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Por Rafael González Escalona

Periodismo de investigación… es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativo y documentado posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa; de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”
Horacio Verbitsky

Foto: Adalberto Roque / AFP/Getty Images

Yo no seré delegado del Congreso de la UPEC (ni siquiera soy miembro de la UPEC). Atrás en las anécdotas quedaron los días románticos en los que un Miguel Barnet casi adolescente era testigo presencial en el vórtice de los debates culturales de la Revolución Cubana. Pero hace varios años perrunos que me siento periodista (y como me recordara Elaine, el periodismo es una profesión de servicio público, y la información un derecho), así que me siento habilitado para dialogar sobre esas cosas que al gremio duele.

Un comentario bastante común en el ámbito es que la única ventaja que tiene ser miembro de la UPEC es el posible otorgamiento de teléfono e Internet, lo que no es poca cosa en este tercermundista archipiélago. Valdría la pena hacer la prueba de si se quitara esta prebenda, cuántas personas seguirían solicitando su ingreso a la organización.

La UPEC (en teoría) regula la actuación de sus miembros a través del Código de Ética y de sus Estatutos, pero una revisión de los documentos deja en claro que este marco normativo es sumamente endeble, considerando sobre todo la inexistencia de un correlato jurídico, esa dichosa Ley de Prensa que tantos sentimientos encontrados despierta. En lo personal desearía que esa Ley viniera aparejada con el surgimiento de una institución encargada específicamente de la regulación estatal de los medios, algo más concreto y objetivable que el difuso encargo del Departamento Ideológico.

El poder real de la UPEC escaso; para mí es especie de PEN Club sin dinero ni autoridad que lo único que le queda es la subordinación a poderes mayores. De ahí que se desgañiten sus miembros congreso tras congreso repitiendo la necesidad urgente de corregir los problemas del modelo de prensa, urgencia que, bien mirada, hace mucho le pasó la cuenta al periodismo cubano porque data de 196…

Los problemas de la UPEC como organización se pudiera decir que son los del resto de las organizaciones de toda laya de nuestra sociedad – CDR, CTC, UJC…, la lista es larga y harto conocida-, problemas que requieren solución si no quieren despertar sus dirigentes un día con la noticia de que viven en otra dimensión, algo que ha venido sucediendo en los últimos 15 años y de lo que no parecen dar cuenta sus consejos ampliados, congresos, conferencias y etcéteras.

Me gustaría ver, por ejemplo, una UPEC que tuviera la capacidad de confrontar a las direcciones de los medios de prensa; una UPEC que repudiara públicamente el pésimo periodismo que campea en el país y sus responsables a todos los niveles; una UPEC que tuviera el valor de declarar desierto los premios nacionales José Martí y Juan Gualberto Gómez hasta que alguien lo merezca por su trabajo y no por sus arrugas; una UPEC que promoviera vías para hacer económicamente sustentable el ejercicio periodístico del reportero, y no que este deba hacer 5 colaboraciones (¡en los mismos medios estatales!) para sobrevivir; una UPEC, vaya, que de ganas de pertenecer a ella por algo más que un número de teléfono y una cuenta de Internet.

A lo mejor todo esto son locuras mías y debo dejar a la UPEC seguir en los suyo; a lo mejor debo halar el bejuco, invitar a Alejandro Rodríguez, Carlos M. Alvárez, Javier Montenegro, David Vázquez y a otros equivocados, a crear una upec, así, pequeñita, sin tanto congreso ni premios, pero auténticamente nuestra.

Publicado en El Microwave
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