Por Gisela Arandia Covarrubias

“Lo peor para los pueblos negros no es haber sido víctimas, durante siglos, de la mayor deportación de la historia de la humanidad, la trata de esclavos; lo peor es que ellos mismos hayan interiorizado, hasta cierto punto, el discurso racista inherente a esta práctica, y hayan terminado por creerse inferiores; que hayan prestados oídos crédulos y a veces cómplices a las voces que pregonaban en todos los tonos su inferioridad congénita.” Nicéphore Soglo (1)

Desprenderse de la secuela de la colonialidad (2) para la población africana y sus descendientes exige de la comprensión de un método de reconstrucción de valores identitarios que comienzan con el enfrentamiento a la trayectoria de deculturación desde el encuadre del sistema colonial como víctimas de la trata esclavista durante más de tres siglos. Un impacto que está presente todavía en el inconsciente de la memoria histórica para nuestras familias, después del paso de tres, cuatro o cinco generaciones, como lo ha demostrado la ciencia genetista. La esclavitud africana como un modo de vida impuesto a las personas esclavizadas, constituyó la mayor violación a los derechos humanos que se conozca, por su duración –más de tres siglos- por el número de personas que la sufrieron -se habla de 15 millones o más- , pero sobre todo porque codificó a la población de origen africano como inferior.

En la isla, la sociedad cubana se fue desarrollando a partir de la mano de obra africana que producía las riquezas pero paradójicamente en ese contexto se fundó de manera paralela el miedo al negro, que fue simplemente la paranoia del poder colonial para impedir que la población negra (3) de Cuba esclavizada y libre continuara los pasos de los lideres haitianos, protagonistas de la revolución libertaria que derrocó al sistema colonial. El racismo antinegro (4) estructurado y legitimado por siglos intentó erosionar por todos los medios posibles la autoestima de las personas no blancas, imponiendo y trasmitiendo a través de la discriminación racial la inferioridad para africanos y sus descendientes, con el propósito de impedir su protagonismo político.

A lo largo del tiempo, ese modelo de pensamiento diseñado desde la cultura dominante hegemónica, propagó en la subjetividad colectiva un imaginario social de subalternidad para los no blancos que sirvió no solo para garantizar la exclusión racial sino también para tratar de implantar la aculturación (5) de sus identidades originarias. Buscando sobre todo invisibilizar la heroicidad histórica de la población negra durante las guerras por la independencia y en la formación de la nación cubana, para poder asegurar su explotación económica y al mismo tiempo, impedir a toda costa, su impacto en los espacios de poder. Sin embargo, la cultura de resistencia legado de la civilización africana creó brechas emancipatorias trascendentales que marcaron un hito, como fue el caso de José Antonio Aponte en 1812, la llamada conspiración de la escalera en 1844 y la masacre a los independientes de color en 1912. Acciones que fueron castigadas a través de procesos represivos de una magnitud colosal, que no obstante mantuvieron un espíritu de lucha en la población negra.

El arribo de la revolución en 1959 propició la búsqueda de nuevas estructura que favorecieron un ascenso de la equidad racial y lograron desmontar en ciertos sectores de la sociedad espacios para una participación real que hizo posible un avance extraordinario. Aunque a pesar de las palabras de Fidel en marzo de 1959 (5) la problemática racial no recibió toda la atención que requería la deconstrucción del racismo como un fenómeno cultural e ideológico sumamente complejo, con múltiples subterfugios para modificarse y sobrevivir.

La llegada de crisis económica a partir de 1990, exacerbó las viejas desigualdades raciales y creó otras nuevas para las cuales ni las instituciones del estado ni la propia población negra estaban preparadas para lidiar con ellas. En ese contexto se produce el surgimiento de estamentos económicos compartidos con empresas extranjeras a partir de propuestas guiadas por mecanismos de mercado apoyando sus anclajes en la blanquitud –unas veces inspirados en actitudes racistas de inversionistas europeos- y otras, de parte de los propios empresarios cubanos que suponían que la identidad de origen africano no era apropiada para esas nuevas estructuras.

Con el tiempo esos espacios fueron creando emporios donde la población negra cubana estaba prácticamente excluida. Esa coyuntura social incidió de manera decisiva sobre la población no blanca que sufrió un retroceso notable en espacios como el acceso a la educación universitaria y superior en general y sobre todo en la movilidad ascendente. Las propuestas económicas más recientes en el programa de trabajadores por cuenta propia, aunque constituyen un paso importante para encontrar alternativas sociales de estabilidad económica, poseen serias limitaciones para la mayoría de las familias negras que carecen de los recursos básicos para poder competir en los sectores productivos o de servicios autorizados.

