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Por Diana Cordero y Aníbal Garzón Entrevista

1) A partir de lo aprobado por el VI Congreso del PCC en el pasado mes de Abril en Kaosenlared se publicado opiniones que podemos clasificar más o menos en dos grupos: aquellas que lo interpretan como un avance en dirección a lo que se denomina el socialismo del siglo XXI y otras que ponen en duda esas resoluciones porque entienden que no afectan cuestiones centrales en la estructura burocrática del estado. ¿Cuál es tu valoración?

Armando Chaguaceda durante el I Observatorio Crítico, en San José de las Lajas, abril del 2006.

Tu pregunta me recuerda aquella vieja leyenda indochina donde varios invidentes se encuentran con un elefante, que era un animal desconocido para ellos, y comienzan a palparlo para conocer sus formas. Para quien tocaba la cola el elefante era una serpiente, para otro era como un barril rugoso pues estaba palpando la pata y así sucesivamente…creo que todas las visiones parciales no permiten captar la esencia del cambio en curso que, a mi juicio, podría codificarse como una mutación de un modelo clásico de socialismo de estado -vigente por medio siglo en Cuba- a otro más cercano a las experiencias asiáticas. Modelo este último donde el mercado amplía su presencia sin que ello signifique una disminución drástica de la capacidad del estado (y de la burocracia en tanto estamento o grupo que lo controla) para imponer su agenda en áreas clave de la esfera económica (como la gran industria, el transporte y las comunicaciones) así como en otras vinculadas a la información, organización y orden públicos en las cuales su presencia –no así su eficacia- es cuasi monopólica.

Pero insisto en algo: con frecuencia caemos en visiones polares que ignoran, al defender la idea de equidad, los graves problemas del modelo anterior que hacían insostenible las modalidades de ciertas políticas sociales; o se asume -con entusiasmo infantil- los nuevos aires de cambio sin comprender que asistimos a una reformulación de la hegemonía estatal sin las correspondientes ampliaciones de derechos y participación populares. Yo creo que el gobierno de Raúl Castro sí quiere mejorar las condiciones de vida de la gente, quiere que se consuma más y mejor y que se eliminen restricciones absurdas, lo que no significa que vaya a ampliar el repertorio de libertades y derechos activos y, sobre todo, que  convierta en realidad la consigna de Poder Popular. Creo que la idea que subyace en estas reformas es que un país más próspero, con gente satisfecha, es más gobernable.

Como has mencionado el tan llevado y traído término “socialismo del siglo XXI” me veo obligado a hacer una precisión: si algo caracteriza dicho término es su capacidad de ser una suerte de “carrito de supermercado” –significante vacío le diría Ernesto Laclau- donde cada quien echa lo que considera de su interés promover, todo ello en medio de las luchas, polémicas y estrategias políticas en curso en la izquierda regional. Lo usamos los que defendemos una salida no autoritaria al neoliberalismo vigente por casi tres décadas y como respuesta a su carga de desigualdad social y erosión de las soberanías nacionales y populares. A menudo denominamos ese nuevo socialismo – lo digo a riesgo de encender otros debates, quizás poco fructíferos- un socialismo democrático, participativo, libertario, etc.

2) Siguiendo tus conceptos, habría otros u otras interesadas en usar ese “carrito de supermercado”

Sí, claro, también usufructúan el término los interesados en organizar aparatos estatales fuertes e interventores, aún en detrimento de la participación y autonomía de los sujetos populares, con la mira puesta en controlar la economía y el campo político nacional. Ello no sólo (ni fundamentalmente, al menos en los últimos tiempos) como respuesta a los grupos oligárquicos desplazados electoralmente del poder sino también como posicionamiento desde el estado frente a un magma de movimientos y demandas populares de los cuales no se espera ahora sólo apoyo sino que se exige, cada vez más, disciplina y encuadre.

