Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,


Por Marcelo “Liberato” Salinas

“El choque ocurrido hace casi un mes días en la capital entre un tren de carga y uno de pasajeros como consecuencia del incumplimiento de una orden de vía por parte del primero, hace necesario reflexionar sobre la importancia de la seguridad ferroviaria”. Así comenzó un artículo publicado por el periódico Granma el 9 de diciembre titulado Seguridad ferroviaria. Tenerla siempre de tripulante, de la periodista Maylin Guerrero Ocaña.

Canasi 1 MayabequeLa sostenida inversión que viene llevando a cabo el Estado cubano para reactivar el sistema ferroviario nacional es un hecho ampliamente aceptado por la sociedad, como parte de un proceso de recuperación de las redes de comunicación en el país que es de gran utilidad para la interconexión interna, ahorrando cuantiosos recursos que se pierden con el sistema de transporte de cargas por carretera y en ausencia de una clara voluntad estatal de evitar el transporte marítimo de cabotaje, que puede servir como potencial vehículo de otra crisis migratoria de grandes proporciones en el país.

El problema con que viene chocando este proyecto de recuperación ferroviaria en Cuba, y todo el proceso de “actualización del modelo económico” en general es la ausencia de un sujeto laboral que viabilice este proceso en la práctica cotidiana y no en documentos. La clase tecno-burocrática militar en Cuba puede diseñar hasta los más mínimos detalles un proceso de inversión modernizadora, pero no puede volver a contar con el inmenso espíritu de sacrificio y sentido social que primó entre grandes sectores de trabajadores cubanos hasta los inicios de los años 90, ni tampoco con el stock de personal directivo de notable cualificación que floreció en los 70 y 80, el cual fue sustituido por la plaga de jóvenes arribistas y consumistas, admiradores de las glorias de sus mayores, que nos dejó de regalo el “comandante en jefe” antes de retirarse.

Canasi 2 MayabequeLo que hasta hace unos 15 años atrás se podía entender como los “planes de la revolución que de mil maneras beneficiarían al pueblo cubano”, en la actualidad, ni con hechos tan evidentemente favorables para toda la sociedad como la recuperación ferroviaria, las élites locales logran la “respuesta productiva adecuada” del mundo laboral cubano. Es en este contexto donde es útil, para reactivar una perspectiva social libertaria en Cuba, visibilizar el ingente esfuerzo de reconversión conceptual, con el que los intelectuales orgánicos del Estado cubano están acompañando la actual reconversión productiva, y avizorar las posibles salidas a ese proceso.

El secuestro del debate público popular que ejerce el monopolio mediático sobre la búsqueda de soluciones a la evidente crisis del capitalismo estatal cubano, tiene un efecto que se evidencia sobre todo en la imposición de la idea de que la capacidad de la burocracia de llamarse a sí misma y a la sociedad al “orden y disciplina” puede ser la solución a los problemas que la propia burocracia ha generado. Según este programa social, nuestros problemas vienen de la falta de mandato y subordinación, y nuestro destino, por tanto, no puede ser otro que tomar conciencia de tan dañino déficit. Para eso nuestros príncipes revolucionarios necesitan algo que la periodista Maylin Guerrero Ocaña ha tenido el genial acierto de definir como nuestra PARTICIPACIÓN INCONDICIONAL en los planes que han diseñado nuestros benéficos patronos para que los trabajadores lo habitemos.

Para aquellas sensibilidades progresistas que se han configurado en los últimos años, este concepto puede sonar a un contradictorio contrasentido y pasar como otra de las falacias de turno con que se blinda el desorden global y local imperante. Pero el concepto de participación “incondicional” puede ser visto también como una contribución especifica de una tecno burocracia como la cubana, hoy a la vanguardia del actual progresismo burgués antiimperialista latinoamericano, con un frente de contestación anticapitalista interno excepcionalmente débil, lo que le ha permitido radicalizar y deshacerse del maquillaje con que ha sido engalanado el concepto de participación, una de las herramientas discursivas mas socorridas por los estados democráticos y el capital global, para cooptar y reintegrar a su hegemonía la contestación radical que ha emergido en la última década, frente al potencial anti sistémico global que nació en Seattle ’99.

