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Por Orlando Pérez Zulia

Afortunadamente, parece que nos sacudimos la modorra y numerosas medidas correctoras se han anunciado o bosquejado públicamente en este contexto: por conducto del diseño y consolidación de los lineamientos, de trascendentes discursos y de declaraciones asiladas a cargo de algún ministro, funcionario o periodista. Algunas, pocas, ya se han concretado. Sin embargo, la información disponible se ha caracterizado por su vaguedad, por su carácter fragmentario, y por estar débilmente articulada en una estrategia global transparente.

La lentitud del proceso para traducir estos afanes a un plano operativo es inquietante, puesto que genera decepción en algunos e irritación en otros. Pero esto no es lo que más preocupa. Lo que promueve altos niveles de alarma es que la naturaleza real de algunas iniciativas (es imposible saber cuántas y conocer su calado) apenas se vislumbra: los pocos datos disponibles se tienen a veces gracias a la aparición de inocultables indicios; otras, porque no se puede evitar que sean comunicadas en (o para) el extranjero; y otras más porque resulta inaplazable dar alguna información que neutralice o atempere la impaciencia popular.

Se trata de hechos reales de los que se tienen datos confusos, pinceladas informativas o rumores no exentos de credibilidad. Tal es el caso del reordenamiento financiero en torno a ETECSA, que habría pasado a ser enteramente gestionada por las FAR; del plan del puerto del Mariel, que mueve cantidades astronómicas de recursos; del oblicuo cambio de estatus político administrativo de Varadero, que de manera subrepticia ha pasado a no regirse ya por las leyes vigentes para los demás municipios; de un nebuloso movimiento en el negocio inmobiliario; de la construcción de suntuosos campos de golf en sitios desconocidos y de la vigencia de un semisecreto —más secreto que semi— entramado de empresas para buscar dinero a toda cosa sobre cuyas estructuras se conoce poco o nada. Tal es el caso, por poner algunos ejemplos expresivos de su diversidad, de Labiofam, empresa que de pronto ha pasado a comercializar supuestos medicamentos, publicitados a bombo y platillo, sin el aval del MINSAP (e incluso, a contrapelo de su posición oficial), de las agencias que rentan automóviles a los turistas, acaso la más próspera cueva de ladrones que jamás se haya consolidado en nuestro país, o del complejo empresarial PALCO, otra madriguera cleptocrática, que esquilma a cuantos extranjeros pasan por sus dependencias.

No se sabe, por poner otro ejemplo, qué impacto pudiera tener, qué planes laten detrás del promocionado cable de fibra óptica instalado con la colaboración de Venezuela. La potencialidad económica que se puede derivar de él es enorme, pero sobre su empleo futuro ha caído un grueso manto de silencio. Muchos se preguntan si contribuirá a expandir el acceso a las redes mundiales por parte del pueblo, como en todos lados. De esa pregunta concreta nadie se hace eco, mucho menos, se responde a ella: no lo aborda ni la prensa, ni la mesa redonda, ni los dirigentes del Ministerio de las Comunicaciones (rebautizado por algunos como “Ministerio de las Incomunicaciones” desde que —para estupor de sus trabajadores— en sus dependencias se ha prohibido el empleo de Internet). La reciente visita de bajo perfil de Carlos Saladrigas, empresario multimillonario exiliado de Miami, quien dista de tener él mismo un perfil bajo, por poner un último ejemplo, se inscribe en apariencia dentro de una estrategia que también ignoramos.

Una turbia telaraña cubre o encubre datos cruciales sobre bienes o recursos que pertenecen al pueblo pero que se gestionan sin que éste participe ni se entere a derechas de nada.

Entre otras, surgen preguntas tales como quiénes están detrás de cada una de estas empresas y cómo se garantiza la honradez de dichos gestores que han sido designados sin pedir opinión a sus subordinados, ya que hasta la identidad de esas personas suele invisibilizarse, a la vez que se desconocen sus atribuciones exactas, las formas de remuneración de que disfrutan y el marco jurídico en que se desempeñan.

Lo acaecido con dirigentes corruptos del níquel o el tabaco, o con prominentes funcionarios de Cubana de Aviación y de “Sol y Son” (muchos, encarcelados hoy; o envueltos en un clamoroso vacío informativo, como el que envuelve al máximo responsable de sus desmanes, Rogelio Acevedo; o prófugos, como los millonarios hermanos Marambio) no es algo que venga a darnos tranquilidad de espíritu al respecto.

