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Por Rogelio M. Díaz Moreno

En un compendio reciente del OC ha salido un material que me ha producido mucha inquietud. El camarada Gonzo Pedrada le entra a pedradas en su trabajo a las alternativas de la energía nuclear y los alimentos transgénicos. Sobre el primer tema, abre con una metáfora sonora: El fantasma de Juraguá navega las Aguas del Golfo de México pertenecientes a Cuba. Me gustaría aportar alguna información para discrepar, respetuosamente, de varios de los argumentos del autor.

Al final de este material intentaré adicionar unas líneas para apuntar a un camino por el cual se considere que es posible negociar un avance en el proceso de poner al servicio de la humanidad, valiosos recursos de la naturaleza.

Pedrada le ha llamado pesadilla al proyecto, cancelado por imperativos económicos (se cerró la tubería que traía rublos), de usar la energía nuclear para producir electricidad en una planta en la localidad cienfueguera de Juraguá. Las explicaciones para el mal dormir son, a nuestro entender, unilaterales y superficiales, y vamos a dar nuestro criterio disidente.

Dice El bonche y el relajo tropicales cubanos hubieran decidido, con sólo el pulsar de un botoncito rojo, un desastre regional mayor, competidor, este sí, con el otro ucraniano. Esto es, por una parte, una falta de respeto con el personal profesional cubano formado rigurosamente, tanto en los países del desaparecido CAME, como en la facultad habanera donde un servidor estudió Física Nuclear. Por otra parte, denota un desconocimiento de los principios de funcionamiento y control de este tipo de instalaciones donde, huelga decir, no existe el tal botoncito rojo.

Cito La electronuclear de Cienfuegos, habiéndose invertido en ella casi mil millones de dólares, sólo sería suficiente para proveer el 25 % de la energía requerida por el país. No poseo información sobre los planes económicos nacionales que se manejaban en la época. Me consta que el proyecto de Juraguá implicaba 4 reactores de 440 megawatt, para un total de 1760 megawatts. La inversión perdida se distribuyó en llevar la construcción del edificio del primer reactor hasta cerca del 90%, el edificio del segundo que no llegó a la mitad, y obras de infraestructura necesarias para el funcionamiento del conjunto completo. La capacidad instalada hoy ronda los 4000 megawatts, pero una parte no genera sino que permanece en reserva, con lo que Juraguá bien que supondría más de la mitad de lo que funciona al día de hoy. Eso no es necesariamente bueno porque una avería la podría detener y ¡zas!, a correr a buscar alternativas pero, de cualquier modo, sugiere un manejo de los números poco cuidadoso.

Cito las dos plantas, las cuales no llegarían a satisfacer la demanda energética nacional y pondrían en peligro nuclear a toda la región del Caribe y tal vez más allá de él. Sin embargo, estas consideraciones no fueron tenidas en cuenta

Primero: Tal vez no llegarían las dos plantas a satisfacer la demanda energética nacional, si esta hubiera seguido creciendo, pero sí una buena parte. En su lugar, hoy tenemos plantas basadas en combustibles fósiles, que tampoco la satisfacen, a un elevado precio económico y con emisión de grandes cantidades de gases contaminantes de efecto invernadero.

Segundo, lo del peligro, que obviamente es lo más preocupante. Sobre esto se pregunta el autor ¿quién hubiera puesto su mano en el fuego por el futuro de Juraguá, y de Cuba, con el trasfondo de Chernobil y de otros desastres, acaecidos en países capitalistas como EE.UU., Japón, Argentina, Brasil, España y otros, en las décadas del ´70 y ´80- azotando, marcando, despellejando la memoria de cualquier ser viviente implicado en ellos o no?
Para responder a estas interrogantes, que son justas, hay que desarrollar un poco las ideas, para lo que hay que tener paciencia, y por ello es justo rogar al lector que también la tenga, si el tema de veras le interesa.

