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Por Ariel Hidalgo

marti-displayNo se sabe exactamente —al menos yo no lo sé—, por qué se escogió la fecha del 20 de mayo para inaugurar la República de Cuba, un día después de conmemorarse siete años de la muerte en combate del hombre que había dado inicio a aquella guerra de independencia como delegado del partido que fundara en 1892, a no ser que quisieran representar la resurrección de sus ideales al día siguiente de su muerte.

Pero a pesar de que ese día inaugural se consideraba oficialmente fundada la república independiente por la cual se libró aquella guerra, muy poco tuvo que ver aquel parto en que se arrastraban cargas impositivas a la soberanía nacional y un cúmulo de sueños frustrados, con los ideales que inspirara la labor titánica de aquel hombre, José Martí, que en sus últimas palabras en carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, manifestara que su principal propósito era “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan los Estados Unidos por las Antillas y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Aquellas previsiones fueron certeras si tenemos en cuenta que los Estados Unidos intervinieron en aquella guerra de liberación nacional para apoderarse de Cuba y Puerto Rico y pocos años después, en Panamá para apoderare del Canal. Martí, que había vivido quince años en esta gran nación, durante los cuales había sido periodista y cónsul de un país suramericano, señalaba las razones para aquellos temores: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”. Y agregaba ante la magnitud del reto emprendido contra un gigante de siete leguas: “Y mi honda es la de David” (Martí: Obras Completas, Edit. Nac.,1963-1965, t. IV, p. 167).

La Enmienda Platt, impuesta a la fuerza por el Gobierno interventor norteamericano, generaba una República timorata, sujeta al derecho interventor del vecino poderoso, a la imposición de bases militares y a la imposibilidad de abolir o reformar las medidas de gobierno dictadas durante la intervención que favorecían primordialmente los intereses económicos de grandes propietarios norteamericanos, y por ende al establecimiento de un sistema político donde los aspirantes a altos cargos públicos debían requerir la anuencia de Washington si querían sentirse seguros en el gobierno del país, o como el propio Martí preveía en la citada carta, el empoderamiento de “una especie curial … contenta sólo de que haya un amo, yanqui o español, que les mantenga o les cree, en premio de oficio de celestinos, la posición de prohombres desdeñosos de la masa pujante, … la masa inteligente y creadora de blancos y negros” (Ob. cit. P. 168), todo lo cual lamentablemente se cumplió y quedó demostrado con la obra del primer presidente, quien consolidó los puntos de aquella enmienda con un pacto donde supuestamente el pueblo cubano daba su anuencia a aquellas sujeciones, y llevando al plano económico aquella subordinación con un tratado arancelario que impedía el desarrollo industrial del país y convertía a Cuba en una mera factoría norteamericana.

Ese estado de factoría azucarera con una mano de obra semiesclava se extendió hasta fines de los años 20 cuando un presidente nacionalista abolió aquel tratado, impulsó la redacción de una nueva constitución que sustituiría a la de la Enmienda Platt, industrializó y modernizó al país al poner fin a la semiesclavitud de plantaciones, embelleció a las principales ciudades del país con un ambicioso plan de obras públicas que puso fin al desempleo, entre las cuales se destacó una carretera central que unía todos los mercados locales aislados y abarataba los precios de las mercancías. Entre las principales obras realizadas por Gerardo Machado sobresalía la del palacio del Capitolio Nacional, centro del poder legislativo, donde un diamante marcaba el kilómetro cero de la Carretera Central, y por ende, el punto de partida de todos los caminos del país. Irónicamente, el nombre del recinto en cuyo centro se hallaba aquel diamante era el Salón de los Pasos Perdidos. Machado cometió el error de intentar prorrogar su mandato, y el descontento ocasionado por esa decisión y por las precariedades de la crisis mundial, dieron lugar a una fuerte oposición en 1933. Pero no fue derrocado por una revolución sino por un golpe militar promovido por el Gobierno de Roosevelt, debido a los intereses cárnicos de Chicago afectados por el nuevo tratado comercial.

