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Por Samuel Farber

En diálogo con El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura

El hombre que amaba a los perros (Tusquets Editores, 2009) es la obra más reciente del escritor cubano Leonardo Padura, conocido por sus novelas sobre las peripecias del detective Mario Conde. Es claro que en esas obras policiacas, Padura expone muchos de sus ideas sobre la política y sociedad cubana, pero es en este último libro donde sus reflexiones políticas y sociales alcanzan su mayor significado y profundidad. El Hombre que Amaba a los Perros entrelaza tres relatos, basados en una rica y profunda investigación histórica sobre el revolucionario ruso Leon Trotsky y su asesino, el comunista catalán Ramón Mercader, y cruzados por la construcción literaria de un periodista cubano ficticio -el narrador en la obra-, reducido en la novela, por razones políticas, a la humilde condición de corrector de pruebas de una revista de veterinaria.

El hecho de que Ramón Mercader residiera en Cuba por unos cuatro años hacia finales de los años 70, donde trabajó como asesor del Ministerio del Interior[1], le sirve a Padura para establecer la conexión ficticia entre el asesino y el periodista cubano. Este encuentra a Mercader acompañado por un guardaespalda en la playa mientras pasea a sus perros a los que tanto amaba.

Usando un pseudónimo, Mercader le revela mucho de su vida al cubano pero como si estuviera hablando de un tercero y no de él mismo. Es a través de esa convención artística que Padura revela y articula su pensamiento sobre el estalinismo, su psicología y sus horrores, tanto en el ambito de la alta política como del individuo en su más fundamental condición como ser humano. En su rica exploración del mundo estalinista, Padura presenta diferentes tipos de comunistas, dejando ver cómo a la postre la individualidad persiste a pesar del peso aplastante de la ortodoxia ideológica y el terror.

Así, Padura nos presenta a un Ramón Mercader inicialmente como un soldado comprometido con el comunismo, que combate en las filas republicanas en la guerra civil española donde es reclutado por los servicios de inteligencia soviéticos. El futuro asesino de Trotsky aparece en estas páginas como un ser pensante y hasta cierto grado capaz de mantener criterios independientes. Pero sus compañeros comunistas lo callan y le informan que “el partido siempre tiene la razón (…) y si no entiendes, no importa, tienes que obedecer” (91). Kotov, su superior soviético, le deja saber que hay que limpiar al ejército republicano y deshacerse de algunos jefes incondicionales al presidente socialista Francisco Largo Caballero, y que el mismo Stalin había ordenado purgar los mandos republicanos para lograr la preeminencia comunista, tanto en el ejército como en las otras instituciones de la República (120). Es así como Padura desafía muchos de los mitos y convenciones sobre el papel del Partido Comunista en la guerra civil española, que aún predominan en Cuba y tanta influencia tuvieron en el resto de la América Latina.

Cuando a Ramón Mercader lo envían a la URSS para entrenarlo en los servicios de inteligencia de la URSS, Padura aprovecha para exponer, en algunas de las escenas más escalofriantes del libro, como el militante comunista se convierte, ya en el campo de entrenamiento, en el anónimo soldado 13 que es obligado, entre otras tareas, a ejecutar a cuchillazos a un pobre hombre vestido en harapos al que sus entrenadores describen como un “perro trotskista” enemigo del pueblo.

En comparación con Ramón Mercader, descrito por Padura como un estalinista convencido pero hasta cierto grado atrapado y víctima de las circumstancias, su madre Caridad es una creyente fanática sin capacidad de reflexión o pensamiento independiente y sin siquiera un rastro de remordimiento de conciencia. Mientras que, por ejemplo, a Ramón Mercader le cuesta trabajo aceptar el pacto Hitler-Stalin, Caridad lo justifica sin la menor vacilación (329-331). Aún cuando llega el momento de asesinar Trotsky, Ramón tiene un momento de duda y comprensión hacia el anciano líder revolucionario mientras que una Caridad llena de odio incita a su hijo que actúe sin piedad por que nadie la tendrá con él (415, 435).