De los países que menciona, solamente EEUU, más la Unión Soviética, tuvieron accidentes de gran magnitud con centrales electronucleares en la época que menciona. Y Japón tuvo el año pasado uno en Fukushima. Pero muchas personas opinan que es exagerado comparar el accidente de la Isla de las Tres Millas (el estadounidense) y el de Fukushima, con el de Chernobil, puesto que en los dos primeros no ocurrieron víctimas achacables al accidente nuclear propiamente dicho. En los demás países, no han ocurrido accidentes comparables a los anteriores, al menos no en centrales electronucleares.

La salvedad es importante. En varios países, sí han ocurrido accidentes donde se involucra la energía nuclear, pero no en electronucleares. Producir electricidad no es la única manera de usar esta fuerza. El accidente de Brasil, por ejemplo, puede referirse a los sucesos de la localidad de Goiania. Allí se regó el material radiactivo botado por un hospital que se mudó con una irresponsabilidad sencillamente criminal. ¿Y para qué usan radiactividad en los hospitales? Muchas personas no lo conocen, así que es justo explicar que una de las maneras más efectivas de curar muchos tipos de cáncer es con radiaciones, y para ello se utilizan isótopos radioactivos de elementos como el yodo, el iridio, el paladio, el oro, etcétera. También se utilizan para estudiar y realizar el diagnóstico de complicadas enfermedades. En Cuba estas prácticas se realizan desde hace mucho tiempo, y muchas personas le deben hoy su vida a estas técnicas nucleares. Espero que Pedrada no insista en privar a los pacientes de recibir esta oportunidad; tal vez no confíe en que las fuentes radiactivas y los desechos inevitables son manejados sin el bonche y el relajo tropicales cubanos, o tenga miedo de que apretemos el botón rojo equivocado y volemos al hospital con nosotros y los enfermos dentro.

En otras ramas económicas, económicas e industriales también se usa la energía nuclear; incluso sirve para efectuar estudios sobre el medio ambiente y la ecología, como los que condujo el entonces Instituto Superior de Ciencias y Tecnologías Nucleares sobre el rio Almendares y la bahía de La Habana. Pero descuiden, que se tomaron las medidas para que no nos contamináramos con sustancias radiactivas, aunque no se pueda decir lo mismo de los demás contaminantes humanos vertidos en esas cuencas.

El manejo de la energía nuclear, como puede verse, es algo conocido en Cuba. Lamentablemente no se ha hecho un trabajo correcto de divulgación y consenso con la población no especializada, deficiencia que lleva a incomprensiones como las expuestas, pero podemos responder, en principio, que toda una comunidad de profesionales con formación y experiencia en el trabajo en las ramas nucleares, sí hubiera puesto su mano en el fuego por Juraguá y, de hecho, estaba comprometida con el proyecto.

A mí la burocracia estatista no me cae nada bien, y no la voy a defender. Sin embargo, a la luz de lo que ya he expuesto, me parece que las razones de los adeptos a la energía nuclear eran algo más que las consideraciones seudo vanguardistas provenientes de estatistas y cuadros funcionariales, desoyentes de toda evidencia y lógica científicas. Y voy a reforzar mi criterio:

El modelo de electronuclear de Juraguá, del tipo moderado por agua ligera y circuito de conducción del calor independiente o secundario, VVER-440, era sustancialmente diferente y más seguro que el de Chernobil, moderado por grafito y circuito de conducción del calor directo, primario, modelo RBMK. Los reactores VVER habían sido exportado ampliamente por la Unión Soviética y se han explotado asimismo sin grandes sobresaltos. Los diseños de estos sistemas cuentan, como último recurso, con sistemas de seguridad pasivos, que descansan en mecanismos que usan la capacidad de derretirse de un material cuando se calienta más de la cuenta, la fuerza de gravedad y ese tipo de características de la naturaleza difíciles de estropear hasta por el más descuidado de los cubanos. Estos sistemas apagan al reactor por sí mismos, cuando las cosas parezcan salirse de las manos y los sistemas de control normales anteriores no hayan funcionado eficazmente. Pero vamos a suponer que el león se come al cazador de cualquier forma, que pase lo que es físicamente imposible, se queme lo que no es combustible, llueva para arriba, la rana críe pelos, se den un terremoto y un tsunami como el de Japón y el reactor explote: todo el reguero de vapores y elementos radiactivos quedaría encerrado en el edificio que albergaría al reactor, un recinto de hormigón con paredes de varios metros como el que no existía en Chernobil, que estaba en una planta industrial común y corriente.

