguas locales a ningún destino, ni taxis, ni carros de guardia como antaño en el PP o en el PCC solía haberlos disponibles, siquiera perseguidoras policiales a las que pudieras apelar en extremo, o ambulancias con combustible, excepto para casos muy graves que haya que so-correr hasta Santa Clara, la cabecera.

Llamar al 103, si consigues un teléfono, es morir en la (des)espera, pues precisan en la base de una orden desde la provincia que certifique la gravedad para autorizar la recogida. Una contingencia entonces de nimia envergadura, si comparable, te obliga a despertar, a lo sumo, a un bicitaxero enojado que cobra $40 pesos por 4 cuadras (nocturnidad y alevosía, barruntan), de manera que preferimos arrastrar en los medios habidos a nuestros enfermos y disponer en casa, contra toda esperanza, de un par de ruedas aunque sean prestadas.

Desde que hace pocos años la Asamblea Provincial, la Dirección de Salud y el propio Gobierno municipal propusieron a la Asamblea Legislativa –con ánimas que sólo entiendo por el aplauso oportuno de los restrictivos y por suerte para todos sin conseguirlo (nadie sabe bien porqué ni para complacer a quién)–, cerrar el único hospital local en activo argumentando su insostenibilidad desde toda perspectiva, solemos acudir a estas instituciones intermedias en emergencia, para ahorrarnos los ingresos en el recinto aquel, que ahora trascienden en rarísimos y para todos los implicados: costosísimos. Bonita paradoja en un entorno social que se precia de su gubernamental gratuidad (sin mencionar los “presentes” lógicos, que aunque no se oficialicen ni se estimulen, se desprenden de la mata cuales mangos redentores: si pretendemos matar –o mejor; ‘salvar’– a dos pájaros de un tiro; damos muestras de gratitud y paliamos de paso las necesidades siempre crecientes del protectorado, contribuyendo a su sostén momentáneo con algo.

Es decir:llevémosle el pan nuestro a nuestro médico, cuando podamos. Y un jabón). Caibarién alberga cerca de 40 mil ciudadanos y posee una zona rural descentrada donde colindan importantes áreas agrícolas. La institución sanitaria en la que se parió a mi generación en los 50s, el Hospital General Docente (por aquel entonces “María del Carmen Zozaya” [1922]), era atendido por monjitas y solía funcionar con escasas obreras del sacrificio. Hoy, es un hervidero de galenos y enfermeras mucho mejor preparados que aquellas para salvar vidas, mas sin los recursos sobrios para desenvolverse como debieran, mientras se reconstruye, en el corto espacio que queda semiderruido en el añejo edificio, más de la mitad del área, para dar cabida a la más grande y moderna sala de hemodiálisis (dicen) que habrá en la zona.

En el ala que incluía la exigua salita de terapia intermedia (instalada ahora en la ex oficina de la administración como hospital de campaña) y en la sala de medicina, se ejecutan las maniobras de fecha interminable. Con los enfermos y operados a pocos metros de las labores, tragando el polvo del asbesto y el cemento que levantan los vientos, y los pasillos atestados de agujeros semejantes a huellas de un bombardeo, se desarrolla la atención a duras penas. Ya lo digo; bajo el influjo de un milagro que creíamos perdido, renace el condenado hospital. Cierto es que nunca más con espacio asistencial para los niños, los que deben ser tratados fuera del territorio, deviene en asilo exclusivo para mayores.

Ahora bien, todo este esfuerzo en tiempos difíciles contrasta con la burocracia reinante a la hora de contar los ingresos (los no-efectivos, claro). Y administrar las altas. Estos vocablos de altibajos no se entienden muy bien por la población, la que tampoco asimila le erradicación de la pediatría en el territorio como si los infantes no existieran. Se cuestionan también la conveniencia de mandar nuestros especialistas a misiones foráneas cuando se desatiende a los nacionales. ¿Será igual para los otros hospitales del país? Aparte del alud de informes y escrituras que se exige asentar hasta en los bordes de los medicamentos, las fechas y firmas en sueros, jeringuillas y las panaceas rebosantes de destinatarios con señales que demuestren su empleo dentro de la maltrecha legalidad socialista, el tiempo se dilapida en concretar las absurdas exigencias. Un horror de tedio profesional instituido por los sanos, que espanta a curadores y a enfermos.

Pero volvamos a lo mío primero, como aquellas tiendas ingenuas del periplo desesperado blandían por divisa.

El domingo 14 al anochecer, tras 2 disoluciones de sales y algún calmante, trasladé a mi madre hasta el sobrevivido Hospital a falta de alternativa. Tenía fiebres. Acababa de ocurrir un horrible accidente de tránsito en Dolores (zona agrícola cercana) y había una fallecida y otro a punto de estarlo. El cuerpo de guardia no daba abasto. Por fin, una hora después, asistidos los casos graves, la acostaron en una camilla y le pusieron otro suero (el séptimo, para hidratarla).

