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Por Pedro Campos

El contrario no es enemigo”, un escrito del joven filósofo cubano, Boris González, lleno de preocupaciones sobre la situación actual y perspectiva de Cuba, me inspiró este artículo.

De acuerdo con las leyes fundamentales de la dialéctica (1- la conversión de los cambios cuantitativos a cualitativos, 2-la unidad y lucha de contrarios y 3-la negación de la negación), todo fenómeno atraviesa por un proceso de desarrollo en que estas leyes se manifiestan en relación interdependiente.

Los cambios cuantitativos, en su acumulación, generan cambios de calidad que van siendo cada vez más trascendentes y estos cambios se van dando a través de la unidad y lucha de contrarios: de lo viejo por perdurar, de lo nuevo por predominar y de hecho en cada cambio cualitativo, por pequeño que sea, hay una negación del estado anterior de ambos sujetos.

Pero muy importante: esa lucha se da en “unidad” –como categoría filosófica-, que no quiere decir igualdad, identidad ni mucho menos unanimidad, si no participación conjunta desde distintas posiciones. Esa lucha en “unidad”, que encierra intercambio, no puede realizarse desde la separación, desde la ruptura total. La ley se denomina unidad y lucha de contrarios, no por gusto.

Quienes no entiendan estas manifestaciones de la dialéctica, sea por razones culturales, religiosas, dogmáticas o de otra índole, difícilmente puedan entender el movimiento de una sociedad dada y contribuir positivamente a su desenvolvimiento.

Es lo que lleva a ver a los agentes del cambio, no como pares contrarios de un mismo fenómeno, sino como agentes enemigos, externos al mismo, a tratar de imponer un rumbo distinto al natural, y a tornar la lucha de contrarios, en batalla a muerte de enemigos irreconciliables.

Y la praxis misma ha demostrado que la conversión del viejo ser en uno nuevo, solo es posible en lucha desde el encuentro, del intercambio, de la amalgama, de la integración, desde la “unidad” entre los contrarios, para negarse mutuamente y dar lugar a un fenómeno nuevo, distinto a ambos.

Cuando el contrario es visto como enemigo, en vez de producirse una situación cualitativamente nueva y positiva, donde lo viejo y lo nuevo triunfen ambos en un nuevo ser, como ocurre en el amor de una pareja que decide fundirse para dar nacimiento a una nueva criatura, se produce una reafirmación de lo viejo en viejo y de lo nuevo en nuevo, donde uno de los contrarios se impone por la fuerza, “acaba con el enemigo” y así termina liquidando su propia posibilidad de convertirse en algo nuevo, distinto, mejor, cualitativamente superior.

Por eso Boris tiene razón cuando apunta que el contrario no es enemigo. En eso radica la garantía del desarrollo, del surgimiento del nuevo ser.

Si lo viejo destruye lo nuevo, viejo se queda. Si lo que se pretende nuevo, destruye totalmente lo viejo, termina pendido del aire, sin base alguna, sin contradicción que le ayude al desarrollo, camino a su autodestrucción.

Por eso ver la lucha de contrarios, en el terreno social, como lucha de enemigos irreconciliables, donde necesariamente uno de los contrarios tiene que morir, es lo que ha llevado a muchos procesos revolucionarios al suicidio estratégico, al pretender destruir al contrario, en lugar actuar en lucha de unidad dialéctica por la superación mutua hacia una nueva sociedad.

Fue la lectura esquemática de los textos de Marx y otros fundadores del socialismo. Fue lo que pasó con el enfoque “obrerista” de la revolución socialista, vista como el resultado de la lucha de clases irreconciliable entre obreros y capitalistas, cuando los propios clásicos del socialismo habían previsto que las nuevas relaciones de producción eran portadas por un nuevo tipo de actor social y productivo: el trabajador libre asociado, no el obrero asalariado.

El trabajador libre que se asocia o no para producir, el cooperativista o cuentapropista no es visto como enemigo por el capitalismo, sino como un competidor dentro del sistema. Por eso quienes no han entendido las leyes del desarrollo dialéctico de la sociedad, ven el trabajo libre asociado como “funcional” al sistema capitalista. No comprenden que desarrollada dentro del sistema capitalista, gracias y a pesar de los propios mecanismos del capitalismo, esta forma de organización de la producción, termina por imponerse y dar lugar a un nuevo sistema socio-económico.

Cuando la revolución social es vista más allá de un cambio político, como proceso de cambios en las relaciones de producción, de suyo se entenderá que se trata de desarrollar algo que ya ha venido progresando en el seno del viejo sistema, por lo que no se pretende hacer todo nuevo, cambiarlo todo, sino de dar rienda suelta a las nuevas fuerzas sociales y económicas existentes.

Tratando de negar el capitalismo en todo sentido, en todos sus valores, en todos sus adelantos, en todas las formas organizativas en él presentes, el “socialismo real” terminó negando todos los valores de la democracia, los derechos, el intercambio y el asociacionismo libres alcanzados en el capitalismo, pretendiendo inventarse desde la nada. Y la nada, es nada. Tal “socialismo” –disparatadamente- liquidó todo aquello, porque el socialismo era “desconocido y nadie sabía cómo hacerlo”; pero mantuvo el trabajo asalariado para el estado todo poseedor, la esencia del capitalismo, que determinó su agonía y fin.

Y “aterrizando” en Cuba; estas leyes deben ser tenidas en cuenta por todos. Tanto los que desde una extrema en el gobierno-partido se oponen a los procesos de democratización, socialización, descentralización y cooperativización, como los que en la oposición pretenden hacer tabla raza de todo lo realizado en este medio siglo, o quienes desde un sector de la izquierda sectaria elucubran una sociedad tan novedosa y límpida que nunca sería producto de un desarrollo de algo real, de un progreso de algo ya existente, sino sacado de su imaginación.

Y desde luego el tratamiento político y diplomático al imperialismo norteamericano, enemigo histórico de la nación cubana por su propia decisión, es un asunto relacionado; pero distinto a la lucha histórica entre los cubanos por una sociedad más justa, libre y democrática que no todos vemos igual en sus fines y medios. Es asunto de nosotros ponernos de acuerdo.

Un verdadero humanista -y un verdadero socialista solo puede serlo- no busca enemigos humanos. El que se pretenda enemigo, sea por propia decisión.

Al imperialismo ha de mantenérsele a raya y no pretender salir a flote gracias a su ayuda, que siempre será interesada. ¿O se repetirá la historia de 1898? Corresponde a los cubanos dispuestos a hacerlo en armonía, paz y democracia plena, aportar al futuro común.

Por ello, más necesita una economía socializada de las pequeñas y medianas inversiones de la diáspora cubana deseosa de hacer florecer la nación “con todos y para el bien de todos”, puestas en función social, que del gran dinero del imperio que serviría para explotar a los trabajadores asalariados cubanos en conjunción con el capital estatal y sojuzgar a nuestro pueblo.

La defensa del proceso revolucionario cubano ha de hacerse consecuentemente, en especial, desde su rectificación. Y no, pretendiendo su estancamiento en la conservación a ultranza del modelo estatalista asalariado fracasado, ese disfrazado capitalismo monopolista de estado.

La revolución cubana, como proceso revolucionario del siglo XX que siguió los pasos del “leninismo” fabricado por Stalin, debe aprender de los errores de la ex URSS y el “campo socialista”, si no quiere terminar en lo mismo.

Socialismo por la vida.

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