Es totalmente injusto, dicho sea de paso, echarle la culpa a la energía nuclear de la contaminación por polvo de aluminio sufrida por los constructores, que estarían aplicando entonces técnicas poco seguras de trabajo, como las que emplearían, para levantar en cualquier otro lugar, cualquier otra edificación. Por cierto, que las personas con experiencia en el uso de la energía nuclear en cualquiera de sus ramas, podrían señalar además cómo los riesgos particulares del uso controlado de la radiación son menores como lo demuestran la teoría y la práctica que los que se dan por sentado en la mayoría de las otras esferas de la economía.

En fin, que para echarle a la energía nuclear se requiere de un trabajo más cuidadoso y fundamentado en el conocimiento científico técnico establecido que el evidenciado por el autor de mi desvelo. Y se puede continuar con otras consideraciones, por ejemplo sobre las alternativas a la electricidad generada con fuentes distintas a la nuclear.

En un material anterior hice una somera relación de los accidentes relacionados con otras fuentes de energía, básicamente aquellas que emplean combustibles fósiles. Cualquier comparación mínima, demostraría abrumadoramente que la energía nuclear es comparativamente más segura para el hombre y el medio ambiente que el petróleo y el carbón. El empleo de estos últimos causa accidentes tan cotidianamente que ya no son noticia y pocos los notan más allá de sus víctimas y familiares, a menos que se monten en decenas o centenares los muertos y heridos en cada incidente cosa que también pasa con no poca frecuencia. Y todavía falta mencionar el daño fundamental que provocan, el peligro que ya nos afecta como civilización. El cambio climático, demostradamente provocado por nuestra civilización según los informes del Panel Internacional montado al respecto, que ha provocado la degradación irrecuperable y pérdida de regiones por desertificación, inundación del mar, etc., en una magnitud mil veces mayor que todos los desastres nucleares que hayan ocurrido jamás, juntos.

Claro, que Pedrada también critica a los combustibles fósiles. Yo lamento que ponga ambas alternativas como si fueran igual de malas sin que, a mi juicio, aporte suficientes argumentos. Coincido, en principio, que puede y debe trabajarse más en la extensión de fuentes ecológicas de energía. Digo ecológicas, y no renovables, que una cosa no es necesariamente sinónima de la otra.

Renovable puede ser la electricidad basada en paneles solares, que parece gustarle a Pedrada. Lo que tal vez este autor no conozca es que el complicado proceso industrial, requerido para obtener y procesar el silicio hasta obtener el panel y la electricidad, es más contaminador para el medio ambiente que la mismísima energía nuclear, según estimaciones de muchos especialistas.

Renovable puede ser la electricidad basada en grandes hidroeléctricas con sus grandes presas, que son otra pesadilla para el medio ambiente.

Renovable puede ser el combustible obtenido de cultivos como el maíz y otros, nada ecológicos si se considera que en esas tierras no se puede entonces sembrar alimentos para las personas.

Renovable puede ser hasta la electricidad en ciertas electronucleares, donde a partir del combustible de uranio se obtiene, además, el elemento llamado plutonio que también sirve para reactores nucleares. Pero esa variante no gusta mucho, aún entre los que usan esta energía, porque de este plutonio es relativamente fácil obtener armas nucleares.

En fin, que hay que distinguir que no cualquier energía renovable es la panacea.

Nos quedan como fuentes aceptables unas pocas, como las eólicas, las mareomotrices y las hidroeléctricas de pequeñas corrientes de agua. Estas últimas son inestables y en las estaciones de seca pueden dejar desabastecidas aquellas necesidades que de ellas dependan. En las otras se puede adelantar mucho, pero no satisfarán ni de lejos las necesidades actuales de la humanidad.

