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Por Gonzo Pedrada

Bueno, ya se ve más clara la cosa. Nunca pensé que se diera tan rápido, dado lo habitual, histórico y rutinario de la cerrazón y el dogmatismo estatal cubano. La jugada se veía venir… y ya llegó: le tocó a Carlos Saladrigas ser el pionero. Hubiera podido ser otro, por eso ni el nombre ni el hombre me interesan. Me interesa la idea, la de él mismo y la de los de adentro que le permitieron, menos mal, venir y hablarnos.

Hace unos días vi, por segunda ocasión, una película que en estos días me ha dejado más pensativo que cuando la primera vez. Gone, baby, gone presenta tres historias: la de una familia pobre norteamericana (basura blanca les dicen) que pierde una niña de cuatro años, presumiblemente a manos de un pederasta; la de un joven y blanco detective privado, ducho en las durezas de los barrios bajos norteamericanos, contratado por esa familia para calzar el ineficaz trabajo de un cuerpo de policía descreído y corrupto; y la de tres de esos policías, uno de ellos el jefe de la comisaría (negro), que deciden, junto a un componente de la familia dolida, secuestrar a la niña considerada perdida y asesinada con el objetivo de “beneficiarla” (teorización humanitaria incluida) alejándola de su crítica familia y dejándosela a la del comisario.

Estas tres historias se unen al final del filme en un nudo central tan complicado como terrible: le toca al joven y blanco detective privado resolver el dilema ético de escoger, por el bien de la niña, entre su auténtica pero drogadicta y destructora madre y la bonanza de una familia de baja clase media, que se decide por el secuestro y el crimen como solución a un problema que más que causa es consecuencia infeliz de la crudeza del propio sistema. Thriller melodramático al fin, el joven, blanco, se enfrenta al comisario, negro, y decide negar su propio bienestar por el de una familia que no conoce. El magro presente de los blancos pobres sigue siendo el mismo de la niñita, ahora con el joven detective a su lado como ángel de la guarda sin novia-pero-con algo-por qué vivir.

Traigo estos dos párrafos a colación para caer en una realidad indiscutible: el melodrama forma parte de nuestras vidas y, aunque a algunos no nos guste mucho, puede presentarse hasta en sus formas más enredadas. El cuento trágico de la encrucijada moral del filme, tan real como el aire que respiramos, es la cima, libre al aire, de una montaña sumida en la más oscura suciedad. Pensando en Cuba, el desastre continuo de la emigración cubana, desde sus colores más ligeros hasta los menos apacibles, no es ningún cuento de hadas que deba tomarse a la ligera, todos lo sabemos. Por lo tanto hay que meterle toda la neurona posible para entenderlo y solucionarlo.

Carlos Saladrigas. Foto: Raquel Pérez

Y aquí es cuando comprendemos que no es una cuestión de echar a un lado, hay que enfrentarla… al igual que a todas las definitivas dinámicas de pensamiento, entiéndase políticas, y realidades de comportamiento, entiéndase sistémicas, que la forman. Por esto, no estoy de acuerdo con las opiniones que, obvia o implícitamente, van a parar a llamados de convergencia pacífica y olvidos rasuradores como una de las herramientas a utilizar para salir del atolladero civilizatorio en que nos ha metido a los cubanos más de medio siglo de chiveta intergubernamental.

Y, antes de que más de uno levante una de sus dos cejas, no estoy de acuerdo porque me recuerdan el filme que recordaba al inicio. Ok, hay un dilema moral de incuestionable seriedad sobre las cabezas de varios millones de cubanos, mas es uno de los varios con los que tiene que lidiar, principalmente, el cubano que vive en la isla. Forma parte de toda una red de concepciones de poder que aún ni los que la crearon tienen la mínima idea de cómo deshacerla. Pero evidentemente están pensando que un poquito más de capitalismo puede ayudar a limpiar el reguerito. Y es entonces ahora que llega Saladrigas a donde casi nadie lo conoce, con sus mensajes de paz, amor y olvido, y tocando a la puerta del futuro cubano con una propuesta que más parece regalo que plan. Parece…