En este sentido, creo que frecuentemente el debate adquiere (con la complicidad de cierta academia, algunos de cuyos exponentes publican en estas páginas de Kaosenlared) una dimensión normativa y abstracta que ignora la reedición, en estos nuevos escenarios postneoliberales, de fenómenos típicos del viejo socialismo estatista del siglo pasado, así como de las peores tradiciones del caudillismo y cesarismo hispanoamericanos. Es una mirada que ignora profundamente que la luchas populares y los cambios de referentes ideológicos -vinculados a ideas como emancipación, autogestión y autonomía- que impulsaron la innovación democrático-participativa (consejos gestores, presupuestos participativos, asambleas ciudadanas, referéndums) y acompañaron la emergencia de otros sujetos sociopolíticos (nuevos movimientos urbanos y rurales, partidos de izquierda democrática y antineoliberal) en las décadas pasadas en Latinoamérica (y en particular en las zonas andina y sudamericana) son antitéticos con la idea de un partido centralizador, fusionado con el estado y de unas organizaciones sociales que actúen como correas de transmisión, listas para obedecer a los últimos designios del iluminado líder.

3) Volviendo al VI Congreso…

Si, retomando tu pregunta sobre el VI Congreso (y los cambios que le antecedieron o sucederán) creo que debemos considerar como un dato clave que la cosmovisión de la clase política criolla (al menos del sector dirigente que posee una ideología explicita y no actúa como mero crisol de oportunistas y simuladores) es el viejo marxismo leninismo, lo cual se aprecia en la retórica que inunda el documento a la Conferencia partidista del 2012. Discurso que se filtra -más por inercia y disciplina que por su capacidad para convencer y explicar- a los miles de cuadros intermedios y la numerosa militancia de base, que apenas puede contraponer a esta visión dominante un conjunto de demandas fragmentadas, íntimamente relacionadas con las carencias de la vida cotidiana: consumo, ampliación de derechos personales, crítica a las restricciones burocráticas, etc. Pero que, sin embargo, cada vez va encontrando más amplias y diversas formas de expresión en circuitos de comunicación y/o esferas publicas plebeyas y alternativas (audiovisuales, comunitarias, impresas) y en los espacios de debate tímidamente abiertos por publicaciones oficiales.

Resumiendo: Podemos percibir que en las reformas en curso no está en discusión el tipo de régimen político construido durante el medio siglo pasado, pues asistimos más a una suerte de liberalización económica (con su correlato de ampliación de ciertos espacios de acción individual) que a una democratización relevante e institucionalizada, pluralizadora de la vida y de los actores políticos. Y quiero dejar constatación (para lectores y detractores) que esta última puede reinterpretarse no sólo desde la visión afín al canon (neo)liberal -que ha sido identificada por su sesgo procedimental y los rasgos delegativos que asume en la región- sino como una deseable ampliación de la incidencia y cogestión de la sociedad organizada (y de los ciudadanos como individuos portadores de deberes y derechos) en la defensa y promoción de lo público y como rechazo a las “soluciones” mercantilizadoras y autoritarias que se ofrecen como falsas respuestas a los problemas del desarrollo y del orden social en las condiciones de la periferia tercermundista.

4.- Los últimos datos del Ministerio de Trabajo cubano, indican que ha crecido el número de trabajadores y trabajadores por cuenta propia de 150.000 a 300.000 en menos de un año. Cuál es tu opinión acerca de acelerar la producción y actividad económica no estatal? ¿Te parece que se puede generar una nueva clase social de pequeños propietarios y propietarias a quienes a un mediano plazo les interese profundizar el modelo capitalista?