La médica de emergencias, amable, le indicó unos exámenes de laboratorio y nos dijo que podía tratarse de gastroenteritis, más carecían de antibióticos en el stock, por lo que el ingreso era la única posibilidad de acceder a ellos, al siguiente lunes por lo regulado, y no habían camas disponibles en la única sala de medicina existente, que cuenta con 10. Tuvo en total 22 diarreas negras y fétidas de manera continua en un espacio de 19 hrs.

El área a su alrededor era un mar de moscas, sin embargo los vómitos cesaron antes, gracias a los intravenosos gravinoles. No había agua en los lavabos para asearla. Tuvimos que usar el hipoclorito envasado para desinfectar las manos y limpiarle el cuerpo como pudimos. Botar toda la ropa interior a la basura. Amontonar las sábanas usadas de las 5 camas restantes que quedaron peladas. Por fortuna nadie se sumó esa noche. Hasta el día siguiente no habría tampoco ropero.

Al amanecer seguía igual y otro médico en relevo reindicó, cerca de las 8 am, el ingreso ¿pero en dónde? La sala de terapia improvisada no era la recomendada por razones de probable contaminación con gérmenes extras, y en el cuerpo de guardia no se podía seguir. Nadie habló, ante la posibilidad de nada tragar, de ponerle el ciprofloxacino(en falta) el co-trimoxazol, o el metronidazol endovenoso, u otro antibacteriano, excepcionalmente in situ. Acotado entre demoras enigmáticas, fui hasta la sala de medicina por mi cuenta para observar el terreno y pedir ayuda especializada, en razones de que una vez indicada la hospitalización y lo medicamentoso, es la Jefa de Sala correspondiente (–Soy licenciada en enfermería–, me dijo resoluta) quien se encarga del trámite. Había varias “altas” esa mañana. Por suerte para los que se marchaban, y para nuestra familia en cola. Comenzamos a esperanzarnos.

El médico sustituto, encargado de la sala ese día, escribía incontables detalles en los expedientes, las hojas de turno y las historias clínicas. 10 personas empapeladas lo ocupaban, desbordándose sobre el buró. Les expliqué la extrema situación y mi apreciación de la urgencia. Me miraron circunspectos los dos y me dijeron con calma: espere, que allí le avisaremos para traerla, cuando quepa. Nada se puede hacer hasta que no estén las camas libres. ¿Acaso ponerle el medicamento indicado allá, –aventuré– pues se debilita por minutos, sería posible? Pues no, esta lista de recetas que Ud. ve, son los medicamentos que debemos pedirle a la Farmacia cuando podamos, también para la sala que aguarda para proseguir con los tratamientos (distante estaba el almacencito a 4 y medio metros exactos del sitio en que se hallaban ambos sentados en su infinita escribanía) ¿Y pueden transferirle en cambio a su camilla mientras, no creen, solucionar lo elemental sin más dilaciones? Le decimos que espere, no se puede… son, lo establecido, órdenes ¿Administrativas o Profesionales?

Allí paré de cuestionar. Desarmado. Porque no se puede hablar de Ética, al menos en este caso. No existía respuesta. Podía cortarse la indiferencia en el aire, así era de densa e intragable. Eran las 9 y 30 am. Volví otra vez a media mañana. Tampoco. Los signos vitales de ella y mi desesperación amenazaban con estallar, como la bomba que Jean Marais preparó a Luis de Funes Llegó el mediodía, abandonados a la bartola. A la 1 y 45 entramos –por fin– a la destartalada sala, el gentil camillero, mi hermano menor y yo con todos los bultos apestosos. Antes de entrar, nos recibió en prueba de alivio para nuestras vergüenzas, un olor peor junto a la escalerilla: la putrefacción que emanaba de una laguna de oxidación improvisada, detrás de los baños, frente a la brisa, en la que navegaban variedad de sólidos apretados y algunas alimañas, eché en falta acaso una disfuncional e imaginaria pareja de cocodrilos para hacerla aprovechable.

Inmediatamente caímos en trance los cuatro: tras una larga diarrea negra sentada en una silla (la cama aún sin sábana ni toalla) y una fatiga que le extravió el pulso y la puso rígida, perdió el conocimiento, a la vista de los pacientes. Comencé a cuestionar con todas mis angustias si eso era precisamente lo que se pudo evitar con tanta desidia del personal de la sala y solo entonces, a punto de perderse a la enferma, despertaron las encargadas lelas y buscaron a los emergentes [el médico (i)responsable había ya desaparecido tras dar las demoradas “altas”. Era su misión, arguyeron, sólo estar en las mañanas, para pasar visita, redactar informes revisitables y… ¿luego, esfumarse?] Precariamente, con 3 sueros diferentes a la vez, masajes corporales y otras estrategias sabias del médico emergente y sus prestos auxiliares, lograron revivirla. El incidente le había dejado sin nutrientes el cuerpo y sin oxígeno el cerebro. Una secuela que nos dura hasta hoy, una semana después de darle “alta”. No ha vuelto a ser la misma. Ha perdido algo extra de la memoria. A veces se nos muestra incoherente, naturalmente.