Si algo le agradezco desde el primer momento es que es sincero. Bussiness man es y así se presenta y habla. Por lo menos eso es lo que se puede observar en la entrevista que concedió a Havana Times después de terminar su presentación en el Centro Cultural “Félix Varela”. Años atrás conocí algunas personas que se escandalizaron al saber que el estado cubano aceptaba la ayuda de un otrora crítico radical, convertido en periodista dueño o al menos participante importante de una emisora radial de Miami, en la lucha mediática y mesiánica contra la emigración cubana. Me imagino a esos viejos conocidos hoy, asintiendo una y otra vez y sonriendo irónicamente ante la renovación de la jugada. Pero con Saladrigas se apuesta duro: según el mismo, su presencia como comunicador en Cuba es más política que económica. Dice Carlos:

“Lo que proponemos es buscar soluciones para Cuba, el conflicto cubano es un conflicto político y por lo tanto debe tener una solución política. En vez de entorpecer los cambios estamos comprometidos a facilitarlos para que sean más rápidos, más fáciles y más abundantes.”

Para los que dudaban de que existiera un esfuerzo, incluso organizado, de cubanos emigrados por participar en el futuro inmediato cubano, aquí está. Más allá, se aventuran dos objetivos puntuales, “ayudar al pueblo [cubano] a mejorar su vida y reforzar su sociedad civil”. O sea, no sólo invertir sus dineros sino a enseñarnos a portarnos bien unos con otros.

Que conste, me cuento entre los miles que están de acuerdo con la necesidad de discutir abiertamente y proponer mejoras económicas y políticas en la sociedad cubana. Incluso estoy dispuesto a aceptar cierta cantidad mínima de capitalismo, siempre que se regule efectivamente –con seriedad, no el relajo que hay formado aún y que no se sabe cuando se va a arreglar. Si Saladrigas no se considerara a sí mismo un exitoso hombre de negocios, formado en la vieja escuela capitalista gringa, quizás creyera los límites que inicialmente trata de fijar: “Ayudar a la pequeña empresa, nosotros pensamos que la pequeña empresa en cualquier país del mundo es una fuerza importantísima que democratiza la economía evitando la excesiva concentración de riquezas y creando empleos”.

En esto estoy plenamente de acuerdo, Cuba necesita de su buena dosis de pequeña empresa y, reconozcámoslo y digámoslo a cualquiera, ningún pequeño empresario es millonario. Si el estado cubano tiene miedo de la pequeña empresa no es por eso, aunque se desgañite diciéndolo, sino por lo que Saladrigas apunta inmediatamente: “Apoyar a la iglesia en términos de capacitación de los nuevos emprendedores, utilizar el talento de los empresarios de Miami en términos de consejería y, cuando sea posible, entregar microcréditos para ayudarlos a capitalizarse”. Lo de menos aquí es la mención a la Iglesia, eso es puro marco de acción temporal, en cuanto haya posibilidades se deja a un lado y se encuentra uno mejor. Lo importante es lo demás, los nuevos emprendedores cubanos, los empresarios de Miami o de donde fueran –incluso vietnamitas-, los consejos y, lo que más el estado cubano teme realmente, los microcréditos.

Permitir a cualquier particular cubano utilizar créditos provenientes del exterior se va muy por encima de las posibilidades incluso de seguridad del estado cubano. A la par del permiso de constitución de microempresas, diferentes de los timbiriches actuales, tendría que ir el consiguiente control policiaco-militar. Y si eso no sucede pues la otra solución es permitir la llegada de los créditos, que cada vez se harían más numerosos y gordos, creando nuevas y abultadas empresas, y así en lo adelante… Por lo tanto, por ahora, diría cualquier funcionario cubano, lo mejor es mirar para los lados, silbar y pasar la pelota… hasta que se acabe el tiempo y manos más preparadas puedan aguantar lo caliente que se pondrá.

