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Por: Marcelo “Liberato” Salinas

Retrato “reconstruido” de Aponte, que aparece en la portada del libro “La rebelión de Aponte de 1812…” del norteamericano Matt D. Childs, publicado recientemente en Cuba por la editorial Oriente en marco de un programa del ALBA

La celebración oficial del bicentenario de la muerte de José Antonio Aponte, el artesano que fue eje de la mayor conspiración contra el Estado colonial español y el orden social establecido en aquella época, pone a la vista pública la estrategia llevada a cabo por el Ministerio de Cultura, la Seguridad del Estado y otras agencias de administración social, para poder arribar a esta fecha monopolizando una celebración que no les pertenece, desinfectándola de todo contenido popular y neutralizando las incipientes fuerzas sociales autónomas, que se han venido organizando en torno a las problemáticas raciales y, en menor medida, el colonialismo cultural existentes en la sociedad cubana contemporánea.

La operación ha sido un éxito. Ningún empeño colectivo autónomo que haya prosperado en los últimos años en los ámbitos capitalinos, ha llegado con energía a esta magna fecha. El Estado cubano por su parte, animador de iniciativas populares y proletarias como la de Aponte siempre que hayan ocurrido dos siglos atrás; antagonista sagaz de todo empeño social que no haya nacido en una oficina climatizada, ha logrado llegar a esta fecha travestido como el campeón en la defensa de la memoria del carpintero subversivo José Antonio Aponte, el mismo que hoy condenaría a cadena perpetua si resucitara.

Una de las “firmas” criptográficas usadas en la conspiración de Aponte.

El impulso estatal para llegar a este día ha estado orientado a desactivar y expropiar la memoria de Aponte de toda trascendencia práctica actual frente a las desigualdades y los sometimientos acrecentados que se avecinan, con la actualización del modelo de capitalismo burocrático en curso.

En sintonía con el espíritu de recorte presupuestal de esa actualización delmodelo económico”, ni siquiera se gastaron un centavo en poner una tarja en el lugar, que recordara que allí la policía colonial española ubicó la cabeza de Aponte para que se pudriera en público, ni pensar tampoco en la estatua de bronce al carpintero revolucionario, anunciada hace años por la farragosa Comisión Contra la Discriminación Racial, que tampoco aprovechó la potencia simbólica del parque donde está, en piedra, otra cabeza notable, la de Carlos Marx con la frase “Proletarios del mundo, uníos”.

Una conmemoración como la que se organizó este día, demuestra que cualquier recuperación de la memoria popular de los descendientes de África y en general de la historia del pueblo trabajador de Cuba, si no va acompañada de un tejido de autogestión popular, que regenere las institucionalidad de base y local de este país y lo más importante, si esas celebraciones no forman parte de un proyecto anticapitalista y antiburocrático, sólo servirán de escenografía para que el Estado siga administrando la confusión de masas y las crecientes desigualdades que hacen necesaria su supervivencia como “gobierno revolucionario”.

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