Creo que se desperezaron las personas implicadas, cuando temieron a la postre por las consecuencias de su modorra, y de no haber sido por el hecho catártico en sí, todavía remolonearían como habitualmente intuyo hacen con todos. Sólo saltan cuando peligran. Cómo nosotros peleamos cuando nos pisan. Esa dualidad del efecto-reflejo nos vuelve maniqueos y crueles aún en el ejercicio de nuestras profesiones. No dejo de pensar en cómo o cuándo se relaja el juramento hipocrático a medida que las adversidades e insatisfacciones golpean a nuestros empleados de la salud y les endurecen en el trato. Nunca se acostumbra un ser humano, por demás ducho, a la inminencia de la muerte. Tengo noticias de que se ha avanzado un paso en unos cuantos reclamos justos hacia ellos, ya pagan al menos las guardias médicas nocturnas a 2 pesos cubanos: 12 horas que representan un CUC al cambio actual. Y si doblan hasta un día extenuante, pues dos. Pero acaso es algo. Mejor que nada.

Enfermarse hoy en estos predios municipales significaría, de haberse concretado la extirpación y clausura propuestas del viejo hospital, viajar ¡con los actuales recursos! hasta San Juan de los Remedios, distante a 8 Km del centro y a 20 de las periferias. En aquel Hospital remediano, de cuyas condiciones no quiero acordarme, han nacido desde mediados de los sesentas, todos los hijos de este pueblo –hoy pobre, pobrísimo como nunca antes en su historia, creo, desde su fundación en 1832– de pescadores y estibadores, quienes, por ende, dejaron de serlo (cuales nativos) y como obreros del mar, cuando también se decidió cerrar la pesca y el puerto, para potenciar el disfrute turístico y tras la caída espantosa del comercio con los soviets. Todos son, en sus nuevas identidades; ‘remedianos’ sin costas natales y encima: desempleados. Hace mucho que se acabaron los naturales ‘caibarienenses’ amén de los que emigraron por miles en todas direcciones ¿Será por eso que al amparo de tan singular designio nos han abandonado a nuestra suerte y nos creen capaces de remediarlo todo? Vivir, para ver. Y para hacerse la pregunta obligatoria: ¿Les estará pasando esto igualmente a otros cubanos u ocurre el daño exclusivamente aquí? Ingenuidades aparte, que nos abunden otros testimonios para el mal mañana coartar.

Observatorio Crítico existe para amonestar lo que resulte evidente en Cuba. Independientemente de la voluntad de los implicados al intentar resolverlas (y este término por usado, me da urticaria), las trabas ahistóricas que impiden hacer la vida común razonablemente viable, son absolutamente subjetivas. Errores puros de comando ¿Valdrá la pena restregarlas a los mismos que las diseminan como alambradas?

Ya sé que habrá mil y una explicaciones para el exceso de ordenanzas y controles por parte de las canchan-chanas neo burocracias insulares, ávidas de sentirse consideradas bien actuantes y comisarias, para sus administradores y ministerios, empeñados todos en conservar puestos (y no de combate). No obstante valsar con interdependencias arribistas, y con todas las piruetas para mantenerse a flote, jamás encontrarán una justificación exacta para la pérdida de valores en una sociedad que se ha conformado sobre la esencia humanista.

Algunos burrócratas de fina cepa sonreirán complacidos al ver ganadas sus metas en la batalla (esa sí) contra el despilfarro y las carencias que genera el bloqueo yanqui. Otros, enarcarán la ceja. Ambos serán un día pastos de sí mismos, en combustible autofagia. Mirarán interrogados al personal encargado de su supervivencia, perderse en un mar de apuntaciones antes o después de (mal)atenderles, rabiándoles irremediablemente las espaldas tras mantenerse doblados sin descanso, encima de tanta papelería.

PS: Tener, por ejemplo, ópticas desde hace un tiempo por moneda dura es una de las nuevas políticas comerciales que prescindirán de las viejas gratuidades, o al menos ayudarán a compensar los subsidios desgastantes de las “de a peso”. Creo que algunas prótesis y otros medios secundarios también clasifican o clasificarán en los cambios por venir. En la discusión de la pertinencia de una medicina alternativa que haya que abonar sin perder a la primera, y para exigir una atención esmerada ¿deberemos vender nuestros refrigeradores?

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