                                                           II

Sobre Trotsky, el otro hombre que amaba a los perros, ¿que nos dice Padura?. Basado en una profunda investigación y estudio de la obra del dirigente bolchevique, el autor cubano nos describe con mucha simpatía a un hombre, ya exilado, de gran integridad y genuinamente dedicado a la causa de un auténtico socialismo internacionalista. Trotsky es ya un hombre despojado de su ciudadanía soviética al quien ningún país quiere dar asilo hasta que el presidente Lázaro Cárdenas lo acoge en México. Trotsky es un hombre perseguido –muchos de sus familiares y seguidores han sido asesinados por órdenes de Stalin. Pero hay perseguidos de diferentes tipos. Los hay como Nelson Mandela, durante sus oscuras decadas de prisión, que son respaldados por grandes movimientos sociales y políticos. Los hay como Trotsky que, como Padura pone en boca de Trostky, se dan cuenta que “cada vez estoy más solo, sin amigos, sin camaradas, sin familia” ( 415). Es quizás por esa soledad que Padura entiende que aunque Trotsky no se asombra de las increíbles confesiones arrancadas a las víctimas de las grandes purgas de los años 30 en la URSS, sí le entristecieran las autoinculpaciones de Christian Rakovsky, su viejo compañero de las primeras luchas contra Stalin, en el tercer juicio de Moscú de 1938. (345)

En su simpatía hacia el líder ruso, Padura especula sobre un Trotsky que internamente (“jamás lo confesaría en público”-aclara el autor) se recrimina por no haber reconocido los excesos en los que él mismo había incurrido para defender la revolución y su permanencia. El Trotsky imaginado por Padura lamenta sus medidas para la militarización de los sindicatos ferroviarios y más allá de eso, las políticas coercitivas aplicadas para la reconstrucción de la posguerra, la destitución de líderes sindicales e incluso su actuación en el aplastamiento sangriento de la revuelta de Kronstadt (67-69). Estas son especulaciones razonables de Padura basadas en la revisión que, durante los años 30, Trotsky realizó sobre muchas de las ideas políticas que el había adoptado principalmente durante la Guerra Civil (1918-1920) rechazando, por ejemplo, el principio del partido único como piedra angular del socialismo en el poder. Pero no deja de sugerir que son las proyecciones de un Padura que está retrospectivamente reflexionando sobre la dinámica de implantación de un sistema similar en su propia nación.

Es también un Padura que ha vivido bajo el estalinismo sui géneris de la isla el que hace resaltar al Trotsky crítico literario que afirma sin titubeos que “todo está permitido en el arte”. Es así como relata que cuando André Breton le dice a Trotsky que todo está permitido en el arte menos lo que atente contra la revolución proletaria, este insiste en que no se puede admitir ninguna restricción, que no hay nada que una dictadura deba imponer al creador bajo el pretexto de la necesidad histórica y política: el arte tiene que atenerse a sus propias exigencias y solo a ellas (350-351).

                                                           III

Por mucho respeto a la verdad histórica y simpatía con la que Padura trata a Trotsky, sería un gran error ver este libro como trotskista o trotskizante, aún definientdo el trotskismo tan ampliamente como lo hizo George Orwell en algún momento: como todo socialismo radical opuesto al estalinismo. En realidad, el trotskismo significa algo más que el socialismo radical antiestalinista, e incluye como mínimo ciertas actitudes políticas hacia el reformismo socialdemócrata o liberal: la tesis sobre la revolución permanente y un internacionalismo intransigente.

