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Por Haroldo Dilla Alfonso

Hace ya algunas semanas algunos miembros del Observatorio Crítico (OC) —grupo de intelectuales y activistas de lo que se ha dado en llamar una nueva izquierda cubana— prestaron su atención al Llamamiento por una Cuba Mejor y Posible, firmado por varios centenares de cubanos emigrados y residentes en la Isla.

Algunos miembros del OC lo firmaron, considerando que era una buena manera de revalidar sus posicionamientos y trazar puentes con otras personas y grupos, con los que no comparten ideologías, pero sí propuestas concretas sobre el futuro nacional. Creo que esa concurrencia fue un dato cualitativo muy interesante de este documento, que habla de la madurez política de los firmantes. Creo que nos honraron a todos.

Otros no lo hicieron, pues consideraron —al menos fue el caso de dos artículos que leí firmados por Karel Negrete y Rogelio Díaz — que se trataba de un documento democrático liberal del tipo del que es necesario huir si la izquierda alternativa, como también es referido el OC, quiere ser eso mismo, es decir, alternativa. En lugar de cuestiones como el multipartidismo o el ejercicio de libertades, los dos articulistas del OC se recordaban entre ellos que la meta de la izquierda era avanzar hacia la organización del sujeto popular en todos aquellos lugares en que esté, y todo desde una perspectiva anticapitalista.

Por supuesto que respeto sus razones. Que no hayan firmado el Llamamiento no es particularmente relevante. Se trata de un documento que cubrió una coyuntura, y en él no se agota la galaxia. Creo que fue una buena cosa, pues la gama de posiciones que englobó —desde neoliberales hasta socialistas— habla de la evolución política de todo un segmento de la sociedad transnacional cubana. Creo que para el OC como red hubiera sido interesante firmar un documento de consenso que si se escoraba en alguna dirección era justamente a la izquierda, quizás porque la mayor parte de sus promotores padecían de esa sana inclinación. Y obviamente porque nadie lo objetó. Pero, repito, se trató de un simple documento, y no de la última Coca Cola del Desierto, y con seguridad habrá otras oportunidades de encuentros y desencuentros.

Lo que realmente me preocupa es el tipo de argumento empleado por los articulistas, y el coste que puede tener esta suerte de posicionamiento sectario puritano del que la izquierda ha sido históricamente pródiga, sin dejar tras ella nada más que los ripios de sus testimonios de derrotas. Y debo dejar claro que si me detengo en este asunto es sencillamente porque me parece que tanto el surgimiento de una llamada Nueva Izquierda en Cuba y la existencia del Observatorio Crítico son dos hechos muy importantes en el complejo presente de nuestra sociedad transnacional.

Francamente creo que a estas alturas del juego seguir creyendo que el liberalismo es un compuesto viral tan mortífero como el ébola es un error político fatal. La democracia es un ente complejo que implica muchas cosas, buena parte de ellas inherentes al credo liberal: elecciones libres y competitivas, transparencia, participación, libertades y derechos, pluralismo político, etc. Según las preferencias doctrinarias se pueden enfatizar unos u otros componentes, y de ahí brotan formatos diferentes de democracia. Pero omitir los valores liberales como ingredientes transversales, es desnaturalizarla.

A los anticapitalistas más ofuscados vale la pena recordarles que el liberalismo es una construcción sociopolítica que precede al propio capitalismo, y empezó a gestarse en los primeros momentos en que los griegos comenzaron a separar la moral positiva de la política positiva, al demos del legislador, a la comunidad del individuo. Y que el propio Marx fue un producto de esa evolución, y muchas veces fue seriamente liberal, como cuando proclamaba aquello de que la realización de todos dependía de la realización de cada uno. Y no al revés, como quisieron los poco ilustres constructores del “socialismo real”.

Y sin democracia no hay alternativa que funcione. Realmente es alentador que uno de los articulistas de OC abogue “por el trabajo a pie de barrio, de comunidad; de promoción entre toda la ciudadanía de la conciencia del poder”. Yo también lo creo importante. Solo que mi experiencia personal me sugiere que eso que hoy se llama empoderamiento no puede conseguirse a largo plazo fuera de un sistema democrático.