El escenario es este:

Supongamos que a uno de estos neocapitalistas se le confía la gestión de un nuevo hotel. ¿Alguien mínimamente sensato puede creerse que esa persona, o un miembro de su equipo, vivirá con los 40 dólares mensuales que, en el mejor de los casos, recibirá como salario? ¿Sobre qué bases pudiéramos tener confianza en que no aprovechará la coyuntura para robar a manos llenas? No es fácil disipar una sospecha labrada por una realidad que disciplina nuestros deseos. El sentido común bastaría para alimentarla, pero la falta de transparencia la convalida, y la experiencia de la URSS y de China (cada uno en su estilo) le da algo más que verosimilitud.

Salvo que se adoptaran medidas especiales que incluyeran de verdad a las personas llanas en el proceso de control, no parece ser una idea muy paranoica la de que ahí tenemos al funcionario gestando su capital original y por ende al explotador que nos espera.

La ecuación de quienes se frotan las manos en este contexto es tenebrosa pero simple: en 3, 4, 5 años, inexorablemente, la biología se ocupará de eliminar el estorbo y los peligros que representan los septuagenarios veladores por la pureza, potenciales represores de la ignominia. Cuando ellos desaparezcan de la vida política y el poder, o de la vida misma, ¿quién les va a pedir cuentas a los neocapitalistas? Se legitimará todo o casi todo lo que hayan podido “atrapar” ahora, desde un carro o una vivienda hasta una empresa, desde unos cuantos miles de dólares hasta una fortuna. Nadie les pedirá cuentas por una razón muy simple: quienes pudieran hacerlo también tendrían que rendirlas. Solo tendrán un peligro: sus competidores.

Una posibilidad es que se construyeran dispositivos de genuino control popular sin más pérdida de tiempo; sin ellos, se consolidará la endogamia y se bloqueará cualquier engranaje que la amenace. Como ocurre en todos lados, la derecha ya carece de escrúpulos; a la que se apresta al asalto en Cuba, todavía le falta la impunidad total. A quienes hayan vendido su alma al diablo no les temblará la mano para exigirle a éste —llegado el momento— que cumpla su parte del trato.

No se atisba ningún otro mecanismo creíble, de momento, para conjurar tal perspectiva. La única posibilidad adicional de contención en medio de este laberinto de intereses residiría en que todo el poder pasara a manos militares, y una dura estructura castrense, ahora sin remilgos, pusiera en cintura a la élite de negociantes ávidos de legitimar sus rapiñas.

No sé si tengo razón, pero me sobran razones para creer que la tengo. Reconozco, sin embargo, que es una incógnita el grado en que estos dos sectores —empresarios y militares— se intersecan, la magnitud de los intereses que pudieran compartir, la medida en que los primeros son meros advenedizos muñidos de poder coyuntural y los segundos oficiales honrados que pudieran neutralizarlos.

En cualquier caso, resulta difícil discrepar de que la capacidad auditora del verdadero dueño de todo, el pueblo, se ha visto cancelada por decenios de verticalismo que le han colocado en la posición de mero contemplador de los hechos, con intermitentes participaciones para apuntalar lo que se decide desde el vértice. Hoy somos víctimas del ejercicio personalista de la política, que desdeñó —y terminó por anestesiar— el esfuerzo colectivo y participativo para su construcción, como si la política fuera una aventura individual, vertebrada en torno a decisiones adoptadas a base de “bichería” criolla para salir del paso una y otra vez de las dramáticas encrucijadas en que se vio sumergida la patria.

Víctima de una estrategia excluyente y esculpida sobre la idea de que quienes decidían eran infalibles y no necesitaban, por tanto, del talento de los demás, el pueblo asiste hoy con apatía y muy limitada capacidad de reacción, como si estuviera en las butacas de un teatro, a la forja de su propio futuro. Tal exclusión y no otra cosa ha sido el principal error cometido en este medio siglo. Quiero creer que el Presidente esté consciente de que, si no se corrige, más temprano que tarde estaremos asistiendo al funeral de la Revolución.

Publicado en: www.kaosenlared.net
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