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Por Daniel Santos Consuegra

Cuando en una sociedad el abismo entre la realidad social y política y la experiencia de lo que se piensa, se quiere y se siente se hace cada vez más patente e insoportable, no es sólo signo de un equilibrio social deficiente, es una señal de que la crisis sistémica de tal sociedad se hace menos administrable y el descontento popular se hace más irrefrenable. La cuestión es justamente como ese descontento popular, el malestar social se puede transformar en conciencia crítica que sea capaz de movilizar a la gente, para que actúen como agentes de la transformación social.

Esa es la situación que vive la nación cubana y sería un acto irremisible creer que ese amargo abismo, no nos pone a todos y a cada uno en una situación difícil. Nos pone en la situación de politizar una sociedad que durante década sufrió los desmanes de la expoliación ideológica en nombre de la unidad de la Revolución cubana y de un socialismo soportado, en gran medida, por la ideología estalinista del marxismo y una concepción capitalista burocrática y centralizada de la administración estatal.

Politizar -politización de la sociedad civil- aquí significa justamente que los miembros de la nación cubana se reconozcan a sí mismos como ciudadanos con garantías y deberes correspondientes a una sociedad democrática. Que se reconozcan a sí mismos como portadores reales de los valores democráticos puestos en función en el espacio público como derechos y garantias básicas vinculados directamente a la libertad de asociación, de expresión, propiedad y elección en todos los niveles de la sociedad en tanto derechos económicos, políticos y sociales. Es decir, que se recononozcan como miembros que han concientizado ya que un país de once millones de personas no puede ser dirigido por un comando de 300 personas –un comité con varios apéndices pseudodemocráticos que funcionan como correas de transmisión. Que ese comité es incapaz de administrar una economía severamente dañada, proponer y aplicar múltiples políticas que afectan directamente la vida de una sociedad, y que el tiempo para que se reorganice la sociedad no puede seguir postergándose.

Esa reorganización de la sociedad cubana que tiene un período de postergación de al menos veinte años, justamente con la debacle del campo socialista y el fin de la Guerra Fría, implicaba e implica aún la reconstrucción de la sociedad sobre otros fundamentos. En otras palabras finalizar el proyecto de los primeros 30 años de la Revolución Cubana porque se patentizó su fracaso y en medio de un periodo de transición de mediano plazo pasar a otro tipo de sociedad más en sintonía con la realidad afectiva plena de frustraciones pero también de aspiraciones que marca la pauta de nuestro presente, más en sintonía con la realidad global de la sociedades actuales, y más en sintonía con las reales necesidades y expectativas de los cubanos y con los múltiples cambios en la región.

Esto significaba efectuar, como en el resto de los países que pertenecían al CAME, la llamada transición democrática. Parecerá esta frase hecha una contradicción literal con un dejo insoportablemente cínico para algunos, y una realidad inevitable y conveniente para otros. Lo cierto es que esta proposición se construyó históricamente para definir una situación global que ha tenido repercusiones clave en la historia de los últimos veinte años a nivel mundial.

Ciertamente, la transición democrática no se efectuó sólo del socialismo al capitalismo, sino también de la bancarrota política de regímenes con una alta tasa de modernización pero también de improductividad, de regímenes antidemocráticos pero con una alta tasa de alfabetización y educación, hacia un nuevo marco de relaciones transnacionales en la cual como naciones en su conjunto no pudieron seguir ajenos a las dinámicas globales del mercado como horizonte constitutivo y definitorio de la globalización, a la transnacionalización de los códigos culturales con la imperativa fuerza de la revolución tecnológica en el ámbito de las comunicaciones. Esta transición estuvo marcada por tres elementos que le permitían actualizarse paulatinamente en el actual marco global: introducir una economía de mercado, refundar democráticamente sus constituciones con la consustancial emergencia de la sociedad civil y las libertades democráticas refrendadas desde hace dos siglos en Occidente, y cargar con los lastres de la improductividad, la corrupción y el quebrantamiento de la democracia que habían padecido en sus respectivos pasados históricos. Y el peor lastre que sufrieron esas naciones y en su conjunto como campo, e incluso en su densa y extensa esfera de influencia, fue justamente intentar combinar democracia y modernización bajo sistemas totalitarios. Es decir apostaron el todo para jugar al duro y sin guante en el marco competitivo y bipolar de la Guerra Fría, por lo que tuvieron que sacrificar el elemento democrático hacia adentro mientras aplicaron una modernizacion extensiva hacia fuera, mientras el Occidente sacrificó cínicamente el componennte democrático en sus áreas de influencias y aplicó una modernización intensiva hacia adentro basados en los dispositivos políticos tradicionales del liberalismo y la socialdemocracia.

