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Por Marcelo “Liberato” Salinas 

Una gigantesca imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, cubría la fachada de la Biblioteca Nacional José Martí, en la Plaza de la Revolución, durante la misa del Papa. Foto: Isbel Díaz Torres

Una gigantesca imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, cubría la fachada de la Biblioteca Nacional José Martí, en la Plaza de la Revolución, durante la misa del Papa. Foto: Isbel Díaz Torres

 Para el sistema de propaganda oficial del Estado cubano y sus asistentes oficiosos, las actividades organizadas entre la Iglesia Católica Cubana, la Seguridad del Estado, el Gobierno Cubano y otras agencias de control social en Cuba, la visita del Benedicto XVI es una muestra del respeto a la diversidad y la tolerancia [religiosa] que viene practicando en las dos últimas décadas el gobierno cubano.

Algo muy cierto. Los plausibles avances por parte de la policía política cubana en el desarrollo de una metodología de control social diferenciado, ha permitido que el Estado cubano fortalezca en los últimos años su imagen de monarca tolerante. Esto, basada en una administración de aspecto estratégica de la diversidad social, de forma tal que en el micro funcionamiento de cualquier colectivo social se logren replicar tendencialmente, de forma autónoma, las lógicas jerárquicas, autoritarias y personalistas dominantes a nivel macro social, lo cual es algo bastante visible en ámbitos del mundo religioso cubano actual, gracias al trabajo tenaz de la Oficina de Asuntos Religiosos del Consejo de Estado.

En ese contexto de lenta pero firme implementación gubernamental de las técnicas internacionales de administración de masas, para garantizar un eficaz despliegue del capitalismo en Cuba y un futuro régimen de democracia formal, la visita del Papa Benedicto XVI es una legitimación decisiva de lo que se va alcanzando en esos rubros. Pero Benedicto XVI también ha venido a recoger su cosecha, luego de una grata espera y sin esfuerzos muy relevantes por parte de sus subordinados locales, que han aguardado que el estado cubano los llamara en auxilio.

El Estado cubano ha hecho, involuntariamente, el grueso del trabajo social que una iglesia católica como la cubana, elitista, sin bases sociales populares y anti africana, no ha estado dispuesta a llevar a cabo en muchos años, limitándose a ser una simple mediadora en el conflicto con la exigua oposición derechista, politiquera y pro yanqui radicada en la isla y abrigo para incipientes corrientes autónomas de pensamiento anticapitalista, a la intemperie del recurrente vendaval absolutista.

Un gobierno como el cubano, que combatió por todos los medios a todas las formas de pensamiento que no comulgaran con la regimentación espiritual, que ha venido formando a varias generaciones en el culto a la teocracia fidelista y la castración preventiva de todo impulso hacia la autonomía individual y colectiva, ha creado, en ese sostenido empeño, las condiciones propicias para la devastación espiritual, el transformismo ideológico y el ansia entre las masas en Cuba por entregarse a una fe en un poder divino y embriagador, que ponga orden trascendente en una vida cotidiana sin sentido, el escenario ideal para la visita Papal.

Pero a pesar de tanta ruina moral, es también visible el crecimiento de corrientes cristianas autónomas que con orgullo muestran sus pegatinas “Cristo es el verdadero rey” y que se han convertido en espacios sociales con una gran vida social. Un cristianismo que recupera sus contenidos comunitarios, fraternales y anti jerárquicos de antes de la instauración milenaria del poder intocable de los sacerdotes.

La segunda visita papal a Cuba en menos de quince años, en un país donde no más del 5% de la población es católica, además de ser un hecho inscrito en una coyuntura actual y específica de la dinámica gubernamental cubana, es también muestra de una tendencia general e histórica: allí donde los representantes de cualquier Estado se han levantado contra un determinado sistema religioso, lo han hecho sólo para introducir otro sistema de creencias que se correspondía mejor a sus aspiraciones de mando. Cuando este falla, extrañas relaciones comienzan a emerger.

A pesar de los gigantescos y costosos empeños del Estado cubano, como lo hacen todos sus similares, por regular una religión basada en el relato mitológico de la patria, que ocupe y monopolice todos los espacios de producción de sentidos colectivos, tal sistema de creencias hoy en Cuba rechina, tambalea y sus sacudidas se sienten en todos los estratos sociales. Le han faltado a la religión estatal cubana dos ingredientes principales: tradición, que es uno de los elementos más importantes en la formación de la conciencia religiosa, y brillo aristocrático.