Lo que nos lleva a otra fuente muy importante, posiblemente la más trascendente, que es el cambio de mentalidad. Usar la energía más ahorrativamente, renunciar al consumo extremo e irracional, son pasos fundamentales, pero que requieren de una profunda y verdadera revolución en la manera en que funcionan las cosas. Incluso con esta variante, hoy no se puede ignorar que existen grandes cantidades de personas en condiciones de pobreza intolerable, que requieren de aumentar su consumo en cierta medida para lograr un nivel de justicia mínimo.

Todos bueno, todos los de este lado estamos de acuerdo en que se deben transformar muchas de las condiciones de la humanidad para hacerla más ecológica, que es hacerla más sustentable, ética, racional. Pero eso no se va a lograr en tres o cuatro días e, incluso en ese futuro soñado, las personas seguirán padeciendo enfermedades que se curan con radiaciones, o presentando otras necesidades que se resolverán con energía nuclear. En lo que trabajamos y llegamos a ese estado de cosas ideal, hay que seguir empleando una cantidad de energía eléctrica que mantenga funcionando los hospitales, los frigoríficos que almacenan alimentos, las industrias y el resto de las bases de la civilización cuya desaparición súbita acarrearía la muerte por insatisfacción de necesidades básicas de una gran parte de la humanidad. Para cumplir esta etapa de transición, mi convicción profunda y meditada es que la energía nuclear es preferible a los combustibles fósiles. Incluso el uso de estos últimos resulta inevitable en el presente, por mucho que nos pese. Atacarlos a todos ellos con excesiva superficialidad puede resultar contraproducente, pues puede provocar el alejamiento de un auditorio importante que pasa mucho trabajo para sobrevivir cotidianamente. Por último, el petróleo es una materia prima de enorme valor más allá de su burda combustión, pues de él se obtiene un sinnúmero de productos, plásticos, gomas, textiles, como materiales de construcción, etc., así que su disponibilidad no es obligatoriamente la maldición que Pedrada presupone.

Al principio apunté que trataría de señalar un camino por el que se pudiera trabajar en un consenso que apuntara a modos seguros y ecológicos de vida con las necesidades imperativas del presente. Ya me he alargado demasiado pero quiero cumplir con ese punto para culminar.

Ya que la mayoría de la civilización estará en contra de regresar a la Edad Media, hay que asumir el precio a pagar por tener una esperanza de vida prolongada; facilidades de comunicaciones y transporte; dieta sana, balanceada y suficiente; atenciones médicas sofisticadas para contrarrestar enfermedades graves; manifestaciones artísticas y culturales que hagan nuestras vidas más plenas y hasta dedicar recursos a investigar si de veras existen pequeños seres verdes en el espacio que sean más sabios que nosotros. Este precio pasa por manipular esas vigorosas fuerzas de la naturaleza con las que se puede establecer una relación constructiva. La sociedad civil, necesariamente, ha de ejercer el control sobre cada gran proyecto o emprendimiento donde se involucren energías poderosas como las nucleares, la industria química, entre otras muchas capaces lo mismo de entregar vida que muerte, felicidad que desdicha, abundancia o desastres.

En todas estas esferas, por igual y equitativamente ¡no tiene sentido apuntar los cañones contra las electronucleares y dejar que una sintetizadora de quimbombó nanotecnológico nos explote o envenene! debe estar manifiesto y explícito cada principio y peligro, cada riesgo y medida de control. El conocimiento tiene que pertenecer tanto a la parte de allá como a la de acá. Aquellas personas al frente del asunto, tecnólogos o administradores, se deben en última instancia a la sociedad, que tiene el derecho inalienable a cuestionar cada detalle, a satisfacer toda inquietud. Entonces, con esta información en la mano, después de evaluarla con un criterio objetivo imparcial tal que le permita evaluar los pro y los contra, y sin basarse en simples temores a cosas que resultan nuevas o desconocidas, se podrá tomar una decisión colectiva, sabia.