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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Ya va diluyéndose en el olvido temporal una polémica que, por momentos, pareció ardiente. Me refiero a las opiniones apasionadas que se vertieron a raíz de una Mesa Redonda, hará una o dos semanas, en la que se criticó duramente ciertas manifestaciones que pretenden pasar por arte musical, y que resultan en un compendio de todo lo zafio, chabacano y denigrante para mujeres y hombres que se puede encontrar.

Comparto muchas de las opiniones que se han vertido con aires de disgusto sobre este tema, aunque no aquellas que llaman a la simple y llana censura; si no tuviera otras razones, bastaría con aquella que señala que el fruto prohibido es el más apetecido, así esté podrido. No servirá de mucho sacar de concurso un video que escaló posiciones siguiendo las reglas establecidas; esto no hará más que multiplicar su divulgación en mil medios alternativos.

Ahora, no es mi intención incrementar la diatriba contra el objeto de nuestras iras. Vamos a suponer que ya todos estamos más o menos enterados de por qué ciertas canciones de reguetón o de salsa o de otras modalidades, dan muy mala imagen de sus géneros específicos. Lo que quiero ahora es llamar a la coherencia luego de esta toma de conciencia. Sí, porque la utilidad de algunas reuniones y momentos de descarga contra la cosificación de las personas es limitada, y si se quiere de veras transformar una situación, diría Marx, hay que arremangarse y coger al toro por los cuernos.

¿Por qué estos productos han ocupado ciertos espacios tan a sus anchas? Sencillo, porque estaban vacíos, o débilmente cubiertos por el trabajo de las instituciones más culturosas. El adolescente, y también el adulto y el anciano, no siente suyo y apenas le llegan demasiado las manifestaciones artísticas de mayor elaboración y portadoras de mejores valores, pues vive en un solar donde estas otras instituciones no llegan, o en un barrio marginal donde la actividad recreativa más interesante es la de la pipa de ron, o incluso en un barrio no tan marginal pero igualmente escaso de verdaderas opciones.

El chupi-chupi y sus parientes se imponen porque son agresivos en un medio donde apenas encuentran oposición. ¿Se quiere cambiar el panorama? Pásese a la contraofensiva. Lleven a los muchachitos del solar dos violines, un arpa, un piano. Metafóricamente, claro: en la práctica, es seducirlos para que vayan a la casa de la cultura que tiene que quedarles a una o dos cuadras, atendiendo así a veinte solares. La institución los debe tentar, obviamente, también con las artes plásticas; con formas de desarrollo de sus capacidades narrativas orales o escritas; con las artes escénicas, y también (ya estoy delirando) con telescopios para mirar las estrellas de noche. Cualquier persona sensata añadirá aquí que esa arpa no es para sustituir o competir contra la rumba de cajón, sino para acompañarla o complementarla de la manera que otros tíos más listos que yo puedan imaginar. Un inicio de camino pudo haber sido la preparación de muchos instructores de Arte, pero de eso ha dejado de hablarse.

Cuando las personas, fundamentalmente los jóvenes, vean que pueden desarrollar su talento, por el placer de hacer algo a lo que le han encontrado el gusto, y que sienten que va mejorando a medida que lo sigue haciendo; que hay fuerzas sociales que les apoyan y estimulan a crecer, van a dejar de pensar -esperamos- que eso de la cultura no es lo suyo y se tornarán más refractarios -esperamos también- al producto detestable que se les ofrece como el apropiado para su ambiente, el populista, el chabacano, el que les denigra y les limita. Van a reconocer que tienen talentos y riquezas en los que no creían, y van a ver la miseria espiritual en que los sume la antigua opción. Si los niños son los que aprenden a tocar, a actuar, a pintar, a exponer un experimento científico interesante, los padres y abuelos irán a las funciones, a las exposiciones, a las ferias del conocimiento de sus vástagos, y algo se les va a pegar de este espíritu. Digo yo, que quiero creer en el mejoramiento humano.

Ah, pero todo eso es caro, estamos bloqueados por los yanquis, no hay recursos, ya tenemos bastante con la educación universal gratuita… Bueno, yo solo veo que esos que se autocalifican -¿autocríticos, eh?- como los asesinos de la música, como los animales, como las máquinas de hacer dinero, etc., no parecen detenerse ante estas dificultades, y van y ocupan esos espacios de la manera en que lo hacen, y sin resistencia. O se le pone lo que lleva, o seguiremos mucho, mucho tiempo, lamentándonos por el mismo problema.