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Por Yenisel Rodríguez Pérez

Recién llegaba a los jardines exteriores del estadio del equipo Metropolitanos, cuando una pelota Mizuno 200 se posó junto a mí después de ser bateada por el cuarto bate del equipo rojo de la capital.

Ya recuperado del susto me lancé a coger la pelota que se había detenido a unos metros de mí. Pero ya era tarde. Una bandada de muchachos se arrojó sobre a la pelota y en pocos segundo la pelota ya tenia dueño.

Miré con el rabillo del ojo a mí alrededor buscando la mirada compasiva de alguno de los presentes. Algunos me hicieron entender que para coger pelotas fuera del estadio era necesario tener mucha experiencia.

Ya aceptada la derrota me centré nuevamente en el juego de pelota. De repente, como salidos de la nada, una bandad de policías embiste a los muchachos “recuperadores de pelota.” Les exigieron que devolvieran la pelota que hacía unos minutos había picado junto a mí. Por un momento pensé que sería testigo del abuso policial. Pero no fue así, para mi sorpresa.

No lo fue porque los jóvenes enfrentaron con sabiduría y sobrada experiencia el ataque de los policías. Reconocí una contienda con historia. Los policías parecían maniatados por la picardía de los jóvenes. No percibí temor en ninguno de los presentes.

No obstante la cosa no quedo así. Los policías contraatacaron de manera inesperada. Resolvieron desalojar a todos los presentes del jardín exterior del estadio. Justos por pecadores gritaron muchos de los afectados.

Nuevamente los policías fueron enfrentados con enérgico civismo. Hasta el jefe de los guardias terminó mal parado. Aceptaba sin chistar la indignación de los aficionados, aunque al final la prohibición se mantuvo.

En pocos minutos los jardines exteriores del estadio de los Metros emergió como espacio de reivindicación ciudadana. Quede atónico, hasta el punto que no logré sumarme a aquella arremetida popular contra el autoritarismo.

Cada contestación que esbozaba en mi mente, brotaba de los labios de cualquiera de los otros aficionados. Por momentos me sentí en desventaja, como alguien que tiene un pobre cultura política.

Desde lejos estos espectadores continuaron “disfrutando” del juego. Los jóvenes de la pelota continuaban imperturbables esperando otra afortunada atrapada. El jefe de los policías se les acercó para recordarles que ya habían cogido bastantes pelotas. Por la respuesta desafiante de uno de aquellos, creí entender que el apetito de los jóvenes no tenía límites.

Ese día planeaba disfrutar de una experiencia deportiva, y terminé escribiendo sobre cultura cívica y autoritarismo, aunque perdí la oportunidad de llevarle a mi novia una prestigiosa pelota Mizuno 200 como prueba de virtud deportiva y arrojo ciudadano.

Publicado en Havana Times