Padura describe la severa crítica de Trotsky al comunismo alemán y su política suicida hacia el nazismo, y que se tradujo en considerar a la socialdemocracia (“fascismo social”, según el lenguage político pervertido y extremadamente sectario de los estalinistas) equivalente al nazismo. Es significativo, que como lo describe Padura, Trotsky propone una especie de frente popular de todas las fuerzas demócraticas y progresistas contra el nazismo. Pero esto no fue en absoluto lo que Trotsky propuso para Alemania o cualquier otro país confrontando el peligro de la toma del poder por el nazismo, el fascismo o la extrema derecha tradicional. Haciéndose eco del Comintern de principios de los años 20, Trotsky propuso la política de un Frente Únido que agrupara a todas las fuerzas de la clase obrera, lo cual obviamente incluía a la socialdemocracia pero excluía a los partidos burgueses aunque estos fueran liberales y demócraticos. En otras palabras, Trotsky apoyaba una política clasista y no una política “popular”. Él suponía, como en el caso de España, que la oposición al fascismo y la extrema derecha solo podía triunfar si se basaba en la mobilización de intereses de clase que eventualmente llevarían a la revolución socialista, la única verdadera alternativa al fascismo, dada la decadencia de la sociedad capitalista aún en sus versiones demócraticas.

En todo caso, el trotskismo ha sido una tendencia que ha existido principalmente en los países capitalistas. En los paises comunistas de Europa del Este éste fue rechazado por la gran mayoría de los disidentes por muchas razones, incluyendo la percepción en muchos sentidos errónea de que Trotsky solamente se preocupaba por la revolución y no por la democracia, y de que su política agraria hubiera sido tan mala o peor que la de Stalin. Aunque personalidades importantes como Jacek Kuron y Karol Modzelewski (quienes también tuvieron mucha influencia sobre el joven Adam Michnik) en Polonia y Peter Uhl en Checoslovaquia pasaron por el socialismo revolucionario, se convirtieron en socialdemócratas o liberales a medida que se iba acercando el derrocamiento del sistema comunista.

                                                           IV

Es posible afirmar que el personaje principal de El hombre que amaba a los perros no es ni Trotsky ni Ramón Mercader. La figura principal es el único personaje totalmente ficticio de la trama: el narrador mismo, el único de los tres que es cubano, que solo al pasar nos enteramos que se llama Iván. Este es un joven periodista que cuando se encuentra con Ramón Mercader ya ha sido castigado por el sistema dos veces. La primera, cuando recién graduado de la universidad fue enviado al remoto pueblo de Baracoa -en el extremo oriental de la isla- como jefe de la emisora de radio local. Un correctivo para “bajarle los humos”. La segunda vez lo envian a trabajar como corrector de pruebas de una revista de veterinaria. Como si su desdicha profesional hubiera sido poco, su hermano es excluído de la universidad por ser gay y desaparece tratando de huir hacia Estados Unidos.

La trama narrada por Iván ocurre durante los setentas, la época que marca tanto los cuatro años en que Mercader residió en Cuba como asesor del Ministerio del Interior así como el apogeo de la represión cultural y política en Cuba. Estos fueron los años que el escritor Ambrosio Fornet ha descrito como el Quinquenio Gris (1971-1976) pero que el prominente arquitecto Mario Coyula Cowley denominó con más precisión histórica el trinquenio gris: los peores quince años del estalinismo tropical que, según él, ya habían comenzado a finales de los 60[2]. Fue durante lo años 70 y 80 que Iván se sintió marginado, prohibido, sepultado en vida a los treinta y pico, cuando empezaba de verdad a ser un escritor en serio. No era, nos aclara Iván, como si la vida de los escritores estuviera en peligro, sino que los habían convertido en nada. Fue entonces que aprendió a saber lo que es miedo. En un lenguage característicamente rico y transparente, Ivan nos describe el sabor de la época:

“Creo que en esos años nosotros debimos de haber sido, en todo el mundo occidental civilizado y estudiantil, los únicos miembros de nuestra generación que, por ejemplo, jamás se pusieron entre los labios un cigarro de marihuana y los que, a pesar del calor que nos corría por las venas, más tardíamente nos liberamos de atavismos sexuales, encabezados por el jodido tabú de la virginidad (nada más cercano a la moral comunista que los preceptos católicos); en el Caribe hispano fuimos los únicos que vivimos sin saber que estaba naciendo la música salsa o de que los Beatles (Rollings y Mamas too) eran símbolo de la rebeldía y no de la cultura imperialista, como tantas veces nos dijeron…habíamos sido, en su momento, los menos enterados de las proporciones de la herida física y filosófica que habían producido en Praga unos tanques algo más que amenazadores, de la matanza de estudiantes en una plaza mexicana llamada Tlatelolco, de la devastación humana e histórica provocada por la Revolución Cultural del amado camarada Mao y del nacimiento, para gentes de nuestra edad, de otro tipo de sueño, alumbrado en las calles de París y en los conciertos de rock de California” (78).

