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Por Miguel Arencibia Daupés

                                                                                                                                                                                 La misérrima situación de Rusia, agravada por la I Guerra Mundial, cristalizó las ansias populares en una consigna dúplex: “todo el poder a los soviets y tierra para los campesinos”. Con tales emblemas se fue radicalizando zigzagueantemente la revolución iniciada en febrero de 1917.
Con la mayoría de los anarquistas presos, desterrados o asesinados por la represión zarista, así como diezmadas sobremanera las fuerzas de otras corrientes revolucionarias, Lenin al frente de los bolcheviques, enarbolando magistral y maquiavélicamente aquellas metas, el día-víspera del Congreso de los Soviets de Rusia les da un madrugonazo al asaltar el Palacio de Invierno, evitando así la celebración de su magno evento.
A partir de ello y como expresara cinco años después en el X Congreso del Partido Comunista sus cuadros fueron infiltrándose en los soviets y tomando su dirección, lo que no los anularía formalmente pero sí funcionalmente como fuerza directriz de los proletarios. Rol en que el bolchevismo los suplantaría.
Algo similar en efectos sucedería con “la tierra para los campesinos” y la violenta apropiación de la casi absoluta producción de los hombres del campo, estos y sus familiares –no únicamente los terratenientes o mujiks- perecieron por hambre en cifra millonaria.
La burocracia creció exponencialmente dentro del aparato estatal, como nunca antes durante el zarismo. Lo que aparte del asedio a Rusia por otros países europeos y graves errores económicos, gravitó sobre las espaldas trabajadoras, desangrándolas como una enorme y voraz sanguijuela.
En los años postreros a la llamada Revolución de Octubre, epidemias, luchas, hambrunas, ejecuciones al por mayor y la crisis general económica-social habían acabado con más de 20 millones de personas y por sobre un millón habían logrado abandonar el país. El trabajo forzado y los gulags o campos de concentración “florecieron” impulsados por el Comisario de Guerra, León Trotski. La muerte hasta por las causas más nimias estaba en la orden del día. Se había logrado salir de la I Guerra Mundial para entrar de lleno en otra, más mortífera para el pueblo.
Contra el poder bolchevique, la desviaciones de Lenin y su núcleo más cercano respecto a sus anteriores comprometimientos y traiciones, como la dirigida contra el antes aliado campesino Ejército Negro ukraniano, que había participado en la derrota del zarista Ejército Blanco, surgieron diversos focos de sublevación, levantamientos en el campo y huelgas en las fábricas (a punto de paralizar ciudades principales como Petrogrado). Todo núcleo de oposición reprimido con tal saña – el llamado “terror rojo”- que hubiera sido la envidia del monstruoso Rasputín.
Fue así que las tripulaciones de dos barcos atracados en Kronstadt, ciudad de la isla insignia de Kotlin, del Golfo de Finlandia -a 35 millas de San Petersburgo, que después sería Leningrado, utilizada tradicionalmente como base de la flota báltica rusa- mantuvieron un encuentro de emergencia, enviaron representantes a contactar con los huelguistas de las ciudades, en las que comprobaron la despiadada represión gubernamental; tras lo cual, ambas tripulaciones acordaron una resolución con 15 demandas que fue remitida a Petrogrado.
Entre las más importantes de esas demandas estaban la reelección en los soviets, soviets sin bolcheviques; derechos de libre sindicalización, reunión, asociación, expresión y prensa; liberación de presos políticos, abolición de todo privilegio especial para cualquier partido, y total libertad de acción y comercio.
Con la refutación por el gobierno bolchevique de tales demandas, y por la búsqueda de la igualdad de los salarios de los obreros y el levantamiento de los bloqueos de caminos para el ingreso de los alimentos a la ciudad, los marinos de Kronstadt, demandando como estandarte el paso a soviets libres, se sublevaron en marzo de 1921.
El gobierno respondió con un ultimátum el 2 de marzo. En tanto, los trabajadores de Petrogrado, bajo la ley marcial, no pudieron ofrecer mucho apoyo a Kronstadt, que fue atacada a partir del 7 de marzo. Después de 10 días de continuos embates, el gobierno tuvo que forzar “a punta de pistola” a muchas unidades a atacar. Aún así algunos miembros del ejército rojo se unieron a los rebeldes.
La revuelta de Kronstadt fue aplastada por la superioridad numérica de ese ejército que envió contra ella a más de 50,000 efectivos, irónicamente comandados por diversos oficiales ex -zaristas ahora rojos, pero que tuvo que sufrir más de 10,000 bajas por la valentía y denuedo de los alzados.
El 17 de marzo de 1921 las fuerzas bolcheviques penetraron en la ciudad. En los días subsiguientes se desató una tenebrosa pesadilla sobre los sobrevivientes: miles de hombres, ancianos, mujeres y niños fueron ejecutados y otros miles enviados a los campos de concentración en Siberia, que les servirían de cementerios.
Aquella sería durante 50 años la última de las grandes sublevaciones contra el bolchevismo, estalinista o no, pero su luz perviviría. De hecho, Kronstadt fracasó pero quedó como un destello de dignidad y preclaridad, contra una ideología fallida que lleva a un modelo desviado -de capitalismo monopolista de Estado- y jamás al verdadero socialismo. Lo que se ha comprobado históricamente.
De Kronstadt emergieron radiaciones de libertad que periódicamente explosionaban como, cuando en 1975, el continuado descontento por las enormes contradicciones en la sociedad soviética, provocó un motín a bordo de la fragata Storozshevoy, encabezado por su joven capitán al que se sumó la unanimidad de la tripulación. La nave sería asaltada y Sablín inmediatamente ejecutado.
Quince años después de esto, serían el llamado socialismo real y la controversial y paradójica URSS, con la mayor parte de sus satélites, los que se hundirían en el mar del fracaso y la desintegración bajo el peso de las grandes traiciones, los tremendos desatinos y las enormes incongruencias nacidas de la confrontación de los hipócritas y manipuladores discursos y actuaciones oficialistas con la realidad. Ahora, sin que hubiera de dispararse un solo tiro.
En virtud de que la praxis es el criterio de la verdad, nos queda pendiente, con la luz de Kronstadt y adversando los dos tipos de capitalismos (privado y de Estado), emprender la travesía hacia el verdadero socialismo.