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Por Daniel Santos Consuegra

Hoy día, en medio de un debate público sobre la nación cubana nuestra sociedad debe estar más cerca de la capacidad de regenerar los tejidos y capilares de su movilización política y su conciencia frente a los urgentes y básicos problemas que enfrentamos. No se trata de un debate público sólo sobre los errores y silencios del pasado, los desafíos del presente y las perspectivas del futuro inmediato: se trata de un debate que tiende a ser más efectivo para que la sociedad gane una conciencia política y cívica que sensibilice a la mayoría de sus miembros con respecto a los problemas que enfrenta en su vida cotidiana.

Este grado de sensibilidad política que consiste en la conexión orgánica de los problemas centrales del quehacer político de la sociedad cubana con la vida cotidiana debe profundizarse hasta el punto en que sea posible para desarrollar los cambios que necesita la sociedad para salir de la crisis sistémica en la que se encuentra desde hace aproximadamente dos décadas. Es evidente que la única manera que puede viabilizarse tal conexión para tal sensibilización política del cubano de a pie con respecto a los problemas que enfrenta en la vida cotidiana es a través de una descentralización y desburocratización de la vida política del país en manos de una minoría representativa que ocupan los cargos centrales del Estado, el Partido y el Gobierno.

Esa descentralización significa en primera instancia democratización: democratización de la sociedad cubana que sería la principal batalla que tiene ganar el pueblo cubano para el desarrollo propio de relaciones que no estén infestadas por la desconfianza, la verticalización de las decisiones políticas y económicas, los tabúes y los temores que han insuflado durante muchísimo tiempo la desmovilización de la inmensa mayoría de los miembros de nuestra sociedad.

¿Pero será posible la democratización en la Cuba actual? ¿Quién la impulsará y cómo se permitirá tal cosa?

Los cubanos de a pie, los intelectuales, los profesionales, trabajadores y campesinos que luchan a brazo partido cada día por su suprevivencia se encuentran como sociedad en un proceso intermedio de movilización y desmovilización, de politización y despolitización generado por una mezcla de incertidumbre y esperanza que no les deja ver hacia delante. Tal incertidumbre nace de la permanencia de un esquema de polarización ideológica que funciona hacia el interior y el exterior de la sociedad cubana dividiendo a la sociedad cubana en dos frentes: el frente de los apologistas y el frente de los detractores de la Revolución Cubana. La inmensa mayoría de los textos, editoriales, polémicas, debates, diatribas, ensayos, discursos, conferencias que se producen en torno a la realidad cubana comportan la medida de este horizonte bipolar de afectos que sólo es funcional para la reactivación de este esquema maniqueísta de polarización ideológica que obliga a conceder previamente credenciales de seguridad y despeje de sospechas y acusaciones, antes que centrarse en lo fundamental: desarrollar una visión efectivamente plena de realismo utópico y capacidad analítica en torno a las condiciones actuales de la sociedad con propuestas de corto, mediano y largo alcance para su desarrollo. El cubano de a pie, por supuesto, por muy poco informado que esté con respecto a cómo funcionan las adhesiones y militancias en ambos frentes, percibe que no tiene absolutamente nada que hacer en medio de ese esquema. En primer lugar, porque no tiene absolutamente nada que ver con el acto continuo y crudo de la supervivencia económica y con la vida cotidiana. En segundo lugar, porque sabe perfectamente los riesgos que dentro de Cuba supone articular la palabra –sobre todo si es palabra crítica dicha públicamente- y que alguien ya preparado de antemano en los servicios de censura y hermenéutica política, lo clasifique automáticamente en un polo o en otro. Estos riesgos, que son infinitos, la inmensa mayoría no están dispuestos a correrlos. Por evidentes razones: se tiene idea de cuáles son los riesgos a correr porque son sabidos en el mismo ámbito de la vida pública de este país. No puedes entrar a centros laborales estatales como empleado. Es bastante seguro que no te den licencias para que te emplees en el sector privado aunque sea con un timbiriche de mala muerte vendiendo frituras antiecológicas con aceite requemado. Se te pueden negar permisos de salidas al exterior si pretendes salir legalmente del país temporal o definitivamente. Te crean un expediente político pedestre en el CDR y las demás organizaciones sociales de manera que no eres “bien visto” en tu barrio. Además, estas y otras desgracias se mueven en un marco de sospecha e incertidumbre porque nadie da la cara. Pero todos sabemos que son los órganos de la Seguridad del Estado con sus tentáculos que atraviesan toda una sociedad fragmentada y cautiva.

