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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Cualquiera que lea nuestro semanario Trabajadores superficialmente se llevaría la impresión de que en el órgano oficial de la principal y única central sindical nacional reflejan una gran preocupación por la situación de los cubanos y cubanas que han engrosado, en los últimos tiempos, el sector del llamado trabajo por cuenta propia. Véanse notas recientes, Crece el número de trabajadores no estatales; Atienden reclamos de trabajadores no estatales y Situaciones que están amparadas. Cualquiera diría que las fuerzas organizadas del Trabajo guardan una profunda preocupación por los y las integrantes del (no tan) nuevo sector de la economía cubana.

Pero resulta que a algunos nos parece que esta preocupación carece de un componente esencial. Todos los medios oficiales se pierden la oportunidad de analizar la cuestión de la persona, con licencia de trabajador por cuenta propia, que está contratada por otra en igual situación. Y eso que hasta el nombre les queda raro. Ni el empleado puede ser por cuenta propia si está en la empresa de un patrón, ni a este le queda bien aquel traje cuando es todo un pequeño empresario. Habrá quien crea que el asunto todavía no es para tanto, que no afecta a tantas personas ¿cómo puede saberlo, si no es tan fácil dominar las verdaderas cifras? pero, en cualquier caso, al estar previsto que en cuestión de algunos meses, más o menos, millón y medio o más compatriotas dejen su empleo estatal racionalizado, vamos a tener al lobo, bien crecidito, delante, muy pronto.

Y no me interesa ocultar mi disgusto, ante la consolidación del único tipo posible de relaciones de producción entre Dueños de Medios de Producción unos más apabullantes y otros menos y Dueños de Nada excepto su Fuerza de Trabajo: la explotación del trabajo asalariado, como se sabe de manera diáfana e incontestable desde los tiempos fundacionales del marxismo, sin importar con cuánta palabrería se adorne o distorsione esta realidad.

Quienes sacan provecho de esta situación siempre van a tener bellas palabras para adornarla, u oportunos silencios para ignorarla. Así hemos visto desde quien niega el carácter de explotación de este trabajo merced a ciertas políticas estatales de subvención universal de educación y salud loables, pero sin relación con el asunto hasta quien se enfoca, como en los materiales citados, en cuestiones numéricas, de mercados, o de negociaciones tributarias entre el Estado y titulares de licencias específicas. Estas últimas son valederas, naturalmente, pero remarcan más aún mi preocupación por lo que suceda en el interior de los nuevos minicentros de compraventa de fuerza de trabajo, cuando el empleado o la empleada piensen en vacaciones, maternidades, problemas de salud…

Allá va eso entonces. ¿Quién puede afirmar que estos no son sino viveros para pequeños capitalistas? ¿Quién puede hallar otra lógica en una relación donde tú haces lo que yo quiera, porque te pago un salario que necesitas para vivir y no tienes otra, y yo me quedo con la mayor parte de las ganancias que genera tu trabajo porque para eso soy el dueño del restaurante, de la finca, del tallercito mecánico con el torno artesanal y todo, pero lo tengo yo y no lo tienes tú y además soy el titular de la sacrosanta licencia?

Yo no voy a pretender ahora, está bien, que hayamos superado en nuestro desarrollo un punto que nos permita dejar atrás esas situaciones. En el año 1968 se cometió ese error de ingenuidad, voluntarismo o como lo quieran llamar, y miren que la desgraciaron. Pero de ahí a aceptar que sean una ganancia, va un largo trecho. Acoger cándidamente al pequeño capitalista le abre las puertas al grande; y sostener que con su buena voluntad va a resolver el problema del empleo le va a regalar la posibilidad de realizar contratos basura, de despedir a los descontentos cuando le dé la gana o no le den tantas ganancias como las que aspira. En fin: pragmatismos tecnocráticos ciegos a fundamentos de justicia social y coqueteos con la filosofía del libre mercado para salvar a la patria solavaya.

Una organización sindical que se precia de seguir el liderazgo de un partido político marxista debería desarrollar un poco más analítica y críticamente el enfoque de los fenómenos del trabajo que tiene entre las manos. De hecho, el mismo partido debería ser el más involucrado a la hora de reconocer con valentía y profundidad las realidades que han regresado. Reconocer los tozudos hechos como lo que son, es el primer paso para desarrollar mecanismos de compensación políticos y sociales que compensen la retirada obligada y rescaten, en la conciencia y en lo material, otros caminos de avance hacia el objetivo de una sociedad fundamentada en el bienestar y el trabajo colectivo, y no en el egoísmo y la explotación de seres humanos por sus congéneres. Eso, se si pretende ser consecuente con el credo comunista.

En la inevitable contradicción restablecida al abrir la puerta al empleo de trabajo asalariado por cuenta capitalista, estado, partido, y sindicatos deben escoger de qué lado van a estar. En dependencia de la postura que se asuma en esa elección crucial, podrá evidenciarse quién apoya a una refundación del socialismo bajo bases democráticas modernas y quién defiende un taimado regreso al capitalismo disfrazado con algunas prebendas populistas.