La realidad actual expuesta a modo de síntesis, exige por tanto de la preparación de nuevas perspectivas organizativas para la población no blanca, en lo referente sobre todo a la apropiación de los nuevos códigos culturales de empoderamiento. Lo cual significa, que esa población que se encuentra en desventajas sociales, deberá redoblar sus esfuerzos para acceder a los espacios de protagonismo participativo en especial al mundo educativo, incluido el dominio sobre las nuevas tecnologías y los idiomas, para de ese modo poder competir tanto en el mercado laboral formal o informal. De momento las mayores oportunidades se inclinan a favor de una mayoría de jóvenes blancos de origen clase media, quienes están mejor posesionados de recursos económicos, técnicos y culturales.

Se trata entonces de la necesidad de organizar nuevos espacios de formación profesional accesible y rápida – sobre todo comunitarios- que permitan en los barrios pobres donde está concentrada la mayoría de la población negra cubana, que jóvenes y mujeres negras puedan desde su bajo currículo docente acceder a conocimientos imprescindible en la sociedad cubana caracterizada por la participación de un capital humano con una alta calificación. De modo paralelo deberán crearse nuevos espacios de socialización cultural –no folclorizados-, que contribuyan a propagar el crecimiento de la autoestima como principio indispensable de superación personal. Ese camino demanda al mismo tiempo la posibilidad dialógica de conocer aquellas experiencias e iniciativas capaces de sanar las viejas heridas y dejar atrás el discurso de la víctima que conduce al inmovilismo.

En esa interacción, sería posible tal vez, recuperar ese orgullo identitario que históricamente enseñaban las viejas familias en ocasiones junto a las sociedades de recreo que hoy funcionan solamente para aquellos grupos de origen hispano, árabe o judío, pero que hoy están vedadas para las personas de origen africano. Con excepción de la sociedad caribeña que también ha sufrido fuertes descalabros.

Una organización social para estos fines en espacios comunitarios o grupales ayudaría a favorecer los vínculos éticos y de solidaridad que en momentos dados sirvieron para diseñar estrategias de sobrevivencia y logros sociales. La aparición de estructuras organizativas para el empoderamiento (7) permitiría al mismo tiempo la sanación de dolores y frustraciones en espacios específicos que podrían servir como antídoto, frente a la indiferencia que incuba y promueve la marginalización. Desde esos nuevas formas organizativas diseñadas con la participación comunitaria, sería posible incluso contribuir a llenar vacíos para familias disfuncionales donde la pobreza y otros traumas dejan huellas peligrosas para la superación personal.

La pregunta pudiera ser entonces:

¿Es posible crear esos nuevos espacios organizativos, para este sector mayoritario numéricamente de la sociedad negra cubana que ha quedado rezagado debido a la marginalización y otras causas, si tenemos como principio básico humanistas la creación de la equidad social verdadera?

Entonces: ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? …..Acaso… ¿Aquí y Ahora?. Muchas gracias.

Notas

(1) Nicéphore Soglo “De la cadena al vínculo: una visión de la trata de esclavos” Compendio Ed. UNESCO París. 2001.

(2) Anibal Quijano “Colonialidad del poder, globalización y democracia social y política” Ed, Lima, Perú. 2001

(3) Gisela Arandia. La terminología población negra incluye a todas las personas que en Cuba son o parecen no blancas.

(4) Fernando Martínez Hereda. Textos varios.

(5) Manuel Moreno Fraginals. “Orbita de Manuel Moreno Fraginals” Ed. UNION. La Habana 2009.

(6) Fidel Castro: “El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los complejos y difíciles de los que la revolución tiene que abordar (…) Quizás el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizás el más difícil de todas las injusticias que hemos padecido en nuestro medio ambiente es el problema que implica para nosotros el poner fin a esta injusticia que es la discriminación racial, aunque parezca increíble.” Fidel Castro, 25 de marzo 1959

(7) Empoderamiento: Diccionario de Acción Humanitaria. Paulo Freire. Mariana Ballestero. John Friedman. DAWN. León M.

* Intervención de Gisela Arandia en el taller «@auto-organizar¿nos?”, durante el recién concluido VI Foso Social del Observatorio Crítico, celebrado el 26 de mayo de 2012, en La Ceiba. La Habana. Cuba