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Por Yusimí Rodríguez

Apenas acabo de escribir la última línea de “En Cuba, el Partido no necesita ir a elecciones, y estoy comenzando un segundo post. Así, casi sin respirar. Pero lejos de sentirme particularmente productiva, me siento avergonzada.

No he escatimado palabras, e ironía, para cuestionar la existencia de un solo partido político en mi país, de una constitución que solo nos permite la libertad de expresión y de prensa de acuerdo a los fines de la sociedad socialista, de un sistema electoral diseñado para que no elijamos.

Siempre que me atrevo a criticar el sistema político cubano, recuerdo que diez años atrás, estuve entre los millones que firmaron la reforma constitucional que establecía la irrevocabilidad del socialismo en Cuba.

La cuestión no era si consideraba el socialismo como la mejor opción para el país. Seguro lo pensaba así en aquel momento; a veces, lo pienso aún, sobre todo porque cada día me convenzo de que el sistema que impera en el país, poco tiene que ver con el socialismo.

Pero la cuestión era más profunda: el derecho de decidir abandonar el camino del socialismo cuando lo deseáramos. El derecho de las futuras generaciones a abandonar el camino del socialismo (o a tomar el verdadero camino del socialismo) si lo desean.

Escribir es fácil, sobre todo si lo haces en un sitio digital al que pocos ciudadanos del país tienen acceso. Lo difícil es actuar con responsabilidad en el momento preciso. Yo no lo hice.  Firmé aquel documento sin pensarlo dos veces, sin leerlo una sola vez.

No recuerdo si consideraba el socialismo como la mejor opción en aquel momento, porque no me lo pregunté. No fue mi fe en el socialismo lo que me llevó a firmar.

Podría decir que fue el miedo, porque aquel remedo de consulta popular no se llevó a cabo de forma secreta: el presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) fue casa por casa a recoger las firmas.

Pero sobre todo, firmé por comodidad, por conveniencia.

Acababa de obtener un empleo como profesora de inglés en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría, conocido como la CUJAE.

Acababa de obtener el status de profesora universitaria, menos mal pagada que los colegas de nivel medio,  un poco más reconocida a nivel social, un poco más cerca de la posibilidad de un viaje.

Quería conservar ese empleo, quería conservar la posibilidad de aspirar a un viajecito. Quería sobre todo tener tranquilidad, mantenerme alejada de los problemas.

No fue hasta cinco años más tarde que supe que aquel “apoyo” a la reforma, no tenía nada que ver con “exigencias y amenazas del gobierno imperialista de los Estados Unidos.”

Era la respuesta del Estado Cubano al proyecto Varela, que había logrado reunir 11200 firmas, más de las 10 000 firmas de electores registrados, necesarias para proponer leyes, de acuerdo a nuestra Constitución.

El pueblo de Cuba no tuvo la oportunidad de conocer el proyecto Varela ni lo que proponía. Pero sé que de haberlo conocido en el 2002, tampoco me habría atrevido a dejar de firmar el documento que el presidente del CDR llevó a mi casa.

Ahora me toca avergonzarme cada vez que conozco a alguna persona que tuvo la osadía de no apoyar aquella reforma constitucional. Pero también me alegro de tener la oportunidad de decir que tuve miedo de no firmarla.

Cada vez que una cubana o cubano tenga al menos el valor de decir que tuvo miedo, que aún tiene miedo, estará demostrando que en Cuba la libertad de expresión no existe.

Publicado en Havana Times