Las reflexiones del narrador no se limitan a las tristes experiencias del quinquenio o trinquenio gris. Situándose en los noventas, Iván recuerda el nacimiento y muerte de las esperanzas de la perestroika, el conocimiento de la verdad sobre el dictador rumano Nicolae Ceaucescu, los horrores de la Revolución Cultural en China y la decepción de comprobar que el gran sueño estaba enfermo de muerte y que en su nombre se habían cometido hasta genocidios como el de la Camboya de los Khmer Rouge de Pol Pot. Lo que parecía indestructible terminó deshecho. Aquellos fueron los tiempos en los que se concretó el gran desencanto (320-321).

                                                           V

El colapso de la URSS y el bloque soviético a fines de los 80 y principios de los 90 provocó una crisis catastrófica en la economía y sociedad cubanas, con su consecuente impacto en la política e ideología del gobierno. Fidel Castro y la nomenklatura cubana optaron por disminuir el peso del marxismo en la temática ideológica del régimen a cambio de un nuevo énfasis en el nacionalismo y una interpretación sumamente sesgada del pensamiento político de José Martí, transformado en un precursor del régimen castrista. Al mismo tiempo, el régimen trató de retrospectivamente alejarse de las experiencias de la URSS y sus satélites europeos, acentuando las supuestas diferencias entre el modelo cubano y los del bloque soviético. Aún así, los líderes cubanos siguieron afirmando sus lazos con el “socialismo” de países como China y Vietnam a pesar de sucesos como los la plaza de Tiananmen en Beijing en 1989, y el viraje hacia el capitalismo emprendido por ambos países.

La severa crisis económica también causó un cierto grado de liberalización política que afectó significativamente la vida intelectual, académica y artística de la isla. Desde entonces voces mas críticas, aunque no llegan a ser oposicionistas, han desarrollado una especie de comunismo liberal que se ha manifestado en varias publicaciones de circulación limitada entre las élites educadas y artísticas. Entre estas se encuentran Temas, La Gaceta de Cuba órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba [UNEAC]), y Criterios. Estas revistas, que incluso han publicado contribuciones de escritores y académicos exilados, tienen un contenido y estilo muy diferente del aburrido y dogmático Granma. Por ejemplo, Temas, que es la revista de ciencias sociales más importante de Cuba, frecuentemente publica artículos con riqueza de datos y de tono crítico aunque sus colaboradores evitan un cuestionamiento directo de las políticas del gobierno y mucho más del sistema unipartidista y sus líderes principales.

Vale la pena notar que varios intelectuales y académicos jóvenes se han preocupado por problemas políticos que los académicos “comunistas liberales” más veteranos han ignorado. Entre éstos están Julio César Guanche, quien junto con otros académicos que pertenecieron al Centro de Estudios sobre América –cuyos miembros fueron expulsados por el gobierno en 1996 por ser demasiado independientes y críticos– como Juan Valdés Paz, trabajan en el Centro para el Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”[3]. Este Centro se ha hecho más receptivo al pensamiento crítico. También hay estudiosos de tendencia socialista revolucionaria que nacieron y se criaron bajo la revolución, como Hiram Hernández Castro y Ariel Dacal Díaz. Hernández Castro, por ejemplo, ha escrito en términos positivos sobre Rosa Luxemburgo y sus puntos de vista libertarios con respecto al socialismo[4]. Dacal, además de haber escrito sobre la URSS y Trotsky[5], contribuyó a la organización de una velada en ocasión del noventa aniversario de la revolución rusa en el 2007, a la cual asistieron unos quinientos estudiantes, donde la discusión se centró en el tema de por qué la revolución rusa se burocratizó bajo Stalin. Los organizadores del evento se aprovecharon del argumento del gobierno cubano que el socialismo en Cuba difería significativamente del sistema que prevaleció en la URSS y el Este de Europa, y que por lo tanto no sufriría el mismo destino. Con esta postura ideólogica, el gobierno cubano abrió la puerta a análisis críticos sobre las razones por las que esos sistemas colapsaron. Una consecuencia no anticipada de permitir estos escritos y discusiones es que se pueden convertir en una manera indirecta y oblicua de analizar públicamente los defectos y fallas de la versión cubana del mismo sistema.

