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Por Isbel Díaz Torres

Después del anuncio de dimisión del actual Papa Ratzinger, el analista mexicano Pedro Echeverría se preguntaba, con muy buen tino en mi criterio: “¿Y si no eligieran otro Papa y desapareciera el Vaticano, cuánto dinero y problemas se ahorrarían?”.

El Vaticano se erige como una de las pocas monarquías sobrevivientes en pleno siglo XXI, y el artículo de Echeverría regresa sobre algunas de las más básicas críticas que históricamente se le han hecho al centro del catolicismo a nivel global.

Los problemas políticos internos son los primeros que se señalan, y estos aluden sobre todo a los publicitados escándalos de pederastia, de las mafias y de los bancos, que sistemáticamente involucran a la Iglesia en todos los niveles.

El artículo pone como ejemplo a los sacerdotes pederastas que en 2010 pusieron en entredicho a las iglesias de Irlanda, EE.UU., Alemania, Austria, Bélgica, México, y hasta al mismísimo Benedicto XVI, que llegó a ser acusado de haber “encubierto” a sacerdotes durante su etapa al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Otro ejemplo de descrédito que se aporta es la quiebra del famoso Banco Ambrosiano (cuyo principal accionista era el Vaticano) en la década del 80 del pasado siglo, en una historia que conecta mafia, finanzas, masonería y religión con operaciones ilícitas que salpicaron a la Santa Sede, la cual pagó 241 millones de dólares a los acreedores de la entidad para silenciar el escándalo.

Pero lo que más parece influir a Echeverría para proponer un mundo sin Vaticano son los ostensibles fondos financieros de esa institución supranacional. Su texto señala una cifra de cerca de mil millones de euros, de los cuales solo el 20 por ciento son destinados a intervenciones caritativas.

Solo el Estado italiano (sin contar regiones, provincias y ayuntamientos) entrega anualmente al Vaticano (en millones de euros): 478 para sueldos de profesores de religión, 258 para financiar escuelas católicas, 44 para cinco universidades católicas, 25 para suministro de servicios hídricos a la ciudad del Vaticano, 20 para la universidad Campus Biomédico del Opus Dei, 19 para contratación en plantilla de profesores de religión, 18 para bonos escolares de escuelas católicas, 19 para el fondo de seguridad social de empleados vaticanos y familiares, 9 para reestructuración de edificios religiosos, 8 para sueldos de capellanes militare, 7 para el fondo de previsión del clero, 5 para el Hospital del Padre Pio, 2.5 para financiar oratorios, y 2 para la construcción de edificios de culto.

Todo ello excluyendo las donaciones que reciben y los aportes de todas las iglesias católicas del planeta, así como las invaluables obras de arte que atesora, las aportaciones económicas de otros Estados, las donaciones personales o empresariales de católicos, y los grandes ingresos de las empresas de propiedad de la misma Iglesia.

Para Echeverría la desaparición del Vaticano aportaría una gigantesca riqueza que permitiría crear millones de empleos y sacar de la miseria y el hambre a millones de seres humanos.

Yo no puedo más que estar de acuerdo, sin embargo, hay una dimensión esencial de este tema que a mí me gustaría recalcar, y está relacionada con la imperiosa necesidad de modificar radicalmente los patrones de relacionamiento de individuos e instituciones, y ello incluye a la Iglesia.

Un esquema tan verticalista, centralizado, profundamente patriarcal y discriminatorio, no puede más que ser un lastre para la humanidad en su búsqueda de libertad, espiritualidad plena, autonomía individual, soberanía a cualquier nivel.

A pesar del tono cínico de los comentarios del periodista Walter Martínez este miércoles en TeleSur al referir las recientes protestas de feministas francesas contra la homofobia en la catedral del Notre Dame, lo cierto es que los sucesos en la Santa Sede han logrado estimular a los activistas anticlericales.

Pero por otra parte, mi trato cariñoso con católicos me ha demostrado la riqueza moral y espiritual de muchos de los individuos que comparten ese credo, y la inmensa potencialidad de transformación que detentan.

Gente inteligente, sensible, capaz de reconocer las profundas contradicciones del sistema que integran, y con voluntad para ofrecer y llevar a cabo iniciativa arriesgadas, iconoclastas, liberadoras, habitan los templos católicos en Cuba, en América Latina, y Europa.

Los he conocido y los he admirado por su valía personal, pero también por su condición de revolucionarios (aplico el término alejándome del maniqueo, gastado y contaminado uso del mismo por el discurso oficialista cubano).

Pienso que están llamados ellos y ellas a adelantar y a definir los cambios que necesita su sistema espiritual, lejos del pensamiento retrógrado, timorato, y muchas veces reaccionario de sus élites.

Por ejemplo, Josep Taberner, rector de la parroquia de Sant Pere de Figueres indica que la iglesia de base agradecerá el gesto de Benedicto XVI y declaró a público.es: “Sus predecesores nunca quisieron dimitir por lo que su dimisión zarandeará a la iglesia en muchos ámbitos”.

“En la iglesia hay más tendencias que en un partido político (…) si viniera un papa de América del Sur quizás podría haber un signo esperanzador”, agrega el sacerdote.

A mi juicio, la hipotética desaparición del Vaticano, más que dinero para sacar de la miseria a los pobres y mantenerlos en el imperante sistema de dominación actual, serviría como ejemplo de desconcentración de poder, de dilución de las hegemonías.

No soy tan ingenuo como para pensar que la actual circunstancia ha sido la intención del Vaticano, ni que se trata de un acto de humildad de Ratzinger (a quien las condiciones físicas le impiden continuar su mandato); digo que se ha removido un poquito la invulnerabilidad del sistema, de modo que permite soñar otros futuros diferentes.

Un rayo ha caído sobre la cúpula de la Basílica de San Pedro, el Papa se recupera de una intervención quirúrgica al corazón antes de abandonar su cargo… quienes gustan de incentivos trascendentales tienen la mesa servida.

Publicado en Havana Times