Etiquetas

, , , , , ,


Por Isbel Díaz Torres 

La Plaza no se lleno. Foto: Isbel Diaz Torres

¿A quién se le ocurrió que la gente iba a aguantar aquí desde las 6:00 am? – preguntaba retóricamente un hombre en retirada. Era uno de los que, por cientos, se escapaba de la Plaza de la Revolución, apenas Ratzinger comenzó su misa este miércoles.

Yo apenas llegaba. Debí dar un amplísimo rodeo para acceder a la Plaza, dado que casi todas las vías de acceso a la misma estaban inexplicablemente bloqueadas.

“Uno no sabe si esta gente quiere o no quiere llenar la Plaza,” decía una señora a su hija, quien por su parte le exigía que no se quejara tanto y caminara.

La Plaza no se llenó. Ni siquiera fue totalmente cubierta la zona central, que estaba cercada para ubicar a los trabajadores de diversos centros laborales, diligentemente “convocados” por el gobierno a asistir desde bien temprano.

Pudiera pensarse que intentaban impedir, con su presencia, que otras personas ocuparan ese sitio, pero fueron los primeros en escapar por los laterales.

Lo cierto es que, entre los trabajadores que firmaron el compromiso en sus centros, los estudiantes convocados, y los agentes de la seguridad vestidos de civil mezclados entre la gente, no lograban ocultar los grandes vacíos en el terreno.

“Si fuera sentado, a la sombra, quizas se pudiera ver. Pero con ese sol, sin ver nada, y con ese sonido pésimo; no se puede” decía un muchacho a su novia, mientras se retiraban.

Otro, mas disciplinado, se decía a sí mismo en voz alta: “En cuanto digan “Amen,” salgo como una flecha de aquí,” mientras observaba a uno que sin reparos recogía latas metálicas de refresco.

Los miles de folletos con el programa que sobraron en una gran pila al final, demuestran que la ciudad se quedó por debajo de sus cálculos.

No sé cómo se habrá visto por la TV, pero mi percepción fue de muy poco entusiasmo por el evento: gente durmiendo sobre el suelo mientras el Papa hablaba de “la verdad,” otros riendo escandalosamente, o conversando sobre temas más terrenales que “la salvación” o “la virtud.”

Solo los que estaban más cercanos al estrado principal (en realidad siempre lejano pues lo separaba una amplia avenida de la gente) parecían enterados de lo que allí ocurría.

Nada de eso me sorprende. Creo que la Iglesia falló al poner en manos del Estado la organización del suceso que, para ser justos, debió dirigirse principalmente a un público católico practicante, dejando libertad para que asistieran aquellos otros que lo desearan.

Las excesivas y abusivas medidas de control, el cierre de los establecimientos comerciales (desde el final de la tarde del martes ya no había pan en buena parte de las panaderías de El Vedado), y la suspensión del transporte público capitalino cuando todavía el Papa estaba en Santiago, en nada ayudaron a generar un clima distendido y de entusiasmo.

Ya el Papa volaba de vuelta a Europa, y a las 6:00pm todavía el transporte público no reaparecía en las calles habaneras, mojadas por la lluvia.

Por otra parte, ¿alguien puede explicar el objetivo de cubrir con plásticos oscuros las botellas de bebidas alcohólicas en las tiendas, y prohibir su venta el día antes de la misa en La Habana?

En fin, que las ansias de control total, enmascaradas detras de supuestas medidas de seguridad (¿para quién?) generaron un diseño bastante macabro de lo que se suponía sería una misa fraternal y ecuménica.

La única muestra genuinamente alegre la encontré en una señora, muy pintoresca, que al retirarse iba diciendo a todos “Yo cogí crucifijos y un rosario. Los estaban regalando de todos los colores en la esquina. El mío es morado, el color de San Lazaro.”

Ella, no obstante, se alejaba del lugar de donde emergían voces angelicales que cantaban temas hermosísimos (¿de Esteban Salas?). Ya había cumplido con su parte, pero no hay que exagerar, a fin de cuentas ¿quién entiende lo que verdaderamente estaba sucediendo allí…?

Publicado en Havana Times