Más allá de estos intelectuales y académicos críticos, hay que destacar que en los últimos años se ha desarrollado un pequeño ambiente alternativo de izquierda que se ha expresado en varios lugares, pero especialmente en el sitio web bilingüe HavanaTimes Varios jóvenes contribuyen a este sitio y articulan una amplia crítica demócratica y socialista de la política y sociedad cubanas. Entre ellos se encuentran Erasmo Calzadilla, Dmitri Pietro-Sansonov, Armando Chaguaceda y Daisy Valera. Como Yoani Sánchez, la bloguera liberal moderada que escribe y edita Generación Y, los que contribuyen a HavanaTimes.org reflexionan sobre los problemas de la vida diaria en Cuba así como sobre cuestiones más estrictamente políticas y frecuentemente producen críticas agudas del sistema social y político de la isla. Desafortunadamente, muy pocos cubanos tienen acceso a internet y a estos escritos.

Además de los jóvenes que contribuyen regularmente a HavanaTimes hay críticos del régimen que provienen de un marxismo más ortodoxo. El más importante es Pedro Campos Santos. Este diplomático jubilado y sus compañeros de ideas han abogado por un socialismo demócratico y participativo y hacen hincapié en la necesidad de una transición de lo que ellos llaman estatificación a la socialización (con frecuencia han usado el término “capitalismo de estado” cuando describen el sistema imperante en Cuba)[6]. Esto requiere, según ellos, la autogestión de la economía cubana a través de la creación de consejos obreros en todas las fábricas y oficinas del país. Estos críticos también abogan por la creación de cooperativas genuinas así como la legalización de la pequeña empresa privada.

Quizás el grupo más importante del medio ambiente de izquierda crítica es la Red Protagónica Observatorio Crítico[7]. La Red Protagónica ha estado involucrada en un número de actividades ecológicas, históricas, artísticas y editoriales, que han sido reportadas en HavanaTimes y otras publicaciones que son afines a las perspectivas críticas[8]. También ha funcionado como un grupo aglutinante que incluye a otros grupos como el de Campos Santos y los intelectuales críticos negros organizados en la Cofradía de la Negritud[9]. Algunos de los miembros de la Red Protagónica, como otros jóvenes cubanos de inclinaciones izquierdistas, se han interesado en las ideas y tradiciones radicales que van desde el anarquismo hasta varias corrientes del socialismo revolucionario, incluyendo la tradición antipartidista de los consejistas y el trotskismo.

Esta naciente izquierda crítica obviamente confronta muchísimos obstáculos incluyendo la censura sistemática en los medios masivos de comunicación, la esperada hostilidad gubernamental que con cierta frecuencia se ha expresado en actos represivos no sólo contra las disidencias moderadas y de derecha sino contra los críticos de izquierda[10].

La ausencia de tradiciones políticas afines a un socialismo alternativo constituye sin duda alguna otro obstáculo importante. Para la década del 50 ya no existía en la isla una tradición significativa socialista o marxista aparte de los viejos estalinistas promoscovitas agrupados en el Partido Socialista Popular (PSP). El marxismo del período revolucionario estuvo principalmente basado en manuales soviéticos traducidos al español. Fue solamente por un breve período a finales de los sesentas y principios del 70, a través de la revista Pensamiento Critico, y de nuevo desde el 90, que la liberalización en los círculos intelectuales y académicos ha abierto un espacio para el redescubrimiento de lo mejor de la tradición del marxismo clásico. La socialdemocracia tradicional orientada a los sindicatos obreros nunca fue importante en el país, y la corriente anarquista de origen español dejó de ser influyente en los sindicatos obreros en la década del 20. El trotskismo fue una corriente de cierta importancia en los años 30 pero desapareció una vez que los trotskistas se unieron a las filas nacionalistas y socialistas de la Joven Cuba fundada por Antonio Guiteras y más tarde al Partido Auténtico dirigido por Ramón Grau San Martín.

