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Por Isbel Díaz Torres

Mario Castillo

Mario Castillo durante la marcha del 1º de mayo de 2010.

Lo más triste fue ver cómo se llevaban a Mario Castillo esposado. Pero a la vez, fue lo más hermoso: ver su rostro firme, sin odio para los hombres que no sabían comprenderlo.

Ayer unas 17 personas leímos poesía en un bar de una esquina de la Habana Vieja. Uno de esos bares pobres que no están en las “Rutas y Andares” que diseña la oficina del historiador de la ciudad. La lectura, promovida por el Observatorio Crítico en saludo al Festival Poesía sin Fin, fue hermosa.

Mario, mi hermano, improvisó unos bellos versos con voz de reguetón y espíritu libertario. Daisy leyó “El burócrata” de Roque Dalton. Marfrey trajo sus propios poemas, que impactaron a todos.

Todo eso, con el cuidado de estar correctamente sentados, cuatro personas por mesa, como nos pidió en varias ocasiones el suspicaz pero amable administrador del local. Todo eso, cumpliendo el deber de consumir (beber ron) para que nos dejaran leer poesía allí.

Cerca de las 6pm salimos del bar, pues algunos queríamos terminar la jornada viendo el anochecer en el malecón.

Nos despedíamos en la acera cuando un hermoso y joven policía vino a pedirnos la documentación. Sin ánimos de enfrentamiento, entregamos nuestros carnés de identidad, pero Mario había perdido el suyo. Ahí comenzó la segunda parte de nuestra jornada.

Al agente le informaron (no se sabe quién) que nosotros estábamos teniendo una “conversación no autorizada”. Además, según el inexperto muchacho, las personas no cubanas estaban violando la ley, al consumir en un establecimiento no diseñado para turistas.

Por supuesto, era estéril explicar que los compañeros que nos visitan no tienen dinero para pagar el consumo en un “establecimiento para turistas”.

El agente ni siquiera pidió la documentación a todos. Ya cuando tuvo a uno indocumentado, se dio por satisfecho, y llamó a la patrulla para que viniera a llevárselo a la estación policial. El resto de la gente nos quedamos en la misma esquina, acompañando a Mario, espera que demoró dos horas.

Durante ese tiempo, terminamos de beber lo que quedaba de ron, junto a Mario leímos un poco más de poesía, e incluso conversamos mucho con el agente, quien al cabo de una hora fue reemplazado por otro.

Este segundo policía me explicó que el anterior llevaba apenas unos días trabajando, que era muy inexperto. Llamó varias veces a la Unidad para cancelar el arresto de Mario, pero no aceptaron su pedido. En una de las ocasiones se le escuchó lamentarse diciendo “ay, Cuba… Cuba…”

A nuestro equipo se había sumado Javier, un vecino del lugar que durante la lectura sintió curiosidad por lo que hacíamos y atracción por el ron que bebíamos. Estuvo hasta el final con nosotros, dándonos recomendaciones de cómo lidiar con la policía.

La gente del Observatorio que no estaba allí también seguía los sucesos por teléfono, y hacían llamadas entre ellos recabando solidaridad.

Ya de noche llegó la patrulla. Después de dos horas conversando y riendo en la esquina con el agente, fue necesario no obstante cachear a Mario y esposarlo. Tal espectáculo ridículo y penoso, me llenaba de dolor. Uno de los jóvenes más honrados, sabios y revolucionarios que conozco, era tratado públicamente como un delincuente.

Caminamos a la estación de Dragones y Agramonte y allí esperamos, mientras una finísima lluvia nos rociaba a intervalos sin lograr mojarnos del todo. Durante más de dos horas Mario permaneció que en una celda, injustificadamente tras las rejas, a la espera de que le pusieran una simple multa.

Cada 20 minutos uno de nosotros, con persistencia, pedía información sobre nuestro compañero. Nunca fuimos atendidos en la entrada principal, en la carpeta que recibe a los ciudadanos, sino que debíamos tocar en una oscura puerta de hierro por un lateral de la estación.

Finalmente, Mario salió. Nos abrazamos y reímos mientras cada cual regresaba a su casa. Un simple arresto por estar indocumentado había dado un giro profundo a nuestra lectura poética.

Nuestra solidaridad fue puesta a prueba durante cuatro horas, y salió fortalecida. Fue un pequeño entrenamiento. Comprendimos que la poesía no es tan inofensiva como parece, cuando a veces algunos necesitan ponerla tras las rejas.

Publicado en Havana Times
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