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Por Amrit

Hace tiempo vi un fragmento de un documental cubano donde una maestra de primaria, para enseñar el fonema “f,” usaba la palabra “fusil.” No flor, o fuente, o felicidad… Palabras mucho más cercanas a un niño. Pronunciaba con enfática pausa: FU-SIL, y hacía repetir estas sílabas a los inocentes alumnos.

Ahora, mi hijo adolescente me muestra su libreta de matemáticas y me hace notar un recurrente enfoque. ¿Casual? Cito algunos ejemplos de problemas de aritmética:

“De una caja que tiene 100 balas, se utilizan un cuarto de ellas en una práctica de tiro…”

Otro comienza así: “En una maniobra militar, un camión conduce unos paquetes de armamentos…”

Un tercero dice: “La compañía de décimo de una escuela militar EMCC, (Escuela Militar Camilo Cienfuegos)…” Todo para decir al final que se recogió una determinada cifra de sacos de papa.

Me pregunto cuál es la relevancia de que la escuela sea precisamente militar. ¿O son los militares los únicos que recogen papas?

¿Por qué las cifras no pueden provenir de situaciones más inmediatas para los propios alumnos? Por ejemplo: En un desfile de moda, pasan 17 jóvenes por la pasarela… O: Frente a una discoteca, hay 200 muchachos…

Estoy segura de que sólo este cambio de perspectiva activaría la atención de los alumnos y haría la clase hasta más divertida.

Pero para no subestimar la carga del mensaje subliminal, aparece este otro: “De los 20 alumnos de un aula, 5 son militantes dela Uniónde Jóvenes Comunistas…”

Además de los murales saturados de política, (murales hechos por encargo y donde están ausentes los intereses de los estudiantes), además de las fotos de héroes que inundan las paredes, del himno que les obligan a repetir cada día porque no lo cantan “con el debido entusiasmo,” (como si el entusiasmo pudiera ser un deber) además de las caracterizaciones de figuras históricas que tienen que memorizar… ¿Dónde está el espacio para percibir por sí mismos la historia, o la vida?

¿Sabemos pensar?

Una amiga cuyo hijo adolescente emigró a Canadá, me comentó que uno de los choques que enfrentó el muchacho con el cambio de cultura, fue el hecho de “tener que pensar.”

Si en la escuela estudiaban un acontecimiento o figura histórica, por ejemplo, no le daban ninguna valoración previa. Sólo le preguntaban su opinión. Él sentía que esto lo dejaba “en el aire.”

Uno de los detalles que más llamó mi atención cuando visité varios colegios en Francia, fue no ver bustos de mártires en ninguna parte, ni siquiera frente a la escuela. En las paredes tampoco se ven fotografías de héroes.

Lo más político que observé, en el lobby de una sola escuela, fue la inscripción: “Libertad, Igualdad, Fraternidad.”

Los murales los hacen los estudiantes, sí, pero con las temáticas de su interés o relacionadas directamente con sus clases.

Por la gente que conocí en mi itinerario de viaje, sentí que en la sociedad francesa la política es para los que la eligen.

El resto de la población vive, simplemente, su propio proyecto de vida, y ni siquiera las frecuentes huelgas están “matizadas” con ninguna ideología.

En Cuba, la ideología es lo primero que se impone en las escuelas, en los colectivos de trabajo, y hasta de vecinos. Las insulsas reuniones de los CDR (a las que se cita evitando que coincidan con el horario de la telenovela, porque sino serían aún más deprimidas), son esencialmente políticas.

Los trabajos “voluntarios,” son una imposición tácita que se cumple con total apatía y para evitar ser señalado negativamente (en un sentido político).

En las asambleas de Rendición de Cuenta, es común que el que exprese una queja o descontento empiece acotando su filiación política, como si sólo ésta le diera el derecho al planteamiento.

Como si hiciera falta otra cosa que estar vivo dentro de un país determinado para expresar una experiencia, un problema, una solución.

Como si la política fuese el salvoconducto cuando es precisamente el estorbo, lo que nos aturde, y lo que nos separa.

Ningún país se hace con ideologías o con guerras. Las ideologías son (en el mejor caso) expresión de los inevitables cambios en la evolución de la conciencia colectiva.

Las guerras son la expresión de los conflictos, la purgación y la destrucción sobre la que finalmente se aspira a construir una civilidad, sin siluetas de cañones o fusiles gravitando en las libretas de nuestros hijos, en sus juegos o en sus sueños, como fantasmas siniestros.

Sin la eterna invocación de un enemigo que -en nuestro caso- sólo ha servido de meta y refugio para un éxodo vergonzoso e interminable.

Una civilidad con escuelas y niños que piensen en Vida y no en Muerte. En Paz y no en Guerra.

Que las palabras tienen un peso, una repercusión psicológica y hasta biológica, ya está demostrado en experimentos como el de los mensajes del agua, o en pruebas de Parapsicología.

Gandhi dijo: “No hay camino hacia la paz. La paz es el camino.”  Y estoy segura de que esa paz que hace posible erigir una civilidad justa, la desea buena parte de la humanidad. Incluyendo a los cubanos.

Publicado en Havana Times