La Revolución triunfó veinticuatro días después para desplazar al gobierno títere que sucediera a Machado, cuyo vaticinio de que después de él sólo reinaría el caos, era ya una realidad. El gobierno revolucionario sucumbió a los cinco meses en medio de un torbellino de contradicciones internas y una doble oposición de izquierdas y derechas. Luego se sucedieron los llamados presidentes fugaces impuestos y desplazados por Batista, el nuevo caudillo militar, con la anuencia de la embajada norteamericana, hasta que la alianza antifascista de la Segunda Guerra Mundial promovió el acercamiento de las diversas fuerzas políticas que permitió la Constitución del 40 y una tolerancia que posibilitó en el 44 el regreso al poder de los revolucionarios del 33 convertidos ahora en moderados socialdemócratas, para impulsar un proceso de socialización e institucionalización en medio de una atmósfera de corrupción y pandillerismo, hasta que en el 52 Batista perpetra un nuevo golpe para poner fin a la Constitución del 40 e iniciar un régimen autoritario de fuerza. Todo este cúmulo de males abonaron las cruentas luchas insurreccionales y su posterior fruto: el régimen centralizado y totalitario de partido único perpetuado por más de medio siglo hasta el presente.

Ya en 1894 José Martí, en carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez, quien participara poco antes en una actividad por el primero de mayo, le había hablado acerca de “los peligros de la idea socialista”. ¿Cuáles eran estos peligros?

Para entender esto bien es preciso leer —o releer—, el análisis crítico de su artículo “La Futura Esclavitud”, donde comenta el libro del mismo nombre de Herbert Spencer, quien describe para el futuro, el “despotismo de una burocracia organizada y centralizada”, y así percatarnos de que tanto Spencer como Martí se están refiriendo a un tipo específico de “socialismo”, conocido después como socialismo de Estado, mal llamado también “socialismo real”, basado en el Estado como propietario y administrador de la mayoría de los bienes de producción. Martí, en este artículo, escrito varias décadas antes de que comenzaran a instaurarse estos regímenes en Europa del Este, alerta sobre ese sistema económico-social donde los funcionarios adquirirían un poder desmesurado por sobre los trabajadores: “Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo”. Por ese camino se desembocaba en una nueva forma de injusticia social, pues pasaría el hombre a ser, de “esclavo de los capitalistas” a “esclavo de los funcionarios”. Y concluía: “El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”.

Sin embargo, Martí no adopta la indolente actitud de Spencer de limitarse a condenar aquella supuesta solución como fraudulenta y callar ante la realidad del problema que la originó. Por el contrario, critica su silencio al no señalar, con igual energía, una inhumana distribución de la riqueza pública que mantiene “en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas” (Ob. Cit. t. XV).

También en la citada carta a Valdés Domínguez le señala que uno de los peligros era “la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en qué alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”. Pero al mismo tiempo le advierte que tales reparos no significa el abandono del ideal de la justicia social, porque “por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana”. Y luego concluye lo que parece anunciar una futura lucha de ideas en la República para evadir esos peligros y poder alcanzar finalmente lo que llama excelsa justicia: “explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer… Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa” (Ob. Cit. t.3, p. 168).

El pensamiento de José Martí, que no es un ideario del pasado, sino de plena actualidad, pues se oponía a la discriminación social de los seres humanos, ya fuese por el color de su piel, o por el color de sus ideas, y sobre todo por insistir en que la riqueza exclusiva es injusta: “Sea de muchos, no de los advenedizos, nuevas manos muertas, sino de los que honrada y laboriosamente la merezcan”. Y agregaba: “No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos sino aquél donde cada uno tiene un poco de riqueza” (Ob. cit. t. VII, p. 134).

Pero como todos sabemos, Martí no alcanzó a llegar con vida a la República y no tuvo ocasión de poder iniciar esa lucha de ideas, y los errores de los que advertía no llegaron a evitarse.

En contradicción con este legado, un grupo exclusivo en el poder, amparado en una ideología que abogaba porque todos los bienes de producción pasaran a manos de los trabajadores, se autoproclamó representante de esos trabajadores, y en nombre de ellos, se apropió de todas las riquezas del país. Fábricas, bancos, comercios, tierras y todo lo que produjese valor, pasó de unas manos a otras, pero nunca a la de aquellos que los hacían producir. Los latifundios, lejos de desaparecer, pasaron a ser estatales. Y no bastándoles con esto, expropiaron también a los trabajadores independientes: pequeños talleres, cafeterías, barberías, lavanderías… y hasta los más modestos medios de los vendedores ambulantes para sumarlos al ejército asalariado del gran capital universal, el monopolio absoluto del Estado centralizado y omnipotente. Todos los trabajadores dejaron de ser explotados por capitalistas y terratenientes para ser explotado por los burócratas estatales.

