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Por Erasmo Calzadilla

En el año 2000, la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció el 22 de mayo como Día Internacional de la Diversidad Biológica, con el objetivo de llamar la atención sobre la extinción masiva que estamos provocando, que abarca a ecosistemas, especies y genes. Nunca el planeta conoció un declive tan acelerado.

Alguien podría pensar que en definitiva la humanidad no necesita tantos bichos para vivir decentemente, que se trata de un problema estético, o a lo sumo ético; nada más lejos de la verdad.

Más allá de todos los servicios directos o indirectos que “los bichos” brindan, la diversidad es el estabilizador de la biósfera, su protección contra perturbaciones y agresiones. Sin ella estamos fritos.

Somos la especie con el cerebro más grande pero nos comportamos como una vulgar plaga asaltando un planeta. Damos pena.

Pero si el problema es complejo la disyuntiva luce simple: O decrecemos suave, planificadamente, evitando en lo posible las catástrofes, o lo hacemos a base de guerras, crisis ambientales y sociales, epidemias y hecatombes. Que nadie se engañe a estas alturas con esa falacia a la que llaman Desarrollo Sostenible.

Que hay de la biodiversidad en Cuba

A pesar de la Claria, los pedraplenes, la caña de azúcar, los transgénicos y el marabú que avanza por nuestros campos y ciudades, todavía somos, en cuanto a biodiversidad, una isla prodigiosa.

El archipiélago cuenta con una gran variedad de plantas y animales (500 000 y 19 600 especies respectivamente) y un endemismo elevadísimo (50 y 42%), lo que nos ubica en la cuarta posición entre las islas del mundo y la primera en el Caribe.

La Revolución ha atentado contra biodiversidad con una mano, y con la otra ha trabajado arduamente por su conservación. Por un lado el afán desarrollista, el voluntarismo, luego el burocratismo, el abandono, la falta de recursos y la desidia.

Por otro un empeño y un afán ecologista nunca antes visto por estos lares: creación de centros científicos, formación de profesionales y aplicación de un marco legal sofisticado para la protección de la flora y la fauna.

No voy a hacer un balance de lo positivo y lo negativo, eso le toca a personas mejor informadas, prefiero en cambio aprovechar las siguientes líneas para contar algo que conozco bien porque lo viví personalmente.

El Instituto de Ecología y Sistemática

Hace algo más de un lustro trabajé en el Instituto de Ecología y Sistemática (IES), una de las 70 instituciones científicas implicadas en la protección de los ecosistemas cubanos.

Cinco años atrás el IES contaba con un valioso team de investigadores pero escaseaba el money (y todavía no había llegado la crisis). Para luchar alguna platica o equipos buenos, los científicos del centro tenían que vincularse a proyectos internacionales que no siempre respondían a la función social del centro.

Por si eso fuera poco las trabas burocráticas les ataban las manos y hasta impedían que el dinero llegara a ejecutarse. Se respiraba frustración y era bastante normal que alguno se quedara en el extranjero si le daban la oportunidad de viajar.

Faltaba el dinero para lo esencial y por supuesto para lo demás. El cuerpo de custodios permanecía siempre incompleto y todos los meses había que lamentar el robo de un equipo caro o incluso de colecciones que clasificaban (tengo entendido) como patrimonio nacional. Innecesario abundar que la comida y el transporte de los trabajadores daba grima.

No sé si el Instituto de Ecología y Sistemática de hace 5 años era la excepción o la regla. Si los otros 70 están en las mismas condiciones (que es lo que presumo), la biodiversidad cubana debe ir buscando la manera de protegerse por cuenta propia.

Publicado en Havana Times
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