Por Isbel Díaz Torres

Parecía que caería un diluvio sobre La Habana igual que el día anterior. Un mensaje amigo a mi teléfono me advertía de pronósticos de lluvia, coincidentes con nuestra cita en el malecón esta tarde para realizar nuestra segunda jornada de limpieza (la primera la hicimos en el 2010).

Afortunadamente, los nubarrones solo amenazaron, refunfuñando, desde la distancia.

Otro pronóstico siniestro era que las Olimpíadas alejarían todo público posible de las costas capitalinas para anclarlo frente a las pantallas de los televisores. Sin embargo, el dienteperro ardiente acogía a una gran cantidad de vecinos y vecinas de la Habana Vieja y Centro Habana, asiduos a los baños vespertinos en las agresivas aguas del litoral.

De tal modo, el muy reducido grupo de amigos de El Guardabosques que respondimos a la convocatoria, vimos las condiciones propicias para trabajar. Incluso, esta vez la menor cuantía de agentes de la Seguridad del Estado que comúnmente vigila nuestros pasos, hizo más placentera la actividad. Recordemos que en el 2010 eran cerca de cuarenta agentes para filmarnos y tomarnos fotos mientras trabajábamos por el bien comunitario.

En fin, que las seis personas que acudimos (Rogelio, Jimmy, Eduardo, Hibert, Luis, y yo) trabajamos con alegría un rato, recogimos aproximadamente ocho sacos de basura, e interactuamos con la gente del lugar.

Recibimos muchas expresiones de admiración y apoyo por parte de adultos e infantes. Un padre con su niñita dijo con visible sentimiento aprobatorio “la gente no sabe bien lo que ustedes están haciendo aquí”. Una muchacha, después de preguntarnos quiénes éramos nos dijo para sorpresa nuestra: “si van a hacer una Revolución, yo voto por ustedes”, y nos dijo dónde vivía.

Las expresiones que cito son aproximadas, por supuesto, tratando de enviarles este apresurado reporte de la jornada de higienización.

Muchos niños y niñas, con ese desenfado propio de la edad, nos preguntaban quiénes éramos, y por qué hacíamos eso.

Un pequeñín que estaría apenas en primer grado, y jugueteaba en un charco junto a sus amistades, corrió a buscar latas de cerveza vacías y entregármelas. Al niño le faltaba un bracito, pero así y todo se zambulló en las saladas y contaminadas aguas para buscar más latas, mientras animaba a sus amigos a imitarlo.

Era un juego para ellos. Me emocionó. Como me emociona esa familiaridad de nuestra gente humilde que, aunque seamos desconocidos, de inmediato puede distinguir al amigo del enemigo.

“Estas cosas hay que hacerlas más seguido” decían algunos. “Eso es por gusto, mañana viene la gente y vuelve a ensuciar”, decían otros más incrédulos de la efectividad de nuestro trabajo.

Lo cierto es que la gente nos vio, nos habló. Conversamos en su mismo idioma. Vieron que no fuimos a pedirles nada, ni a darles clases para cuidar el medio ambiente. Vieron que llegamos y nos pusimos a trabajar al ladito de ellos.

Quienes no creímos en pronósticos del tiempo ni en Olimpiadas, quienes solo confiamos en lo terrenalmente seguro: el malecón y su gente (es decir, unos pocos); nos encontramos este 12 de agosto para trabajar en alegría por una costa más limpia y gente más sana.

¡Es increíble lo que podemos hacer!