Esa tradición nacionalista de izquierda sobrevivió en los cuarentas y cincuentas, pero fue muy debilitada por la tendencia de muchos líderes y activistas a unirse a la creciente moderación de los partidos y gobiernos populistas o al gangsterismo político de los 40 y principios de los 50

Sin embargo, el obstáculo más grande a largo plazo es de índole material y económica y sus obvias repercusiones políticas e ideológicas. Me refiero a la creciente fuerza con que las fuerzas del mercado capitalista y del modelo de tipo sino-vietnamita se están imponiendo en la isla. El nuevo modelo está impulsado principalmente por los sectores de gerentes y tecnócratas afincados en las “joint ventures” con el capital extranjero en el turismo, níquel y otras industrias, y especialmente en GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.), el poderoso sector empresarial de las fuerzas armadas dirigido por Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, un oficial del ejército casado con una de las hijas de Raúl Castro que fue electo miembro del Comité Central del PCC en el sexto congreso que tuvo lugar en abril de 2011. Por otra parte, existen elementos importantes entre los empresarios cubanos en el sur de la Florida que han demostrado interés en invertir en Cuba, así que no es muy aventurado anticipar una futura escisión en el exilio cubano donde una parte importante apoye un acercamiento con el gobierno de la isla, especialmente después de la muerte de Raúl y Fidel Castro. Esta nueva relación sería similar a la que muchos empresarios chinos de ultramar mantienen con el gobierno “comunista” del gigante asiático.

No cabe duda de que en Cuba se está gestando el inicio de una izquierda socialista y democrática. Pero dado su incipiente y tentativo desarrollo, no es probable que esta nueva izquierda pueda contender por el poder en la transición cubana que se aproxima quizás con más rapidez de lo que muchos anticipamos. Pero esto no significa que una política de izquierda sea inútil o irrelevante al futuro cubano próximo. Aunque esta política no tenga la fuerza para competir por el poder, podría jugar un papel muy importante en impulsar e influir sobre el tipo de resistencia que inevitablemente se desarrolle contra las nuevas y viejas opresiones. Una visión política que evoque la autogestión democrática de la economía, la política y la sociedad cubana podría dar forma y contenido a una alternativa política al modelo de liberalización económica y regimentación política. Instar a la solidaridad con las necesidades de los más pobres y débiles y por lo tanto a la igualdad de clase, raza y género permitiría que un movimiento de resistencia desarrolle la unidad contra las viejas y nuevas desigualdades. Así, por ejemplo, un movimiento sindical que defendiera a los trabajadores en los sectores “perdedores” de la economía cubana (la manufactura “no competitiva”, varios sectores agrícolas) contra la pérdida de conquistas sociales producto de los cambios en marcha aseguraría la solidaridad de esos trabajadores con los de los sectores “victoriosos” (turismo, industrias extractivas como el níquel) forjando, de esta manera, un frente social y político capaz de evitar que los más débiles paguen los costos de la transición, como ocurrió en los países del bloque soviético europeo y en Asia.

                                                           VI

Leonardo Padura, cuyas ideas políticas apoyan la liberalización y democratización de la sociedad cubana, es uno de los principales representantes de un nuevo ambiente intelectual y cultural en la isla. Si bien ha visto con beneplácito las reformas del gobierno de Raúl Castro, ha actuado con mucha más independencia del régimen que muchos otros intelectuales y artistas cubanos destacados. Por ejemplo, se ha abstenido de apoyar muchas de las declaraciones impulsadas por los aparatos culturales del Estado cubano para denunciar a disidentes. Esto se debe en parte, como Padura mismo lo ha descrito en varias ocasiones, a la independencia ecónomica que él ha logrado con la publicación de sus obras en el exterior[11].