Es decir no pasaron estas naciones, naufragando entonces en la bancarrota contractual del campo socialista, del comunismo al capitalismo, sino que transitaron con lo mejor que se podía -o lograron- transitar en esa coyuntura única desde una época histórica que se ciñe entre el 45 y el 89 bajo el manto férreo de la Guerra Fría hacia una nueva época marcada decisivamnete por la globalización la cual funciona bajo una dinámica capitalista dominante. La misma dinámica que ha sido dominante desde hace más de 500 años en la mayor parte del planeta en tanto proyecto e imaginario social. El socialismo de Estado, o el campo socialista no se opuso a este proyecto de imaginación y reproducción de las sociedades, sino que lo reafirmó en un marco de competencia intersistémica concertada durante casi medio siglo, y además permitió que las sociedades capitalistas fortalecieran su vínculo con el otro gran proyecto de imaginación y producción societal que ha existido en la modernidad: la democracia.

El hecho de que la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que viven en el hemisferio occidental y en sus áreas de influencias asocien imaginativamente el capitalismo con la democracia no es en primer lugar debido a una estratagema de la CIA y los guiones de Hollywood, es un triunfo otorgado de antemano por los resultados de la Guerra Fría. Es la resistencia de las propias sociedades, de los múltiples movimientos sociales y contestaciones críticas emergentes a la extrema ideologización de antaño, y la plataforma para una posible reconstrucción del espacio-nación en el horizonte del mercado global a través del consenso. Pero también la resignación de los grupos intelectuales y las fuerzas politicas que integran estas mismas sociedades a pensar en gran medida la reconstrucción del espacio-nación en términos postsocialistas y postcapitalistas.

Por tanto, esa otrora llamada transición democrática fue una transición efectiva no solo hacia la democracia sino también las mostró con una luz enceguecedora al proscenio de la globalización y el neoliberalismo. Esto sin dudas, generó un cambio profundo en esas naciones y múltiples contradicciones y de paso reestructuró la imaginación política de la sociedad global. Dicha reestructuración esta asociada a la inoperancia de la antítesis sistémica socialismo- capitalismo en una nueva reconfiguración de lo global donde no solamente se expiró el contrato geopolítico de la Guerra Fría sino que emergió con todas sus fuerzas todo el caudal que había elaborado tanto la nueva izquierda y el campo intelectual transnacional en torno a la primacía de lo cultural en la producción de nuevas formas de subjetividad una vez que esa misma nueva izquierda internacional cayó en la cuenta de que no todos los caminos conducían a Moscú pero tampoco a Beijing; y en una reconfiguración de lo local cuyo refente no va a ser siempre el Estado nación moderno y su correlato ideológico, sino su inserción en la sociedad global sobre la base de cómo operan en cada una de ellas los cambios tecnológicos y los conflictos culturales. Curiosamente la única manera de que estos presupuestos de la globalización, a saber, la relevancia de lo cultural a través de lo tecnológico y viceversa, la trasnacionalización cultural de los saberes y de los códigos culturales, enquistados otrora en modernidades nacionales y regionales, y la globalización de los mercados y de las comunicaciones a través de las transferencias tecnológicas a nivel mundial, tengan una realización total sólo es posible en una época donde la ideología no ha llegado a su fin y la historia tiene un nuevo comienzo. Lo que llegó a su fin es la imposibilidad de imaginar globalmente el socialismo como espacio realizativo o utópico en los términos de la Guerra Fría. La Historia es así, un reservorio ya interpretado de referentes que pueden actuar si son adaptables a condiciones específicas acorde con las necesidades de rearticular en cada caso lo local y lo global a través de la primacía de lo cultural, y la Ideología es un campo de batalla discursiva semántica de las culturas donde los agentes y comunidades de esa Historia no quieren reeditar viejas contiendas y antítesis necesariamente, sino articular lo local y lo global sobre la base de su adaptación e refuncionalización de los cambios tecnológicos. Pero aquí ya la ideología no es un punto de partida, y la historia un punto de llegada. La ideología es una herramienta agonística puesta en función de la cultura, y la historia continúa jugando a favor de sus agentes, en el marco de las comunidades, las múltiples redes y movimientos e incluso los gobiernos como un campo semántico vasto pero cerrado de legitimación y (re)interpretación de las ideologías.

