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Por Benjamín Forcano

A los venezolanos
hermanados en esta hora
por la fe en la vida y en la resurrección
La epopeya del Comandante Hugo Chávez

En la boca y en la pluma de todos los periodistas está la excepcionalidad de la vida del comandante Hugo Chávez. Es impresionante lo que de ejemplar sacudida han supuesto los 14 años de su vida y cómo ahora fluye por las ondas, las páginas y las pantallas de todos los medios de comunicación.

Nadie puede olvidar los estereotipos que, sin real fundamento, se le vinieron colgando de golpista, autócrata, militarote, populista, narcisista, payaso, etc. Junto al fragor de una prensa unilateral y, en ocasiones, servilmente clasista, en Venezuela y Latinoamérica ha emergido la cara más plena y pública de la verdad sobre este hombre, vocacionado para liberar a multitudes relegadas de la vida pública y desenmascarar el egoísmo y la prepotencia del imperialismo.

Ha sido esa explanada inmensa de pobres de todo color, la que ha hecho visible con emoción y llanto incontenido, la aventura emprendida por este sucesor de Bolívar y de otros líderes de la Patria Grande. Ellos son los que lo llevan dentro, lo lloran y no lo olvidarán jamás. Y, por ellos, porque a ellos estuvo dedicado y por ellos se desvivió, ganó en cuatro elecciones democráticas por un porcentaje nunca inferior al 55, 7 %.

Un político que supo amar a su pueblo

Habrá para quienes resultará extraño y hasta deplorable que gente de la Iglesia católica venezolana y de fuera, en especial sacerdotes y religiosos, no ciertamente obispos, compartan con el pueblo los mismos sentimientos de reconocimiento, de aplauso, de cotidiano compromiso y ahora de pesar y dolor por la muerte del Comandante.

No soy chavista ni apologeta de sus andanzas y gestos, ni lo necesita. Pero, sí que, sin descartar errores cometidos, soy enardecido admirador de quien, contra viento y marea, contra prejuicios e intereses descomunales establecidos, supo amar a su pueblo, quererlo libre, orgulloso de su identidad y dignidad nacional, lo que le supuso enfrentarse a los que siempre con falsas promesas gobernaron y no hicieron sino medrar sobre la impotencia de un pueblo pasivamente sometido.

De todo esto nos hablarán durante días en Latinoamerica, en Europa y en otros lares. Y el pueblo, casi sin dar crédito, casi agarrándose a un imposible, seguirá gritando que Chávez vive, que pervivirá en el recuerdo, en el corazón y en la lucha de todos los que experimentaron su ímpetu humanizante y liberador.

La fe que siempre profesó

Junto a todo eso, a mí me ha golpeado la fe del comandante, su religiosidad públicamente expresada y con gran naturalidad compartida con el pueblo que lo rodeaba. Eso, esas manifestaciones espontáneas, vivas, suplicando a Dios que “no se lo llevara todavía, que era mucho lo que tenía que hacer por el pueblo” “que le cargase cuantas cruces quisiera pero que le diera la vida”, todo eso en Europa, en la Europa posilustrada y secularizada, resulta inconcebible, objeto de befa, de lamentable superstición o alienación.

No sé en qué sentido nuestros políticos habrán entendido lo de “Chavez vive”. Aquí, en nuestra Europa, cuando los políticos mueren, -y la política en medio de tantas cosas es también una interpretación silenciosa de la muerte- hay respeto, conmoción y silencio, lágrimas, acaso desesperación, pero nadie habla más del destino después de la muerte.

No interesa. La muerte es el tabú más aterrador, que se opone a ser dilucidado, no sea que su hacha exterminadora ponga al descubierto nuestra finitud y desbarate la ilusión de vivir.

El grito “Chávez vive” un pacto de vida con el pueblo

El grito multitudinario de “Chávez vive” lo oigo yo complacido, pero quiero colocarlo también en la perspectiva de la resurrección según se profesa en la fe cristiana. El Comandante sabía lo que le esperaba y de quién se había fiado. Y, aunque el dolor sea inmenso, el pueblo debe percibir la actitud tan serena con que afrontó el Comandante la visita de la “hermana muerte”. Porque si la muerte no tiene sentido, no sé si lo tiene la vida.

