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Por Daniel Santos Consuegra

Es sabido que en nuestra sociedad, la ideología en casi cualquier punto del espacio social nunca va a ser como tirar la piedra en un pozo ciego; los oídos se despertarán y habrá quizás una respuesta que apunte hacia lo que uno cree o experimenta afectivameente frente al concepto, frente a una noción que ha calado como significante activo –siempre nos dice algo,  aun cuando no nos “diga nada”-  en el entramado social de la nación cubana: en el conjunto de prácticas y relaciones sociales vinculadas a este concepto a lo largo del último medio siglo. Vivimos en una sociedad ideologizada y no politizada. Es decir, no opera sino la ideologización del espacio público bajo un discurso oficial básicamente unidimensional, polarizante y centralizado de acuerdo con lo que en la “alta política” del país significa estar de común acuerdo con la línea ideológica, del Partido. Por el contrario, la politización de una sociedad, produce inmediatamente un proceso de explícitación de las múltiples tendencias ideológicas y políticas como también las posiciones filosóficas y culturales de los distintos sujetos y grupos que efectivamente tienen capacidad de intervención en el espacio político y en el espacio público para el despliegue lúcido de la actividad política de la sociedad.

La ideologización de una sociedad, incluso cuando como proceso sea totalmente una instrumentalización del espacio social (donde se estructura la distribución y reproducción de los distintos grupos e individuos a partir de sus diferencias sociales) y del espacio público (la esfera instituida e instituyente de la sociedad donde se articula el diálogo de los individuos y de los grupos de la sociedad) no se caracteriza necesariamente por una “ideología viva”. En este sentido Althusser tenía mucha razón, la ideología es “eterna”, lo decisivo en ella es que funcione. La ideología del marxismo-leninismo que es la amparada por la Constitución Cubana es una ideología arcaica, totalmente rebatida no sólo por la experiecia teórica sino por la misma praxis histórica.

Las marcas discursivas de construcción de sentido más corrientes con las que se ha identificado la noción de ideología en la sociedad cubana se pueden encontrar básicamente en seis topologías de la política revolucionaria:

  1. la instalación de la ideología marxista-leninista acorde con la concepción soviética del marxismo-leninismo como doctrina de legitimación del sistema político y fundamento de  la Constitución de la República y fundamento de la política cultural y educativa de la sociedad cubana;
  2. el trabajo político-ideológico (TPI), como el conjunto de prácticas, valores normativas, creencias y hábitos que desarrolla la política estatal- gubernamental-partidista acorde con los principios rectores de la sociedad socialista;
  3. el lugar administrativo del Ideológico en cada comité, en cada organización, desde la base hasta el espacio central de la estructura gubernamental, el cual se garantiza a través de los mecanismos de profesionalización de la política en la formación de los cuadros administrativos y directivos a partir del personal que la política selectiva del Estado sustrae y gestiona de la sociedad;
  4. el reforzamiento de la ideología y la formación ideológica de las nuevas generaciones en tanto prácticas habituales y selectivas del trabajo político-ideológico como respuestas defensivas frente a cualquier apertura o punto de fuga del cerco hermético del marxismo-leninismo como ideología central y únicamente legítima en el espacio político-público de la sociedad cubana.
  5. la implementación del concepto de ideología como lugar discursivo-hermenéutico de confrontación a partir de binomios antitéticos como ideología revolucionaria/ ideología contrarrevolucionaria, o ideología proletaria/ ideología burguesa, humanismo burgués/humanismo proletario etc. Ver también enfáticamente la inversión mediática de carteles, editoriales, spots publicitarios, consignas, extractos de fragmentos “históricos”, etc, que se han implementado desde los mecanismos de TPI en medio siglo de Revolución;
  6. la marcación del diversionismo ideológico o desviación ideológica con la  presencia o latencia de “sospechosas debilidades” o “problemas ideológicos” en sujetos o en determinados grupos de la sociedad, como ritualización del trabajo político-ideológico de los cuadros del Estado-Gobierno-Partido y agencia de parametración, marginalización o criminalización de tales sujetos o grupos . Tal ritualización ideológica, como puesta en escena de los dispositivos reproductores, divulgadores y protectores de la ideología del Estado generó una fetichización de la ideología que implicaba, en cada caso, condenaciones moralizantes: símbolos extranjerizantes asociados a la cultura y modas del capitalismo norteamericno, amaneramiento de la gestos sospechosas de orientación homosexual, el docentismo como signo de “apatía política”, tenencia de familiares en el extranjero o tenencia de dólares (antes de los 90´), etc…

Los cubanos sabemos localizar estos lugares de la ideología con cierta destreza –una vz que vivimos tambiéen su cotidianidad pedestre con cierta sorna, mientras no nos salpique su barro-; son los espacios que sobredeterminan la esfera pública como espacio de la “política en serio”.  Son espacios marcados por la autoridad sin autorización – a quien se le entiende “clarito clarito”-, y por el político sin hacer política –quien habla desde un discurso preconstruido con frases y gestos que suponen una carga simbólica precomprendida.  