Me parece que la ampliación de espacios de mercado, que dinamicen la producción y provisión de bienes y servicios, frente al monopolio asfixiante e ineficaz del estado, es positivo tanto para la sociedad como para el mismo estado, que podría concentrarse en aquellas cuestiones verdaderamente estratégicas y hacer las cosas mejor. En ese sentido la expansión de un sector de trabajo por cuenta propia, de la pequeña y mediana empresa privada (que, como sabemos, no es igual que el cuentapropismo a pesar que los escrúpulos y eufemismos que presenten ambas modalidades confundidas e indiferenciadas en documentos y discursos oficiales) y sobre todo del cooperativismo y la autogestión de los trabajadores son pasos positivos, que pueden ser ligados a las medidas tomadas -o predecibles- a partir de la estrategia reformista en curso. Además la expansión de una suerte de “ciudadanía propietaria” -como condición que alude no sólo la posesión formal y efectiva de activos económicos sino de bienes de uso personal y familiar- anclará más, creo, la gente a su tierra y la comprometerá a luchar por un mejor futuro a sus hijos dentro de las fronteras nacionales. Todo esto, claro está, si el estado la acompaña de forma proactiva y no represa sus energías e iniciativas.

En relación con los problemas o escenarios que aludes en tu pregunta, me parece que una buena estrategia de izquierda alternativa, en la Cuba actual, debería insistir en la defensa de las “conquistas de la Revolución” – que no son otra cosa que el fruto del trabajo y sacrificio del pueblo a despecho de las chapucerías y caprichos burocráticos- en la forma de exigencia de una educación, salud y seguridad públicas, universales y de calidad. Al tiempo que se debe acompañar las reformas actuales con otras propuestas operativas y concretas de mayor transparencia, rendición de cuenta y participación de la gente en la toma de decisiones a todo nivel y en la constitución de sujetos económicos y políticos -comunitarios, cooperativos, asociativos- alternativos tanto al orden vigente como a los encantamientos neoliberales.

5) ¿Estos cambios generarían situaciones desventajosas para algunos sectores?

Si, desde luego y por lo tanto es necesario que, simultáneamente, alguien asuma en serio la defensa de los numerosos perdedores que traerán las reformas (y que se sumarán a los trabajadores y regiones del país empobrecidos en las últimas dos décadas) así como que demos cuenta en nuestros discursos de fenómenos como los Derechos Humanos – rompiendo el monopolio de la oposición y del discurso liberales en ese campo- y de la expansión de identidades y discursos particulares –género, raciales, socioambientales, contraculturales- que no encuentran cabida en el modelo de socialismo estatista ni tampoco en las derivas a las previsibles formas de mercantilismo autoritario e inserción subordinada (típico de república bananera) que nos reserva el mercado global.

6-Los medios de comunicación, como Internet, tienen un papel trascendental en lo que algunos teóricos llaman la Sociedad de la Información. Cuba tiene limitaciones de conexiones a Internet por el bloqueo, pero a la vez tiene medios de comunicación muy centralistas o estatistas,… y faltan medios de comunicación participativos. ¿Qué proceso o proyecto crees que sería necesaria llevar a adelante para democratizar los medios de comunicación?

En un texto reciente he analizado la situación de los medios en la isla, relacionándola con la noción más amplia de esfera pública, así que retomaré algunos elementos de aquel trabajo – particularmente valioso por los testimonios de profesionales del periodismo residentes en la isla y que trabajan en instituciones afines- para responder tú pregunta. En mi trabajo expongo que factores como el bajo acceso de la población a Internet, el control que subsiste sobre la  televisión por cable -que se extiende a monopolios privados como CNN o incluso a empresas de carácter público vinculadas a gobiernos progresistas como Telesur, cuya transmisión es editada y diferida por nuestras autoridades- y  la vinculación orgánica (y subordinada) de los medios de comunicación nacional, del sistema escolar y del cultural con el aparato ideológico del partido limitan el ejercicio del debate que debe ser condición inherente a una beligerante esfera pública en la Cuba actual.