Antes de la llamada “revolución socialista”, los voceros de grupos de izquierda y de partidos comunistas denunciaban el “despiadado” sistema salarial del régimen capitalista, pero una vez en el poder, no tuvieron ningún reparo en continuar sometiendo a los trabajadores al mismo sistema. El sistema salarial es una relación económica con miles de años de existencia que hasta hace pocos siglos sólo se empleaba para algunos pocos sectores, como por ejemplo, el militar. Justamente la palabra “sueldo” viene de soldado, que a su vez era llamado así por recibir su paga con una moneda del Imperio Romano: el sólido. Hasta fines de la Edad Media a nadie se le había ocurrido que este tipo de relación pudiera aplicarse a toda la sociedad, sobre todo porque el asalariado, por su naturaleza, no estaba realmente interesado en la calidad del fruto de ese trabajo, ya que ese fruto era para beneficio de personas ajenas al proceso productivo, algo tan conocido que hasta el propio Jesús lo señala en ocasión de su parábola del buen pastor en el Evangelio de Juan, “el asalariado, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas”, un desinterés muy similar al del esclavo. Este sistema de relación económica sólo pasa al primer plano con el surgimiento de la sociedad industrial. Independientemente de la buena o mala voluntad de quienes pagan, incluso independientemente de que la cantidad que se paga al trabajador sea justa o no, el sistema no fue diseñado para generar trabajadores libres y prósperos, sino como una forma de prolongar la dependencia del esclavo o del siervo bajo una forma más sutil o encubierta. El amo se evitaba la preocupación de tener que procurar techo, comida y abrigo a los esclavos y resolvía esto entregándoles un poco de dinero y permiso para que se ausentaran en horas no laborables y fueran ellos mismos los que se procuraran la satisfacción de estas necesidades y así evitarse él estas gestiones. Esos somos nosotros, los asalariados de la sociedad industrial: esclavos con ciertas licencias, ya se llame a esa sociedad capitalista o socialista.

En correspondencia con el legado martiano, el actual modelo cubano deber ser superado, a mi juicio, por otro que conceda la mayor libertad posible a la iniciativa económica de los trabajadores independientes, con estímulos fiscales y ayudas crediticias, reparto de tierras, fomento de cooperativas independientes, libertad de comercialización e incentivo a los trabajadores de las empresas del Estado mediante su participación en el reparto de las ganancias de la producción y en las decisiones administrativas. Las crítica neoliberales contra el sistema actualmente imperante en Cuba de que no ofrece estímulo productivo a nadie excepto quizás a un pequeño grupo en la cúpula del Estado, mientras el capitalismo permite ese incentivo a cientos o miles de capitalistas, es un argumento que, llevado hasta las últimas consecuencias, nos conduce a concluir que sería aún más beneficioso que ese interés lo tuvieran millones.

Un país donde el reparto de las utilidades se convertiría en la principal fuente de ingresos de las grandes mayorías, se aumentaría el valor de la fuerza de trabajo para hacer decoroso el jornal del trabajador allí donde permanezca el sistema salarial, por lo que se haría realidad el fin de la explotación del hombre por el hombre y la materialización, aun más allá de un estado de derecho, de un estado de satisfacción plena de los derechos, sino que también se produciría, por el gran estímulo productivo, un despegue económico tal que la prosperidad pondría a nuestro país como ejemplo a seguir para el mundo entero.

Por eso considero impostergable invitar a emprender, junto con todos los cubanos de buena voluntad, ese intercambio de ideas que Martí deseaba llevar a cabo por el bien de la patria pero que nunca pudo realizar, y tomar, como referente para ese diálogo-debate, justamente ese ideario que apuntaba a la realización de ese hermoso sueño en la Cuba futura, y que la palabra martiano corone la definición de lo que realmente somos cuando todos los arroyos dispersos de la Sierra desemboquemos juntos al mar de consenso del ideal de José Martí, el de la excelsa justicia.

Publicado en Cubaencuentro
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