Por supuesto este esquema de polarización ideológica que ha generado el Gobierno Cubano gracias a los buenos servicios brindados por la excelente política estadounidense en medio siglo rinde buenos dividendos para ambos: el gobierno cubano puede ejercer su soberanía sobre una sociedad cautiva, mientras los miembros de esta última son asfixiados económicamente condenados a la lucha por la supervivencia económica bajo un marco de extorsión política doble. Es por la existencia silenciosa de un marco de doble extorsión política que nadie quitará el bloqueo.

Me sorprende que nadie haga mención a este hecho. La miopía política de la oposición cubana del exilio es proverbial. Se habla una y otra vez sobre la necesidad de eliminar el bloqueo por los dividendos económicos, pero los dividendos políticos ¿quién los ha contabilizado?

Por otra parte mientras exista un marco de identificación de nación, socialismo, revolución y liderazgo histórico, no habrá democratización. Todos sabemos que esta identificación es totalmente arbitraria. Es de hecho una totalidad imaginaria que legitima el poder político del liderazgo cincuentenario existente. Puesto que en principio la nación es el espacio político de reconocimiento de una ciudadanía natural: si dos millones de cubanos se encuentran fuera de Cuba sin derecho de ciudadanía; si potencialmente cada cubano que emigra pierde sus derechos de ciudadanía o le son confiscados arbitrariamente una porción de ellos; si dentro de nuestra nación no existe un espacio de reconomiento político como ciudadanos para aquellos que legítimamente intenten articular públicamente una expresión política: entonces la nación prácticamente no existe.

Esta identificación patria-nación-socialismo-revolución-partido debe concluir definitivamente. Y si tal identificación es la condición de posibilidad del actual sistema político cubano, si es la condición de la existencia del PCC, si es la condición de existencia de la Revolución Cubana, entonces el sistema político cubano tiene que cambiar radicalmente hacia su democratización, el partido tiene que permitir la existencia de otras expresiones políticas e ideológicas en un ámbito de igualdad de condiciones, y la Revolución Cubana tiene que reconocerse como lo que siempre ha sido en Cuba: un principio y un movimiento: el movimiento de transformación de la sociedad misma por la independencia política, la justicia social y el desarrollo económico.

Terminaré con varias preguntas: ¿El hecho de que yo sea liberal –tradición de más de dos siglos en Cuba- me identifica automáticamente con el capitalismo transnacional neoliberal y el Gobierno Norteamericano? ¿El hecho de que yo sea socialdemócrata, anarquista o demócrata-cristiano me pone en contra de mi sociedad que supuestamente se orienta por los principios elevados del socialismo marxista-leninista? ¿No se supone que si el marxismo-leninismo –una de las mil versiones y revisiones del marxismo- es la ideología más elevada se encuentre entonces más preparada para debatir, replicar, confrontar con las demás ideologías? ¿cómo se explicaría lógicamente que si el PCC es la expresión política del marxismo-leninismo sea capaz de erigirse constitucionalmente en la representación política y también la vanguardia política de toda la nación cubana? ¿Sólo porque hay tres o cuatro creyentes en el Parlamento? ¿Estamos hablando de una ficción teatral renacentista o de una sociedad real donde existen en carne y sangre más de once millones de habitantes?