Entre los problemas, señalados en aquel texto por los entrevistados,  destacaba el consenso sobre la falta de autonomía de los colectivos periodísticos para definir su agenda. Ella deriva, por un lado, del “recio control de sus funciones por parte del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido y otros altos funcionarios políticos, quienes orientan, censuran y ralentizan lo que se publica”, lo cual provoca una identificación casi automática de demasiadas cosas que se publican considerándolas “posiciones oficiales”, generando una retroalimentación perversa que refuerza el control sobre lo publicado.

En un nivel inferior de jerarquía, al abordar los vínculos de instituciones y funcionarios particulares con los periodistas, se testimonia el “Irrespeto y prepotencia de las fuentes que niegan, parcializan o demoran a su antojo la información por miedo a represiones superiores” lo que se convierte en coartada para bloquear la denuncia a casos de mal desempeño y corrupción, inclusive en aquellos casos donde el funcionario comisor de lo ilícito se encuentra contraviniendo directrices emanadas del poder central. Todo ello halla su correlato en “una poderosa y sintomática autocensura generalizada que, conscientemente o no, limita al mínimo el ejercicio de la crítica en cualquiera de sus variantes y privilegia el discurso apologético”.

La confluencia de estos tres niveles de influencia y control sobre los medios (y sus actores) conlleva, según un periodista “la pérdida casi absoluta de competitividad entre los diferentes medios por ser más atractivos y dar mejor información”. Ello se agrava cuando, al decir de otro testimoniante, “la bajísima remuneración salarial por casi todo el trabajo periodístico hace incosteable para el bolsillo emplear mucho tiempo investigando, o haciendo mejor las cosas”.

En el terreno de las propuestas, los entrevistados concordaron en que deberán diferenciarse las posiciones oficiales de la cobertura del medio de prensa estatal. Una voz apuesta por una “continuidad de    la propiedad estatal de los medios principales” pero con “mecanismos más democrático-gremiales para nombrar y deponer los directivos de los medios”. Otro colega insiste en la necesidad de surja “Una serie de medios gremiales, de asociaciones, etc., con una propuesta alternativa, abriendo sus espacios a publicidad”. Se asume que  “una apertura informativa no tiene por qué significar un desmontaje del socialismo, sino una radicalización sociocultural de la reforma económica” lo cual se relaciona con la existencia de una blogosfera y redes sociales muchísimo más amplias.

Otro consultado demandó “autonomía funcional completa respecto a cualquier organización política o institución; diversidad basada en la libertad de prensa; representación objetiva e interpretación variopinta de la realidad nacional y foránea; y autoridad para interpelar a personajes e instancias de todos los niveles políticos y de gobierno”. Por último no faltaron demandas acerca de una mayor “capacidad crítica y analítica para, no solo hacer autopsias a debacles económicas, sociales o culturales, sino para acompañar y favorecer el desarrollo del país”.  Y también la convocatoria a un “diálogo permanente y diáfano con los receptores que garantice la necesaria renovación periódica de los sistemas de trabajo”.  Sin embargo, al abordar las probabilidades de que estos cambios ocurran en un futuro cercano, los consultados prefirieron “encomendarse a Dios” o definirlas como “un óleo surrealista”.

Desde mi óptica, una agenda de cambios en la política de medios en Cuba debería fortalecer medios alternativos, en lugar de consagrar el monopolio estatal –aún reformado- o mudarlo por el de grandes cadenas privadas. No puede traducirse, como los neoliberales quieren hacernos creer, en sustituir un monopolio mediático (en manos estatales) por otro donde la ley del mercado disfrazada de “voluntad del consumidor o libertad del espectador” designe los temas, accesos y difusión de la opinión, induciendo patrones de consumo, ideologías políticas y nociones de éxito.

No se trata de hacer desaparecer una prensa radial, televisiva y escrita en manos del estado (siempre y cuando este represente la gama de intereses de la sociedad) para consagrar poderes fácticos que incidan de forma espuria e ilegal en la toma de decisiones políticas en provecho propio y lejos del alcance de ciudadanía. Tampoco consiste en descalificar o desmontar el carácter educativo que, con reconocido éxito (en materia de difusión artística, campañas de ahorro, prevención sanitaria o solidaridad ante desastres) ha tenido la prensa criolla desde 1959 y que constituye un ejemplo para numerosas agencias y naciones del mundo.

