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Por Rogelio Manuel Díaz Moreno

Inexorablemente, se impone por estos lares la conciencia de un hecho cierto, esto es, la necesidad de efectuar cambios en la Constitución cubana. La concatenación de medidas y leyes nuevas emitidas o modificadas sin prisa, pero sin pausa, como gusta de decir Raúl Castro, han hecho de Cuba al 2012 un país con diferencias significativas a la versión de la carta Magna modificada por última vez hace diez años.

No nos vamos a detener demasiado en enumerar los cambios ocurridos, porque haríamos de esta una lectura demasiado larga; además, todo el mundo sabe a qué nos referimos. La libertad de disponer de propiedades; la renuncia del Estado a proteger universalmente el empleo y las necesidades de la población a través de subsidios y el auge de la iniciativa privada arropada con el término de trabajo por cuenta propia (TCP) han determinado unas transformaciones ciertas, y ahora todos esperan que la libertad para viajar se demore lo menos posible en completar el novedoso panorama.

Vergonzosamente, se podría señalar también que la versión vigente de la Constitución no prohíbe explícitamente ninguna de las libertades recientemente adquiridas o por adquirir, y que sus limitaciones eran más bien bueno, eran otras. Menciono todo eso porque hay que ver el panorama lo más completo posible para entenderlo mejor.

Las realidades nuevas que sí se apartan más de la letra y el espíritu del gran texto son las relacionadas con el alejamiento contemporáneo del Estado del papel de papá benefactor, y del espacio abierto a las formas de trabajo donde los individuos crean roles independientes de aquel y surgen otras relaciones de producción, entre individuos particulares, de naturaleza no socialista. Sin contar, que habría que contar, con la intervención de los capitales extranjeros desde el puerto del Mariel hasta Moa y Nicaro, pasando por los polos turísticos y soyeros. En estos campos se han desarrollado una serie de realidades que vuelven inevitables el cambio de la Constitución, para poder entrarlas en caja. Hay quien dice que primero se debía haber cambiado la Constitución para que autorizar después las nuevas situaciones, pero el criterio que prevaleció fue el de que esas eran nimiedades.

El primer título que concebí para este material era Ayudemos a Marino Murillo a cambiar la Constitución. El chiste, que puede no hacerle gracia a algunos, pretendía hacer alusión a la escena de la Conferencia Nacional del PCC celebrada hace poco, donde el delegado Ángel Bueno expresó su preocupación justamente por el acápite constitucional donde se proscribe la explotación del hombre por el hombre, inseparable de la relación entre patrón y empleado en el área del TCP. Aunque algún delegado declaró que el TCP no implicaba la tal explotación y, por tanto, no habría que cambiar nada, al final Murillo resumió algo así como que bueno, a lo mejor hay que cambiarla por las necesidades de la actualización del modelo económico cubano.

Esta última actualización o transición o como se le quiera llamar es, eso sí, una necesidad que nadie discute. Y va a llevar cambios en la Ley Superior, como ya lo ha comentado de paso Raúl Castro. Entonces, a uno le pasan por la cabeza estas ideas cándidas: ¿qué tal si empezamos a conversar entre nosotros, en toda Cuba, desde todo el pueblo y sus ciudadanos y ciudadanas, sobre cuáles son los cambios que pensamos que vendrían mejor en la Constitución?

Teniendo en cuenta que este es un proceso tan intrínseco, tan propio de la democracia y al poder popular, el ponerse a generar y debatir estas ideas desde y por la población es lo que más sentido tiene. Que se pronuncie todo el mundo. No importa que momentáneamente se ponga esto bullicioso y aparentemente desorganizado. Siempre será mejor que desayunarnos un día, con que se formó o se va a formar una Comisión a cuyos miembros no nos presentan, que va a estudiar el asunto para entregarnos el paquete ya completo para plebiscitarlo íntegro, con posibilidades escasas o nulas de modificaciones efectivas por parte de la ciudadanía; a la manera que obra el tarimero del Mercado Agropecuario que nos dice, esto es lo que hay: lo tomas o lo dejas. Al final, claro que siempre las propuestas formales las hace una Comisión o Asamblea o lo que sea, pero nuestro aporte consistiría en dotar a este órgano de material para trabajar, además de que debemos exigir desde ya que estos delegados sean elegidos por votación popular.

Ya yo había comenzado a pensar en cuáles propuestas tenía para las dichosas modificaciones. Las tengo medio concebidas pero, dado que ya el preámbulo ha resultado lo suficientemente enjundioso e ilustrativo de mis motivos, a la manera de los guionistas pícaros, voy a dejar mis propuestas para la segunda parte de este trabajo. Allá nos vemos, caso de que les resulte de interés.

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