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Por Tom Astley

Taza de café en mano, Pedro Luis Ferrer se prepara para ensayar con su grupo mientras se balancea en una ruidosa mecedora. Una de sus manos pasa de marcar ritmos con la taza a acariciar su barba blanca. A pesar de la temprana hora, Ferrer está en su típico humor de cuentista y se balancea vigorosamente cada vez que una historia alcanza su clímax. Entre observaciones sucintas que extraen lo fantástico de lo mundano del día a día en Cuba, característico de las letras de Ferrer, conversa con la misma emoción de su nuevo proyecto musical, que incluye piano, chelo y guitarra a las familiares voces del dúo con su hija Lena Ferrer.

Los nuevos músicos que colaboraron en el proyecto son todos jóvenes graduados de la prestigiosa Escuela Superior de Arte de la Habana, y Ferrer parece deseoso de hablar acerca del nuevo sonido y dirección que su grupo y él están explorando. A pesar de la excitación y las explicaciones, los cuentos y las canciones, da la impresión que detrás de sus palabras hay algo oculto, un descontento, una frustración. Resulta difícil definir qué es y mucho más determinar su origen, pero permea cada aspecto de esta nueva banda y del cuidadosamente creado nuevo espectáculo, coloreando la relación de Ferrer con el público, con sus canciones y quizás hasta con el estado de la música en Cuba.

Minutos después de llegar a su casa tipo fortaleza donde los ensayos tienen lugar, Ferrer comienza a hablar de su renuencia a “tocar las mismas viejas canciones”, incluso si esto significa perder parte de su público en el proceso. Para él, “es mejor que un fan de las viejas canciones deje su asiento en el concierto para alguien que va escuchar las nuevas canciones”, una filosofía con un significado muy personal y cubano.

En lo personal, Ferrer ha tenido altas y bajas en lo que respecta al reconocimiento oficial y nacional dentro de Cuba. Después de un periodo de popularidad alcanzado gracias a su gran agudeza, melodías creativas y juegos de palabras inteligentes, comenzó a sentir la fuerza de la censura oficial. Sus canciones dejaron de ser consideradas comentario social y fueron clasificadas como crítica política, inaceptables para su promoción por los medios de difusión dirigidos por el estado. A finales del siglo pasado, como ahora, Ferrer se encontraba en una posición intermedia: raramente escuchado en Cuba, aunque escribiendo y grabando dos discos exitosos que lo llevaron de gira por Europa.

Su más reciente álbum, Tangible, con un formato más grande que sus dos trabajos anteriores, parece haber rescatado parte de la aceptación oficial y la popularidad en la isla. Sin embargo, se siente como un lamento, y su renuencia a consentir a su viejo público, junto al favoritismo por una futura audiencia abierta a lo nuevo, parece un remedio radical a una enfermedad que se expande sobre gran parte de la música popular cubana.

Casi todos los músicos con los que he hablado, desde guitarristas populares hasta representantes de la música punk más radicales y el mismo Ferrer, piensan que el sistema música-cultura en Cuba está estancado; la misma música se escucha una y otra vez. El medio, que necesita cambiar continuamente para reflejar y definir la identidad cultural contemporánea, se encuentra estático y no logra conectar completamente con el presente. Más que regresión es falta de progreso, más que falta de nuevas ideas es preponderancia total de las ya establecidas.

La música desempeña un papel esencial en la identidad cubana. La herencia musical de la isla, que incluye salsa, son, rumba, guaracha y mambo, es vasta y sus iconos musicales permanecerán por siempre encumbrados en la conciencia nacional, con canciones que pasan de generación en generación y forman parte del conocimiento cultural de todo el país. Pero a la vez que enriquece y fortalece la identidad nacional, se convierte en prisión para aquellos que desean expandir, romper o redefinir la tradición, dejar atrás el pasado.

Ferrer desea fungir como guarda y poseedor de la tradición, protegiendo y reviviendo las chispas de cubanía y añadiendo a esta. Nos cuenta de su discusión en vivo con un locutor de radio que le informó de su “lugar garantizado en la historia de la música cubana”, a lo que respondió preguntando: “¿Quién es usted para asignarme ese puesto y por qué a de importarme?” La pregunta es prueba de una queja personal ante la duplicidad de una industria musical que puede condenar y luego acoger a un músico de manera tan completa, a la vez que es voz del lamento por la falta de flexibilidad de las fronteras de la cultura cubana y expresión de su renuencia a formar parte de esta.

El nuevo y diverso álbum de Ferrer combina instrumental y composiciones para guitarra y chelo con poesía, la ingenuidad de las canciones de su hija Lena y sus raíces como cantautor. Según sus propias palabras, no es un disco de música ecléctica o fusión. Aunque se nutre de varias fuentes para su inspiración, su música no mezcla sonidos y fuentes de manera artificial para lograr una formula fácil para el estancamiento cultural.

Creo que parte de la frustración que Ferrer siente ante la palabra fusión proviene precisamente de la suposición generalizada que la música cubana es de alguna manera un producto terminado, que ha encontrado su sonido y que debe mantenerlo para conservar su cubanía y por ende todo intento de cambiarla se convierte en una versión ecléctica o exótica de lo tradicional en el mejor de los casos, y una confusión poco auténtica en el peor. La música popular cubana se encuentra estancada debido a la deferencia a los grandes, la reproducción del sonido auténtico, la subvaloración de la innovación como fusión y el miedo a hacer algo diferente a lo que el público está acostumbrado, lo cual a su vez incita a Ferrer a buscar un sonido y un público nuevos, y renunciar a su lugar en la historia de los grandes.

Su más reciente proyecto, enriquecido con una presentación revitalizada, es una compilación de cubanía que puede parecer ajena a los seguidores de su ritmo changüisa, pero como ya sabemos esto es parte de su objetivo. Ferrer cambia el estereotipo relajado, natural y esencial de la música cubana y la transforma en algo cercano a un modelo de música clásica.

El álbum presenta músicos de academia tocando música artística, cambio que quizás sirva para demonstrar la concentración, trabajo y seriedad detrás de una música cubana descrita a menudo como natural e intuitiva, y que por tanto no se considera trabajo. Además está pensado para introducir al público, acostumbrado a lo participativo de la música popular, al análisis introvertido y especulativo de la música clásica.

Ferrer examina el término ‘cubano’ en relación con identidad, cultura y música. Su disco explora elementos de la identidad cubana, le da su propio espacio a cada uno, los saca del llamado crisol de la música tradicional, donde melodía y ritmo se mezclan, donde las composiciones parecen emerger del paisaje, en vez de ser escritas por compositores.

Ciertamente Ferrer no tiene miedo a avanzar y con su trabajo desea reflejar la identidad cubana contemporánea. Quizás esta tradición reexaminada pueda representar de manera más precisa y honesta un sentido más amplio de la identidad cubana.

Publicado en Havana Times

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