Sin embargo, cuantas veces se escucha decir que la vida cotidiana de los cubanos está muy politizada por la actividad propagandística del Partido en los medios, en  la escuela, y en el resto de los espacios sociales, siempre existe la posibilidad de girar el concepto de la política hacia la ideología. Y esclarecer su relación en el marco de las realidades concretas atendeiendo a lo que designa cada uno de los conceptos y su relación dialéctica. Al mismo tiempo esclarecer que la ideologización no coincide con la politización.

Sin dudas hay una relación, pero evidentemente no son idénticos. La ideología designa una función simbólica y no epistemológica en la forma y formación de concepciones del mundo (Weltanschauungen) que penetran en la vida práctica de los hombres y son capaces de animar e inspirar su praxis social. La política, por el contario, designa la actividad global de la institución de la sociedad: su producción y reproducción como actividad enteramente llevada a cabo por los sujetos. De ahí que la ideología, la cual no genera verdad sino que consiste en un mecanismo de legitimación de lo existente no coincide con la política como actividad global de lasociedad. No es lo mismo, ni debe confundirse la ideologización de una sociedad con su necesaria politización.

Es posible que una sociedad politizada, a saber, una sociedad donde la concientización política por parte de los sujetos que la constituyen son condiciones explícitas de posibilidad para que la actividad de la política (instituir una sociedad posible y deseable) sea efectivamente una actividad global lúcidamente ejercida por todos sea el marco propicio múltiple de la expresión de las ideologías y de su confrontación explícita en el espacio público.  Por el contrario, una sociedad donde prima la sobredeterminación de una ideología sobre la actividad global de la política conduce a la ideologización de la vida social y a la depreciación del quehacer político de la misma sociedad. ¡Ojalá la sociedad cubana estuviese viviendo un proceso ampliado de politización!

Por otro lado, la prioridad discursiva que tiene la noción de ideología en los informes, resoluciones, convocatorias y otros documentos básicos que rigen la sociedad cubana no es algo casual, tiene que ver con el desarrollo de la praxis socialista en la historia más reciente del mundo, el papel central que dentro del debate marxista y la práctica socialista ha desempeñado históricamente la ideología: un discurso autorreferencial en el seno del marxismo y el socialismo, donde la ideología es un concepto que no renuncia a la totalización, pero si al diálogo explícito consigo misma y con la diferencia.

La ideología es un producto de la subjetividad, que al mismo tiempo produce subjetividad. Consiste también en una producción imaginaria que genera realidades entre los sujetos, las cuales que se manifiestan en tres planos fundamentales de la vida social: en el plano de las representaciones, las enunciaciones y los comportamientos. Pero aún así tiene una autonomía relativa respecto respecto a la política y también a la cultura.

Althusser –representante del estructuralismo maxista francés- le discutía a Marx su concepto de ideología. La discusión era en principio muy simple: ciertamente la ideología es falsa consciencia que tiende a confundir las ideas con los hechos duros de la realidad: es la producción de una realidad imaginaria e inconsciente que precisa de crítica porque justifica la realidad del presente con sus estructuras de dominación. Pero no se opone a la ciencia como productora de verdad fuera de la ideología porque la ciencia misma cualquiera que ella sea también es ideológica. Al mismo tiempo, afirmaba con respecto a una reformulación psicoanalítica del concepto de ideología: es una producción inconsciente que genera efectos de verdad en los saberes que ejerce el sujeto. Y situaba una pregunta esencial: ¿Por qué los hombres “necesitan” esta transposición imaginaria de sus condiciones reales de existencia para “representarse” sus condiciones de existencia reales? O sea, ¿por qué los hombres necesitan aparentemente del “autoengaño” para realmente vivir?

Althusser comprende con Marx que la realidad es producción de realidad, pero al contrario de Marx que enfatiza que la producción de realidad es básicamente producción económica, se distanciará, influenciado también por una apropiación interpretativa desde el psicoanálisis, para decirnos que la realidad es también y de manera más esencial producción de deseo, y por tanto, producción de símbolos y fetiches.

En este sentido, si bien hay que esclarecer siempre los lazos que articulan y separan dialécticamente el conceto de ideología con el de política, cultura y ciencia, también deberíamos tener en cuenta su relación con la utopía. Es sintomático que la época donde se acentuó la idea del fin de las ideologías vino acompañada con la idea del fin de las utopías.

La ideología y la utopía son las caras de una misma moneda en relación con la Historia. Si la ideología se articula a partir de mecanismos de representación y legitimación que aseguran el lazo social y la certidumbre sin riesgos insalvables respect a la existencia personal contra el abismo insondable de lo Real, la utopía es la compensación psicosocial y el horizonte precursor de resolución frente a los mecanismos de dominación y totalización que instaura siempre la ideología.

La utopía es una crítica de la ideología dominante en la medida en que es una reconstrucción de la sociedad presente, mediante una proyección precursora de sus estructuras y sus mecanismos en un discurso donde resalta la instancia creadora de la imaginación social y una noción productiva del deseo. Por tanto, se diferencia de la ideología, que es siempre una expresión totalizadora de la realidad dada y su justificación ideal.

Es maravillosa y portadora de un sentido profundo la dimensión activa que adquiere la imaginación justamente por el costado de la utopía. La utopía, sin embargo, que siempre apunta hacia el futuro con aires de renovación, no sólo es la signatura de la esperanza en el corazón soñador del hombre, sino que también es la memoria activa en el presente de la promesa política de la transformación social: ¡hagámosla realidad!