Hace ya veinte años yo intenté trabajar a “pie de barrio”. Y junto con un equipo formidable, creo que lo hicimos muy bien. Entre 1990 y 1996 establecimos vínculos y acompañamos experiencias comunitarias de vocación autogestionaria en lugares como Atarés, Santa Fe, El Condado, Libertad; al mismo tiempo que trabajamos junto con dirigentes municipales progresistas y renovadores. Se dieron pasos considerables, y tangencialmente dejamos escritos varios artículos y un par de libros que aún hoy se leen en la Isla, al menos algo más de lo que se citan. Realizamos varios talleres sobre los temas de la autogestión a los que concurrían líderes comunitarios, activistas sociales, académicos y funcionarios municipales. No menos relevantes fueron los contactos de nuestra gente con homólogos centroamericanos que pudieron mostrar el valor de la autonomía.

Pero cuando en 1996 vino la ofensiva contrarrevolucionaria del Buró Político del PCC que diezmó al Centro de Estudios sobre América, lo primero que los interventores indicaron fue detener totalmente esos estudios y contactos. Y luego fueron esterilizando a estas organizaciones, disgregándolas o convirtiéndolas en mecanismos auxiliares de los aparatos municipales respectivos. No hubo para donde huir, ni donde esconderse, sencillamente porque no había espacios consagrados de derechos y libertades —no se si burgueses, proletarios, liberales o anarco-sindicalistas— pero suficientes para garantizar la autonomía social.

El problema de la democracia en Cuba —de los derechos y libertades ciudadanos; del pluralismo político como principio organizador del sistema, de la renovación mediante elecciones libres y de la participación autónoma de la sociedad— no puede colocarse en la lista de espera. Mirar fijamente a la utopía por demasiado tiempo es la mejor manera de no mirar las realidades ríspidas que tenemos que resolver. Ninguna retórica sobre “movimientos sociales cubanos” o sobre “las fuerzas conscientes de las clases trabajadoras” puede servir de pretexto para continuar imaginando que hacemos algo y no hacer otra cosa que dejar testimonios de sanas intenciones.

De igual manera que ninguna declaración de solidaridad con las luchas globales anticapitalistas, legitima el silencio de que hace gala una parte de nuestra nueva izquierda respecto a la represión sistemática que sufren los compatriotas que quieren ejercer sus derechos políticos en la tierra en que nacieron. No importa que sean socialdemócratas, neoliberales o democristianos: tienen derechos y les son negados. Hasta que ellos no los tengan, nadie los tiene.

La restauración capitalista en Cuba es inevitable. No es posible regenerar socialismo de donde no lo hay. Tampoco es posible creer que la sociedad cubana —exhausta y cansada de las metas abultadas— esté lista para escenificar epopeyas trascendentalistas. La cuestión está en si la sociedad cubana tendrá que presenciar la restauración del capitalismo con las manos atadas, o si en cambio habrá espacio para luchas sociales, sindicales, feministas, ambientales, raciales, territoriales, etc. en defensa de las conquistas sociales republicanas y revolucionarias y para establecer nuevas normas de responsabilidad social empresarial y de funcionamiento de mercados. Y todo eso pasa inevitablemente por la instauración de un orden democrático y de principios liberales que protejan la autonomía de la sociedad. Y si al final de esta historia logramos establecer en Cuba un orden socialdemócrata, creo que habremos conseguido mucho más de lo que la retórica altisonante nos depara.

Sé que esto último debe sonar a terrible traición. Sé que la socialdemocracia ha reculado tanto que ya no sabe ni donde dejó los zapatos. Pero también sé que ha tenido logros históricos en la redistribución de los ingresos vía fiscal, en el manejo de regímenes corporativistas y en el establecimiento de estados de derechos con un fuerte contenido social. No hizo lo que dijo que iba a hacer, pero creo que lo hizo mejor que la otra izquierda que encabezó las experiencias del llamado socialismo soviético. El contraste entre Willy Brand y Erich Honecker.

Para la nueva izquierda cubana es hora de avanzar sin mantos de penitentes, ni dogmas, ni rigideces doctrinarias, ni consignas que a nadie interesan y solo sirven para alimentar nuestras recreaciones onanistas. Conservemos las utopías como referentes, pero fijémonos en lo que pasa en la esquina. Querer enhestarlas por encima de las realidades es un signo inequívoco de derrota para la izquierda. Es irse quedando sola, muy sola.

Y a fuerza de pequeñeces, diría, solita.

Publicado en Havana Times

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