orozco 1 pinar del rioEn nuestro contexto particular “participar” se le puede encontrar como solicitud social y como convocatoria institucional en documentos del PCC, en las tristes reuniones de los Comités de Defensa de la Revolución, en los antidemocráticos procesos de demolición social y productiva de centrales azucareros, o en el accionar de una empresa de capitalismo inmobiliario filantrópico como Habaguanex. Mas allá de ser ciertas o no tales invitaciones, algo importante aquí es precisar si son posibles o no la concreción de estos convites.

Organizaciones sociales desarmadas y maniatadas por una disciplina jerárquica, como la que posee el Partido Comunista cubano o los CDR, no necesitan de la participación de sus militantes y afiliados para ser perfeccionada, sino simplemente que sus afiliados desaparezcan, dejando lugar a la virtualidad de organizaciones que sólo existen en la retórica. La destrucción de zonas azucareras enteras, como la ocurrida en los últimos años, no precisa del involucramiento participativo de los trabajadores del sector, sino su reconversión forzosa en nuevos peones de otros planes, igualmente diseñados por otros. La transformación de un popular tugurio centenario como la Habana Vieja en una zona controlada por los intereses del capital inmobiliario y turístico no necesita de la participación comunitaria local, a no ser que sea como un componente más de una escenografía verista, planificada al estilo del “Show de Truman”.

Participar en el proceso de colonización sistemática sobre la vida cotidiana que llevan a cabo los Estados y el Capital, es una exigencia de fondo que se nos está haciendo en todos lados, como ya ha señalado desde España nuestro compañero Miguel Amorós. Solicitar más participación en la mejora de la gestión del desastre que genera un mundo parasitado por sus “dueños”, es la demanda más común en todos lados. Ese juego de exigencias y solicitudes entre los que dan y los que piden, en una sociedad como la nuestra, magistralmente sincronizada a su maquinaria estatal, ha dado lugar a la más tóxica de las participaciones: la incondicional.

Los días universales que corren, nos están transmitiendo un viejo mensaje a contrapelo de todo lo que nos han dicho los viejos materialistas: los conceptos que usamos, nos usan a nosotros. Así como ahora mismo se está desinflando la santa ilusión del 15M de que la “más activa participación ciudadana en la democracia” podía hacer tambalear el capitalismo, el llamado de atención en la vía a los ferroviarios, de que su participación debe ser incondicional, nos está diciendo que ese concepto se está hundiendo con nosotros dentro.

Es inquietante y esclarecedor recordar que fue en los ámbitos ferroviarios donde la ofensiva neoliberal de las elites inglesas se ensayó de manera más temprana y, a pesar las marcadas diferencias en los procederes de conducción patronal-estatal en el manejo del capital humano, los efectos son los mismos que estamos viendo acá: progresión en los accidentes laborales, mayor desinterés de los trabajadores en el resultado global de su trabajo, y descenso en la calidad del servicio, lo cual puede ser constatado en una película como La cuadrilla. Historias en la vía, de Kenneth Loach. Y en ambos escenarios, la exigencia patronal ha ido por los mismos carriles: participación incondicional y disciplina.

Así como “participar” en los planes de los Estados y el Capital no significa mayor capacidad de los colectivos y los individuos sobre la gestión de sus vidas, ser minoría en la contestación autónoma, frente a la colonización de la vida cotidiana de los Estados y el Capital, no significa estar “aislados”. No ser un incondicional a los intereses del estado “revolucionario”, no significa ser contra-revolucionario. Y de lo que se trata es de sostener el horizonte de la autonomía organizativa, la identidad popular y proletaria, y la revolución social en el accionar cotidiano, justo cuando está siendo vergonzosamente abandonado por los “ex”, y coherentemente impugnado por los “anti” de nueva y vieja data. Todos ellos, ex revolucionarios y anti revolucionarios, inevitablemente encontrarán todo lo que de común tienen. Nosotros debemos hacerlo también.

Anuncios