Y entonces, la perla de Carlos: todo eso que dijo se haría “sin fines de lucro”. ¿De veras? ¿Un hombre de negocios como él hablando de la no existencia de fines de lucro en las empresas en las que participaría? Quizás estas palabras, dichas con rapidez, en una habitación llena de gente y con el calor de Cuba, no sean muy bien entendidas o se les pase por arriba en la calentura del discurso. Pero al leerse, su significado no puede menos que quedar bien claro. Un hombre que ha esperado tanto tiempo para dar este paso habiendo, según el, dejado atrás todo rencor e incluso no permitiéndose ni hacer especulaciones; ¿realmente creería que hay cubanos, de aquí y de allá, que no entienden el español que él habla?

Creo profundamente en la necesidad de un entendimiento entre los cubanos que viven dentro y fuera de la isla. Cuando digo los de fuera me refiero fundamentalmente a los que salieron de ella hace mas de treinta años, que recuerdan todavía más las razones políticas de su salida que las económicas. Considero que es válido, además de ser un derecho innegable, que cualquier cubano del extranjero que se decida a compartir su futuro, de cualquier forma, con los de adentro lo pueda hacer sin que sea tildado de apátrida. Más, también creo que “patria”, como construcción ideológica empoderizada es un arma fundamental de los estados y los individuos que acepten incluirse en esa dimensión, concientemente o no, inmediatamente entrarán a ser fichas, o a mover las fichas, del juego de poderes incluido en conceptos como “nación”, “ciudadanía” y “participación”. ¿Cuánto está dispuesto a invertir Carlos Saladrigas?

No obstante, estas creencias éticas, civiles, no me impiden entrever uno de los escenarios posibles donde aquellas se insertarían. ¿Qué clase de socialismo se pretende actualizar en la Cuba actual si se promueven sólo soluciones y posiciones unilaterales, por demás de único y profundo tono capitalista? Si la iglesia y el estado cubanos sólo pretenden la capacitación de “nuevos emprendedores” –así, sin adjetivos- en el arte del negocio, ¿por qué no se invitan a los reconocidos pioneros de la autogestión cooperativa no capitalista de la empresa española Mondragón? ¿O a varios participantes de los destinos de las numerosas empresas latinoamericanas dirigidas por sus trabajadores? La complicada realidad cubana posibilitaría espacios sin discusión alguna a la eficaz y prometedora experiencia de izquierda y anticapitalista válida en otros países.

¿O es que sólo la pura y dura experiencia del capital es la necesaria en los momentos actuales de nuestra Cuba? ¿Acaso el supuesto fin justifica un solo, ya real, medio? La presencia de Saladrigas implica cierta apertura en el escenario de discusión sobre el presente y el futuro de Cuba, más lo es sólo en un sólo y estrechísimo sentido: en el único considerado aceptable por el estado cubano y en la única dirección posible según él. No permitir, impedir, la participación y promoción de posiciones y propuestas que maticen, o incluso se enfrenten, a la evidencia del camino tomado por el estado cubano, no beneficia en nada a la sociedad cubana. A comer capitalismo, sin discutir, a eso se está obligando, como mismo hicieron con el “socialismo”.

La frase final de la entrevista de Carlos Saladrigas, empresario cubano-(norte)americano, es muy elocuente: “El pasado nos enloda, dejémoselos a los historiadores y enfoquémonos en el futuro”. No me convence Carlos con esta idea, aunque no lo conozca ni a él, ni a su familia, por lo que no me lleva nada personal a la discrepancia. Deshacerse de un pasado que aún es presente doloroso me suena a pose de melodrama, fútil y volátil, desde lo alto de la escalera de una mansión marmórea. Saladrigas no fue acogido con bombo y platillo como el Papa pero aun así se le recibió y se le concedió espacio y tiempo para hacer pública su posición y la de sus pares. Evidentemente la disyuntiva moral del conflicto emigratorio cubano no es la dinámica esencial de la coyuntura actual cubana, el estado cubano lo tiene muy bien claro. Si no es así, ¿a que vino entonces la visita de Carlos Saladrigas?