Decir que Bulgaria pasó simplemente del socialismo al capitalismo a través de una transición democrática orquestada por la CIA y el imperialismo norteamericano es algo tan increíble como aspirar a que Portugal salga de la crisis por sus propios medios. Portugal o cualquier país.

Una de las problemáticas más candentes y urgentes que tiene en sus manos cualquier ciudadano cubano, o cualquier iniciativa ciudadana convertida en proyecto, grupo, asociación, espacio permanente o temporal de debate es tematizar los fundamentos que han sostenido medio siglo y la crisis sistémica que ha vivido el país en los últimos 20 años. Tematizar los fundamentos y la crisis de esos fundamentos de un proyecto social que está –querámoslo o no, creámoslo o no- en la boca del abismo ha sido el via crucis de la sociedad cubana. Por alguna razón la mayoría de los cubanos de la isla han caído en la cuenta de que la cosa política, es decir la república no va por buen camino, y se han dado la oportunidad entonces de pronunciarse en el mundo de la política: levantando sospechas por doquier, matizando y relativizando el balance axiológico de los aciertos y desaciertos de una proyecto social de larga duración; cuestionando los presupuestos ideológicos que sostenía la consistencia simbólica de la RC, pero también las leyes escritas y no escritas que emanan del poder; estableciendo comparaciones y evaluaciones entre el adentro y el afuera, y entre el abajo y el arriba; señalando con el dedo los millares de errores y , murmurando o gritando a viva voz eventualmente las farsas y a los farsantes, denunciando la impunidad que gozaban y gozan los detentadores del poder en todos los niveles, instituyendo proyectos diversos al interior de una sociedad que hasta el otro día se autopercibía como trinchera ideológica frente al imperialismo norteamericano, abriendo millares de blogs que desde la poesía hasta el ensayo filósofico o político han transformado la delgada línea de las redes sociales de Internet en la Isla.

Quien albergue la creencia de que la Revolución Cubana reverdecerá (o enrojecerá) de sus propias cenizas –acumuladas durante los dos últimos decenios o se esta engañando a sí mismo –o pretende engañar a otros- o sencillamente está haciendo el ridículo. En todo caso, lo que puede albergar es la esperanza de que la sociedad cubana bajo el actual esquema reformista de actualización encuentro un punto de estabilidad en medio de la crisis con el costo político y económico que eso implica: agravamiento de las desafíos geopolíticos de la nación, creciente represión policial a los disidentes y devastación progresiva de la economía: en resumidas cuentas, administrar el desastre. Y esa débil esperanza, sin dudas, precisa de poco tiempo si no se quiere atravesar la delgada línea entre la inocencia y el cinismo, para convertirse en una falsa esperanza. La política exterior, la política económica y la gobernabilidad interna del país son las tres variables que hacen evidente el estrepitoso declive de la sociedad cubana.