Quienes confiaron en el comandante y de él se beneficiaron, tienen más que razón para asegurarle que sus sueños seguirán y que trabajarán para que se hagan realidad. Esa es la semilla, la savia y el dinamismo que él alentó y que, por sí misma, está llamada a dar vida y se perpetuará, no puede morir. Es el pacto de vida del comandante con su pueblo: te fuiste, pero permaneces vivo en nosotros, tu presencia se multiplicará por los barrios, campos y laderas de un pueblo que vio luz y esperanza, que recuperó voz, dignidad y protagonismo.

Pero, me fortalece y consuela no menos el hecho de que el comandante se acercó a la muerte lleno de vida, desde la fe que recibió en una sociedad y cultura cristianas. Una fe que le llevó a la lucha, al cambio, a la denuncia, a la programación positiva, a amar a los demás, a compartir y a abandonar la fe encerrada en círculos estrechos de egoísmo e insolidaridad.

El Nazareno le enseñó que la igualdad, la fraternidad, la justicia y el amor son el eje de toda revolución auténtica, aprendió la inseparabilidad del amor a Dios del amor al prójimo, del culto de la justicia, del patriota del extranjero, de la mística de la política; una fe unitaria, no relegada a la intimidad o a la sacristía o al monopolio de los dirigentes religiosos.

El Evangelio inspiración y forja de una política socialista

El Comandante Hugo Chávez no se avergonzó de hacer pública su fe en el Nazareno, elegido por él como camino, modelo y meta. Modelo para la vida entera, la privada y la pública y también para la vida ecónomica, social y política, toda ella subordinada a conseguir el bien, los derechos y las necesidades básicas de todos. Muy distinto, por tanto, de una fe intimista, desvinculada de los procesos y deberes sociales. El Comandante la entendió así, no como opio entontecedor, sino como seguimiento de la vida del Nazareno, de su vida, de sus principios, actitudes, valores y opciones.

Y sabía cómo este Nazareno, que marcó la vida e historia de Occidente, no tuvo componendas con los poderes de su tiempo: del imperio romano y del sanedrín judío. Ambos, lo vieron subversivo y peligroso: “Este hombre no nos conviene, hay que eliminarlo”. ¿Por qué? Porque su programa contradecía y negaba la dignidad humana, el bien de todos, los derechos de todos. Jesús no tuvo tiempo para morir tranquilo en la cama por envejecimiento o enfermedad. Lo eliminaron.

Obviamente, esta es una fe que desasosiega a los poderosos y a los ricos, no encaja con la ideología neoliberal ni con la fe de cristianos que se profesan neoliberales, con la fe de muchos que han hecho del dinero el dios de su vida; son puntos que se repelen.

Pues bien, los cristianos continuamos la vida de Jesús, lo somos al menos para eso. Y en muchos pervive como testimonio, profecía y compromiso liberador.

Jesús de Nazaret no se explica sin la resurrección

Pero, hay algo más que quiero compartir con mis hermanos de Venezuela. El Nazareno, el hombre cabal, el profeta radical, el humanísimo enamorado de los pobres, no acabó en la tumba: resucitó.Nunca, de nadie, en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús de Nazaret: ha resucitado”. Nadie esperaba que a un individuo muerto le pudiera ocurrir la resurrección. Ni los mismos discípulos esperaban que esto pudiera sucederle a Jesús. De no haber ocurrido otra cosa inusitada, nadie hubiera dicho que Jesús era el Mesías y el Señor del mundo.

Por eso, afirmamos rotundamente: si el cristianismo no se explica sin Jesús de Nazaret, Jesús de Nazaret no se explica sin la resurrección.

El Comandante Hugo Chávez hizo mucho, vivió intensamente,

proporcionó a muchos dignidad, libertad y esperanza. Y, como al Nazareno, muchos lo señalaron como peligroso y se confabularían para acabar con él.

Pero, en este punto la fe cristiana es de tal novedad inaudita, que rompe los esquemas humanos. Me entusiasma saber que la vida de Chávez va a seguir en el pueblo, pero me entusiasma más aún saber que el Comandante, él mismo, en persona, sigue vivo, está ya con el primogénito resucitado: “Quiero que donde estoy yo estéis también vosotros”. Hay , pues , un singular sentido que se desprende de la vida de Jesús y que se concreta en la resurrección. Y el anuncio consiste en que ese hecho individual se proclama como posibilidad universal para todos, como don gratuito de Dios a la especie humana.

