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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Voy a referirme al documento elaborado por un grupo de compatriotas, que han plasmado en el mismo ciertas ideas que les parecieron loables para contribuir con el futuro de nuestro país. El Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible, como se titula el texto en cuestión, ha recogido firmas en el orden de algunos centenares entre la diáspora y algo menor en el interior del país.

Algunas versiones iniciales de este manifiesto, bien distantes de la versión final, llegaron al Observatorio Crítico, con la propuesta de que nos uniéramos al empeño y, como suele suceder en un colectivo tan plural como el nuestro, despertó intensas polémicas, aunque como siempre, cada cual, según lo considerara, pudiera unirse o desmarcarse de la iniciativa a título personal. Esto no significa ningún tipo de debilitamiento o fragmentación de la Red del OC que, como nos gusta recalcar, tiene el privilegio y la fortaleza de reposar sobre el respeto a la diversidad de criterios de sus miembros.

Estuvimos de acuerdo, eso sí, en no darnos por desapercibidos ante el esfuerzo de los promotores del llamamiento y para ello lo hemos publicado en nuestro boletín. Para ser absolutamente transparentes e integrales en el abordaje del tema, lo acompañamos con el criterio favorable de uno de nuestros camaradas que lo endosó, y algunas líneas como estas que reflejan otros criterios discrepantes.

Me gustaría establecer que, aún entre los que nos abstuvimos de aprobar el documento, este despertó suficientes simpatías por las buenas intenciones que proclama, y algunos principios generales cuya justicia es difícil de discutir. El llamado a eliminar la violencia, la intimidación y el acoso contra las personas honradas solo puede ser apoyado por cualquier ser humano. El derecho de cubanos y cubanas a determinar nuestro futuro en plena libertad, independencia y soberanía, sin injerencias o imposiciones de ninguna nación extranjera, es de esos principios sagrados que se enarbolarán en este país hasta las últimas consecuencias. El establecimiento del control de los trabajadores sobre los medios de producción es un afán que hemos defendido arduamente en nuestro seno, tanto como la libertad de movimiento nacional e internacional de los cubanos y cubanas, y la generalización del acceso a la Internet.

Entre las insatisfacciones con el documento se encuentra el supuesto de que la formación de partidos políticos tradicionales va a favorecer de algún modo a nuestra nación. Pues bien, muchas personas consideramos que los partidos no son necesariamente una panacea o imprescindibles para alcanzar un ideal democrático. Con demasiada frecuencia, la partidocracia resulta un instrumento del capital para alternar equilibradamente en el poder a sus distintas facciones, dejando de lado en todo momento las aspiraciones de los trabajadores humildes en las sociedades. Echando un vistazo por el mundo, hay demasiados ejemplos de naciones donde los movimientos de Indignados, de Ocupas, indigenistas, etc., rechazan de plano dichas estructuras que, a lo largo de la historia, solo han tenido consideraciones con ellos a la hora de celebración de elecciones más o menos formales, para relegar luego todo otro móvil que no sea acomodar al capital nacional o supranacional. Consideramos que la democracia, ideal valioso en grado sumo, puede servirse mejor de acercamientos más horizontales e inmediatos al individuo, que de una tradicional estructura de partidos políticos en el poder.

En el párrafo dedicado a temas económicos, aparece una mezcla de conceptos donde pudiéramos asimismo aprobar una parte (como lo referido a las cooperativas) mientras otra nos resulta peligrosamente confusa. Nos resulta perentorio una mejor definición de lo que se entiende por liberación de todas las capacidades productivas, y el sentido de libertad para los ciudadanos para toda la actividad económica independiente. ¿Incluiría esto la apertura al sector privado de servicios estratégicos para la nación como las telecomunicaciones, transporte aéreo y marítimo, salud, educación, de seguridad social y pública, contratistas en la defensa nacional, etc.? No nos consta que eso sea conveniente para el país. Menos todavía nos consta que nos vaya a conducir a una Cuba mejor, la libertad de empresa abstracta que se está invocando, que incluye sin dificultades al capitalismo sato, común y hasta neoliberal, establecido en el resto del mundo y muy capaz de hacer retroceder las conquistas alcanzadas después de la hipotética implementación de un grado de control de los trabajadores sobre las empresas. Hay demasiada miseria en este mundo, rodeando a contadas islas de opulencia, para creer que con esquemas capitalistas –que quisiéramos ver explícitamente rechazados en el documento– nuestro país vaya a emerger como una de estas últimas sin más problemas que el de la insolidaridad con su entorno.

Otro aspecto que nos choca es el alto número de demandas en este documento que dependen de la buena voluntad de los autoritarismos gubernamentales de más de un país; que tendrían que sentarse a conversar entre ellos y conceder bondadosamente, o no, las súplicas de los súbditos. O intentar conceder, que no significa necesariamente tener éxito. ¿De qué valdría que se elaborara otro plan más de reanimación de servicios médicos, educativos, sociales, por el mismo sujeto-gobierno que ya ha lanzado una docena de ellos? ¿Qué sentido tiene sentarnos a esperar que los EEUU quiten el bloqueo, devuelvan la base naval injustamente ocupada en Guantánamo y cesen el resto de las agresiones? Ojala esas barbaridades se corrigieran mañana mismo. Así, de este lado de acá, no habría necesidad de tomar medidas difíciles para la protección del país; tanto como la burocracia se quedaría sin pretextos para sus despotismos particulares; pero mejores perspectivas le vemos a nuestra suposición de que vamos a aportar un mayor beneficio con el trabajo a pie de barrio, de comunidad; de promoción entre toda la ciudadanía de la conciencia del poder que adquiere cuando se auto organiza, auto gestiona la solución a tantos problemas que le agobian, o simplemente conciencia de los mismos derechos que se mencionan en el texto que se analiza.

Muchos de los conceptos manejados en el llamamiento requieren, por cierto, un dominio de temas legales que como personas menos versadas no comprendemos bien, y nos asaltan dudas respecto a si los autores están convencidos de que la mayoría de los cubanos compartirán exactamente lo que ellos tienen en mente, con suficiente pasión como para afrontar los problemas que implique abogar por esas transformaciones.

Finalmente, no son realistas o pecan de candidez (en el aquí y ahora) los reclamos acerca del establecimiento de Estado de Derecho, ratificación de derechos humanos, liberación de presos políticos y demás. No porque neguemos la legitimidad de tales derechos, productos también de luchas sociales en la historia humana y el desarrollo de la democracia; sino porque de la manera que se enuncian, implican la suposición implícita de que se está en presencia de un estado totalitario. Si ello fuera cierto, ir con esta carta a la sede del gobierno, con todos sus pedidos y sus firmas, no tendría otro efecto que el de hacerles reír un rato a quienes quiera que la reciban. Una vez más, nosotros sostenemos la convicción de que el trabajo y el activismo de los movimientos sociales cubanos, las fuerzas conscientes de las clases trabajadoras, intelectuales, de los vecinos, influyendo y transformándose a sí y a su entorno, tienen mejores oportunidades para producir la imprescindible evolución hacia la Cuba que soñamos.

A pesar de las discrepancias que mantenemos con el Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible, aquí expuestas, estoy convencido de que es posible continuar el diálogo en pro de solventar las razones que determinaron nuestra abstención.