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Por Félix Sautié Mederos

Crónicas cubanas

Hace algunos días decidí retar a las dificultades de mi andadura y me fui caminando hasta el jagüey que se alza en la esquina de las calles Morro y Colón, junto al parque en donde se encuentra el Memorial del Yate Granma, al fondo del Museo de La Revolución, antiguo Palacio Presidencial en La Habana Vieja, para participar en un sentido acto y una muy característica marcha desde allí hasta la explanada de la Punta frente a la entrada del Puerto, en donde en 1871 fueron fusilados los 8 Estudiantes de Medicina mártires criollos en época del Gobierno Colonial de España en Cuba.

En aquel lugar histórico de donde partió la sui géneris marcha con ritmos y participantes investidos de “diablitos” representativos de la tradición afro cubana, fueron masacrados hace 140 años cinco héroes anónimos negros y por demás ñáñigos, que trataron de rescatar a sus jóvenes hermanos blancos de la furia desatada entonces por los voluntarios integristas que en aquella época salían a las calles de La Habana para reprimir cualquier manifestación a favor de la libertad y la Independencia de Cuba.

Los iniciadores de esta convocatoria reivindicativa, reiterada desde hace algunos años, han sido y son un conjunto de asociaciones y entidades de nuevo tipo surgidas en las mismas entrañas del pueblo de a pie sin contar con el favor oficial, pero toleradas en su existencia institucional; además de la Sociedad Abakúa de Cuba que es una entidad de carácter religioso.

Me refiero muy en especial a la Cofradía de la Negritud, la Cátedra Haydeé Santamaría y la Red Protagónica Observatorio Crítico en las que se agrupan inquietudes, anhelos, ansias de justicia, proyectos comunitarios, reivindicaciones de género, de razas y de preferencias preteridas y subestimadas, que de conjunto han tomado la palabra sin pedir permiso a nadie en específico para plantear públicamente su pensamiento con el uso de los medios a su alcance y la complicidad de las nuevas tecnologías de la información.

Escribo sobre algo que además es posibilitado por los avances del Siglo XXI en los campos de la ciencia y la técnica de las comunicaciones, así como de las circunstancias de inflexión que estamos viviendo en Cuba.

Durante años los actos conmemorativos del crimen contra los ocho estudiantes de medicina en 1871, excluyeron y/o silenciaron a esas manifestaciones de enfrentamiento valientemente protagonizadas también por un grupo de esclavos que trabajaban entonces en la construcción del Palacio Aldama, ubicado junto al hoy Parque de la Fraternidad, así como a la acción organizada por los Abakúa a que me referí inicialmente.

Todos fueron masacrados pero sin que durante mucho tiempo se les considerada en la Historia, hasta que últimamente ha comenzado a tambalearse el rígido sentido de obra prefecta que presume de no equivocarse y que no ha admitido objeciones, ni críticas, ni criterios diferentes, que dio por resueltos todos los problemas de discriminación racial y que convirtió en tabú cualquier manifestación de su existencia.

Realmente hay que reconocer que durante el proceso sociopolítico cubano a partir de 1959 a la fecha, se han alcanzado importantes logros a favor de la igualdad de razas y en contra de la discriminación racial que imperaba en Cuba desde épocas de la esclavitud. Pero de ahí a que ya no existan serios problemas y tensiones de origen racial, hay verdaderamente un trecho que todavía queda por solucionar y que no debería ser negado por quienes se afanan en proclamar una perfección virtual que ha encubierto a empecinamientos, burocracias, prohibiciones absurdas, corrupciones, errores y excesos silenciados por el secretismo, la falta de libertades de conciencia, expresión y asociación así como los efectos controvertidos propios de la centralización excesiva de la sociedad y del espíritu de “plaza sitiada” que cada vez se han ido haciendo más extemporáneos e insostenibles.

Mientras escuchaba los discursos, las expresiones y canciones, algunas interpretadas con orgullo étnico en lenguas africanas que han sido trasmitidas inmemorialmente de padres a hijos con amor y preciosismo cultural; cubanos todos por derecho propio, que conforman una parte esencial del tronco en que se fundamenta nuestra identidad, nacionalidad y república, experimenté un torbellino de sentimientos que se adueñaron de mi conciencia, de mi pensamiento y de mi vocación de cronista de mi época, los que movieron el regreso a mi casa para escribir esta crónica con la finalidad de transmitirle a mis lectores lo que en aquellos lugares viví y experimenté con mis hermanos de identidad nacional a partir de sus intervenciones, ritmos, cantos así como bailes propios de una negritud y un mestizaje que marcan con fuerza y enriquecimiento la sangre cubana que corre por nuestras venas, roja para todos por igual.

Tampoco pude sustraerme de mis convicciones cristianas, revolucionarias y libertarias, ni de mis conceptos de la Teología de la Liberación asumidos académicamente y de manera práctica en mi peregrinaje tras las huellas de Jesús el de Nazaret. El Jesús que vivió junto a los excluidos y los pobres de su época, que resumió la Ley en solo dos mandamientos: amor de Dios y amor del prójimo como a uno mismo. Recordé también con mucha fuerza el planteamiento de Juan en su Primera Carta que expresa textualmente: “(…) quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios que no ve (…)” (1ra de Juan 4, 20).

En consecuencia, considero que constituye una genuina manifestación de justicia y de amor por la humanidad, el reconocimiento con la finalidad de solucionarlos y/o erradicarlos efectivamente, de los rezagos, tensiones subsistentes y problemas de discriminación por motivo de raza, sexo, religión o preferencias personales que aún se manifiestan en la sociedad cubana de hoy, dejando a un lado a ese “rígido sentido de obra perfecta” que algunos se afanan en proclamar situándonos por encima de los demás países del mundo que según ellos deberían imitarnos.

Así lo pienso, y así lo afirmo con mis sentimientos a favor de las acciones afirmativas en pro de la dignidad y los derechos humanos que nos unen a todos sin excepción de ninguna índole.

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