¿Qué significa resucitar?

¿Y qué es lo que significa resucitar? Resucitar significa vencer a la muerte, aunque todos pasemos por el aniquilamiento físico, por la desorganización total que es el morirse. No nos disolveremos en la nada, volveremos a ser lo que fuimos, a tener la misma identidad.

La muerte es un ir hacia Dios, un inmergirse en El para quedar eternamente cabe El. Es una nueva situación , sin los límites de nuestra corporeidad bilógica, traducida en un gozo casi infinito.

Y, al mismo tiempo, nuestra fe nos enseña que ese hecho vivido por Jesús es el adelanto y el prototipo de lo que nos pasará a los demás. “Es ver, saber y estar seguros de que el hecho protagonizado por Jesús es fundador de la condición humana salvada. Salvación plenificada sin la poquedad y vacilaciones de esta fase que la vida desarrolla en el planeta tierra”.

La historia completa de Jesús es ejemplo y garantía de lo que nos espera. Pero, por paradójico que parezca, nosotros no podemos imaginar cómo Dios se las arregla para llevar a cabo esa transformación. Es algo que no podemos descifrar mentalmente, porque no es comparable a nada de este mundo. Aunque sí se atreve a formularlo nuestro querido teólogo Leonardo Boff: “Jesús conoció e inauguró una evolución (sintropia) superior, en virtud de la cual su vida era un nuevo tipo de vida , no amenazada por la enfermedad ni por la muerte. Por eso, la resurrección ha de ser entendida como un saltar a un tipo de orden vital, no sometido ya al desgaste y acabamiento final”.

Para mí, que creo en Jesús de Nazaret, el Resucitado, la muerte no es elemento tétrico que anula mi amor por la vida, sino estímulo y esperanza que lo reaviva y enaltece.

El comandante Hugo Chávez murió para resucitar, cerró los ojos a este mundo para ver más y mejor, se apeó de una vida terrena, limitada y corrupta, para asentarse en la vida misma de Dios, libre ya de todo mal y de toda limitación, y gozar de la vida en plenitud para siempre.

¿Qué le queda al final al Comandante?

Gozar de la vida en plenitud porque, previamente él se dedicó a hacer el bien, a luchar contra todo lo que bloquea, merma y mata la vida y a anticipar a esta tierra la vida del cielo, trabajando minuto a minuto por la justicia y el amor y, sobre todo, por los más pobres. ¿Qué le queda al Comandante , después de todo lo que ha hecho, al final de la vida? Le queda la gente a la que ha levantado, liberado y hecho más felíz: “Venid, benditos de mi Padre, porque cuanto hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”.

La resurrección de Jesús es la anticipación de la plenitud que nos aguarda y no hay otra forma de hace más real esa plenitud que comprometerse con aquellos que más vida, libertad y amor necesitan.

No es de extrañar que los Herodes, los Césares y los saduceos de nuestro tiempo estén deseosos de excluir toda posibilidad de resurrección real. Los tiranos y los matones –incluidos los tiranos intelectuales y culturales- en vano utilizan sus armas de destrucción y de muerte. Nada pueden contra la realidad de la resurrección que se les sobrepone con el comienzo de una nueva creación.

Al historiador no deja de plantearle todo esto una cuestión tremenda: ¿Cómo se explica este movimiento nuevo del cristianismo que aparece de una manera repentina y afirma una única corriente de fe acerca de lo que le ocurre a la gente después de la muerte?

Es esta nuestra fe que nos colma de luz, fuerza, esperanza y serena alegría: Hugo Chávez, persona, ciudadano, compañero, hermano, militar , político, presidente, comandante y creyente cristiano como nosotros vive y continúa a vivir en otra dimensión , invisible a nuestros ojos, pero absolutamente real.

Vivió, venció y resucitó.

Nosotros vivimos, venceremos y resucitaremos.

Alleluia.

Benjamín Forcano es sacerdote y teólogo

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