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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Los tiempos de crisis ven florecer la creatividad. El razonamiento es simple, se trata en primera instancia de sobrevivir a la debacle del modelo hasta el momento imperante. En segundo lugar, se desea crear las condiciones de un nuevo mundo, mejor, posible; rectificar de la mejor manera los errores pasados y cometer los nuevo de forma que se puedan, con el tiempo, rectificar también.

En este empeño las personas montan lo mismo, iniciativas económicas individuales, que de pequeños colectivos. Otros se asocian para reflexionar colectivamente, recapitular las experiencias acumuladas, buscar miradas frescas y analizar el legado de la producción teórica y filosófica internacional. Esta contemplación, idealmente, se realiza sin perder la originalidad, la capacidad de innovar y crear caminos nuevos aptos para las condiciones de nuestro país. Todas estas experiencias, aún aquellas que fracasan o generan complicadas estelas de debates y discrepancias, contribuyen a movilizar las energías de las personas y la nación en pos de la necesaria recuperación, del anhelado progreso.

Todas estas experiencias despiertan, también, suspicacias y mezquindades que no tienen relación con el necesario cuestionamiento y análisis crítico de los que son merecedores toda tarea humana. Estas últimas miradas son, más bien, hijas bastardas de la envidia, del sentimiento conservador, incapaz e incapacitante, que marcó el zigzagueo desorientador de las épocas anteriores. Si sus protagonistas tienen poder estatal o administrativo, pueden truncar trabajos que enriquecen espiritual y materialmente a la sociedad. Desde los campos donde se extiende la producción intelectual, se puede practicar la difamación y los ataques contra aquellas ideas refrescantes que contrastan tan dramáticamente con la pobreza del discurso oficial.

El último ataque que nos ocupa proviene de Alejandro Cruz, protagonista del blog Cubano1er.Plano. El ataque de Cruz encontró eco en el sitio digital Cubarte, que cuenta entre sus méritos haber amplificado ya difamaciones contra importantes figuras e intelectuales de la cultura cubana que, en su momento, tuvo que retirar. Al autor que hoy nos perturba, parece haberle molestado el proyecto-documento Casa Cuba, una de las iniciativas como las que referíamos más arriba. La experiencia de Casa Cuba, generada libremente desde la incipiente y maltratada sociedad civil cubana, pretende aportar bases de consenso y exhortación hacia los valores de democracia, libertad y solidaridad que tanto anhela la mayoría de los seres humanos.

Oponerse a este tipo de ideales, racionalmente, suele ser muy complicado, en tanto sugiere que el adversario sostiene ciertos principios opuestos que no son nada atractivos. De tal forma, no es de extrañar que los que quieran detractar a Casa Cuba acudan a mecanismos retorcidos y rodeos macabros. Aunque este tipo de sujetos, discursivamente, suelen hacer el ridículo, pueden infligir daño cierto y aumentar la postergación de sueños imprescindibles, mediante la revitalización de la censura, mecanismos más o menos sutiles de represión intelectual, entre otros. Por ello, merecen nuestro repudio.

Se evidencia en el ataque de Alejandro Cruz, como suele suceder, una gran ignorancia de las bases del empeño que ha atacado, así como la incapacidad para encarar el debate sobre la necesidad y el desarrollo de los temas a los que Casa Cuba hace referencia. Al menos así se explica que la mayor parte de su diatriba, desde el mismo comienzo, está dirigida contra cierto personaje que ni pincha, ni corta en esta historia. Rafael Rojas es apenas un pretexto en el texto de Cruz, una figura apta para ser crucificada en su escrito, formar un espectáculo mediático y, ya rebasadas las tres cuartas partes del no muy largo escrito, ataja hacia el verdadero objetivo y resume: Rojas es malo, apoya al proyecto Casa Cuba. Otros sujetos más, tan malos como Rojas, también apoyan a Casa Cuba, ergo Casa Cuba es infame.

Cruz se muestra incapaz de decirnos que encuentra algo negativo dentro del documento Casa Cuba, o de convencernos de que existen otros medios mejores para alcanzar los mismos fines. Para condenar la iniciativa, Cruz no tiene otro argumento que decir: los malos han dicho que es bueno. Si por hacer caso de Cruz vamos y renegamos y enterramos al documento Casa Cuba, habríamos adoptado una postura de total dependencia hacia los pensamientos del enemigo. Si un día al gobierno estadounidense o a los marrulleros políticos miamenses les da por decir, qué bueno que en Cuba la educación y la salud son gratis, y seguimos el mismo principio, ¿acabaremos con estas gratuidades? Menos mal que allá enfrente no se han enterado del poder que tienen en las manos, porque mañana podrían ponerse a elogiar la reciente reforma migratoria, a ponderar que ya los cubanos podemos entrar a los hoteles, que los negros pueden bañarse en las mismas playas que los blancos, y aquí correremos para remediar tales desaguisados.

Sería muy positivo, por el contrario, que Cruz recapacitara y se percatara que la independencia, la soberanía, la libertad, radican en concebir, trabajar el presente y construirse el futuro con ideas propias. Que debemos emanciparnos de una vez y por todas de cualquier forma de neocolonialismo, como puede ser el estar pendiente de la aprobación o desaprobación ajena para calibrar la valía de nuestros propios empeños. Ese día, ante Cruz se abrirá una importante encrucijada. Podrá revelarse como alguien a quien le disgustan y por ello, apedrea los ideales que persigue Casa Cuba. O, por el contrario, podrá reconocer que el camino progresista está tendido, que pretende alejarse del infierno que hemos bordeado todo este tiempo y aguarda por las contribuciones de todas las personas de buena voluntad.

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