La interpretación realizada en este ensayo está respaldada por lo que el mismo Padura ha explicado. En la “Nota muy agradecida” escrita al final de El hombre que amaba a los perros el autor relata que la “semilla” del libro comenzó a germinar en una visita que hizo, poco antes del colapso del bloque soviético, a la casa de Trosky en Coyoacán, un museo que según Padura es “un verdadero monumento a la zozobra, el miedo y la victoria del odio”. Quince años mas tarde, nos dice el novelista cubano, la historia del asesinato de Trotsky fue relatada “para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida” (571). Es lamentable que aunque el libro fue publicado en la isla y la prensa oficial lo reseñó en términos breves aunque favorables, la edición fuera tan pequeña que se agotó poco después de su presentación.

Publicado en la revista Nueva Sociedad, número 238, marzo-abril del 2012

Samuel Farber: Doctor en Sociología (Universidad de California en Berkeley), fue profesor del Brooklyn College de la Universidad de la ciudad de Nueva York. Nació y se crió en Cuba donde fue activista estudiantil de la segunda enseñanza contra la dictadura de Fulgencio Batista, migró a Estados Unidos en 1958. Su obra más reciente es Cuba Since the Revolution of 1959. A Critical Assessment (Haymarket Books, 2011).

[1]              Según Luis Mercader, hermano menor de Ramón, este último fue invitado a residir en Cuba por intermedio de una tal Carmen Vega, durante una de las visitas de Fidel Castro a Moscú. Anteriormente, Ramón Mercader estuvo unos breves dias en la isla cuando salió de la cárcel mexicana en ruta a Europa del Este en 1960. Otro lazo de los Mercader con Cuba fue que Caridad, la madre de Ramón y Luis, trabajó por siete años como funcionaria encargada de las relaciones públicas de la embajada cubana en París durante la decada del 60. Luis Mercader y Germán Sánchez (con la colaboración de Rafael Llanos), Ramón Mercader. Mi Herman. Cincuenta años después, Madrid: Espasa-Calpe, 1990.
[2]              Ambrosio Fornet, “El quinquenio gris: Revisitando el término”, 30 de enero de 2007 y Mario Coyula, “El Trinquenio Amargo y la ciudad distópica: Autopsia de una utopía”, 19 de mayo de 2007, Centro Teórico-Cultural Criterios, www.criterios.es/cicloquinqueniogris.htm
[3]              Irónicamente, Juan Marinello (1898-1977) fue el intelectual mas destacado y candidato presidencial del Partido Socialista Popular (PSP), el viejo partido estalinista y prosoviético cubano.
[4]              Hirám Hernández Castro, “Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa”, espaiMarx, http://www.moviments.net/espaimarx/index.php?lang=spa&query=647bba344396e7c8170902bcf2e15551&view=section.
[5]              Ariel Dacal Díaz, “Por qué fracasó el socialismo soviético”, Temas, no. 50/51 (abril-septiembre 2007): 4-15. Dacal también participó en un simposio titulado “Por qué cayó el socialismo en Europa oriental?”, Temas, no. 39-40 (octubre-diciembre 2004), 91-111.
[6]              Vease, por ejemplo, el artículo de Pedro Campos Santos titulado “Cuba: Qué confusión”, kaosenlared.net, 2 de junio de 2009.
[7]              https://observatoriocriticodesdecuba.wordpress.com
[8]              Armando Chaguaceda y Dmitri Prieto, “La esperanza asumida: Bitácora – criolla y crítica – de otro exorcismo colectivo,” Espacio Laical Digital, abril 2010, 117.
[9]              “Observatorio Crítico hacia el 2011,” comunicado de prensa de la Red Protagónica Observatorio Crítico, La Habana, 19 de diciembre de 2010.
[10]             Ver, por ejemplo, “Carta en rechazo a las actuales obstrucciones y prohibiciones de iniciativas sociales y culturales”, Red Protagónica Observatorio Critico, 18 diciembre 2009.
[11]             La traducción al inglés de El Hombre que amaba a los perros será publicada por la prestigiosa editorial estadounidense Farrar, Straus y Giroux en 2012.