La historia de Cuba está llena de esclavos insumisos, negros libres, mulatos y blancos proletarios multicolores, gente de pueblo descreída, orgullosa, protagónica y anarquista silvestre, sobre los cuales el Estado ha tenido que echar mano periódicamente en su relato de legitimación histórica, cada vez que el termómetro social se calienta, como ahora, que tiene que ser patrocinador oficial de las celebraciones por el centenario del Partido Independiente de Color y el Bicentenario de la muerte de José Antonio Aponte, todo para no quedar como lo que es: un Estado eurocéntrico, colonizador de lo social, y una máquina de subalternizar pueblo, estándar como cualquier otra.

El reconocimiento papal de la virgen de la Caridad del Cobre es harina del mismo saco. Una virgen nacida de una colectividad rebelde, protectora de subversivos y de pueblo fraguado en la lucha contra todas las opresiones en Cuba, ha sido objeto de deseo de cooptación por parte de todos los poderes que han intentado sujetar esas energías revolucionarias populares en el altar de la nación.

Todas las élites gubernamentales en Cuba republicana han intuido que la Caridad del Cobre es una de las joyas más valiosa del sagrario estatal. En tal sentido, la peregrinación papal sólo se ha diferenciado en opulencia y jerarquía de la que han hecho al pueblito de El Cobre todos los tiranos populistas que han asolado la historia de Cuba. Y ni un asesino corrupto como Fulgencio Batista, ni un Papa como Ratzinger, van a lograr el milagro de hacer que la virgen de los rebeldes se convierta en la virgen de los domesticados, ni ayer, ni mañana.

El funcionamiento de la religión estatal cubana, el nacionalismo revolucionario administrado por la actual cúpula mandante, ha tenido otro déficit y es que deja fuera de su túnica sublimante a los millones de cubanos que por múltiples razones se han ido del país, convirtiéndolos en rehenes rentables de una nostalgia feroz, alimentada por la condición de aliens civiles, en la cual son condenados a ser cubanos mientras están fuera de Cuba y si pagan puntualmente su nacionalidad.

La nacionalidad revolucionaria ha devenido así en una religión con sacerdotes poco diestros en administrar sus lógicas contradicciones, pero a la vez, en una de las fuentes de ingreso más seguras del Estado cubano para mantener prisioneros de un raro privilegio a los que nos hemos quedado: vivir en un chantaje cotidiano, donde gracias a él no morimos de diarrea, tenemos instrucción doctrinal y las calles están relativamente tranquilas, pero sólo unos pocos, como en todos lados, son felices.

Frente a estos factores problemáticos en el funcionamiento de la religión estatal cubana, la inicial conversión de la Iglesia Católica en mediador oficial del Estado cubano en sus conflictos internos, ha derivado hacia una relación más carnal y a la vez más esencial. Los príncipes del Estado cubano han ido descubriendo lo que ya se sabía desde Napoleón hasta Mussolini: que sus pares Vaticanos están animados por los mismos afanes y con idénticos sentidos.

Así como en la religión católica Dios lo es todo y la persona nada, en la política estatal el Estado lo es todo y el súbdito nada. Así como la iglesia católica pretende ampliar continuamente el marco de sus atribuciones y arraigar más hondamente en el ser humano el sentimiento de dependencia, así también lo pretende el Estado nacionalista revolucionario, como cualquier Estado.

Por otro lado, como hace años señalaron Proudhon o Rudolf Rocker, la idea del pecado original no sólo se encuentra en la base de casi todos los sistemas religiosos, sino también en la esencia de toda organización estatal. La completa humillación de la persona, la creencia en la nulidad y en el pecado de la propia existencia, han sido siempre el más sólido fundamento de toda autoridad divina y temporal. El divino designio “¡Tú te debes a Dios!” y el terrenal “¡Tienes un deber sagrado con el Estado!” se complementan de modo perfecto; mandamiento y ley son expresiones distintas de una misma noción.

Por esto es que decimos que no ha existido nunca una contradicción en esencias entre el Estado cubano y la Iglesia Católica. Si los anteriores representantes del poder supremo revolucionario en Cuba procuraron concentrar el espíritu religioso de veneración exclusivamente en el Estado, para no tener que compartirlo con otros poderes, la actual dirección del país está dispuesta a compartirlo siempre que le salve su monopolio profano.

Queda planteado, para todos los que habitamos consciente y autónomamente un sistema de creencias, ateo y no ateo, terrenal o místico, el desafío de no reproducir formas autoritarias de vivir la fe que remeden las lógicas estatales y clericales que convergen hacia los sistemas opresivos corrientes.