Pero sí se trata de poner fin a la existencia de un Leviatán comunicacional capaz de fijar, de forma unilateral, agendas y discursos de cara a la sociedad, los cuales poseen, con demasiada frecuencia, una relación inversamente proporcional con la coherencia de sus actos. Como demuestra la contradicción entre convocatorias al debate (y a mejorar el rol de la prensa) y la persistencia de censuras y exclusiones dentro de la política y praxis mediáticas; la apelación “al pueblo más culto del mundo” y las restricciones persistentes al acceso  a la información y el uso de Internet; la invocación a la ética martiana y el uso del monopolio mediático para descalificar, con escasos o nulos argumentos, la imagen y propuestas de ciudadanos que se oponen de forma organizada al orden vigente.

7- ¿Cuál fue (o es) tu vínculo con Celia Hart? Una compañera tan querida y respetada en Kaos en la Red y que por cierto, se la echa mucho de menos.

Con Celia siempre tuvimos una relación especial, de respeto y cariño, no sólo yo sino varios compañeros de la Cátedra Haydeé Santamaría. Respeto que nunca equivalió a adulación frente a alguien cuyo nombre y procedencia familiar parecía constituir una suerte de  “marca registrada” apetecible para figuras y colectivos de izquierda mundial, cosa que Celia siempre rechazó por constituir terreno fértil para oportunistas de todo signo y generar un club de fans más coherentes con el Star System. Pero junto con ese “culto al abolengo” también coexistía, al menos dentro de la isla, cierta descalificación por la supuesta falta de credenciales intelectuales de nuestra amiga.

En lo personal siempre me molestó –y una vez me costó una fuerte discusión con un colega de la Universidad- la mirada condescendiente y de falsa superioridad con que algunos académicos se burlaban de las “debilidades teóricas” presentes en algunos análisis de Celia. Frente a eso reivindico el valor de ella de meterse en un debate que otros reunían (y para el cual no tenía inmunidades especiales, como demostraré después) y de asumir con alegre transparencia su militancia y sus sueños, en medio de tanto cinismo intelectual y de tanto neoliberal camuflado con carnet del partido.

Nosotros discutíamos mucho, en especial por su convencimiento en que podría separar (y exonerar) a la máxima dirección del país de las críticas al modelo vigente -con el cual era muy severa- y de las reformas pro mercado, tema en el cual, creo, su visión ignoraba las demandas más comunes de la gente, que vive aprisionada por la “dictadura de las necesidades” típicas del monopolio estatal. Pero a la hora de la verdad, de estar en discusiones entre compañeros o frente a los funcionarios, de acometer acciones cívicas o de compartir frustraciones personales, siempre contamos con ella- y viceversa- y eso se extraña mucho.

Además Celia había logrado inmunizarse contra una enfermedad que nos aqueja aún hoy: el sectarismo. Recuerdo que frente a aquellos que cuestionaban (y aun cuestionan, desde diferentes instancias de poder) el derecho de aquellos muchachos irrespetuosos de poner a una Cátedra el nombre de su madre, Celia contestaba que nadie podría encarnar mejor el legado de Haydeé que unos anarquistas, trotskistas y sencillamente, unos jóvenes que intentaban rescatar y discutir el socialismo como opción para el presente de Cuba. Y bromeaba diciendo que, en última instancia, si decían que ella tenía las patentes por sus apellidos pues los usaría de la forma que considerara la mejor manera posible.

La última vez que vi a Celia fue en una conferencia de pensadores y movimientos progresistas latinoamericanos, celebrada en el Palacio de las Convenciones, en la primavera de 2008.  Nos encontramos en el pasillo y andaba muy triste pues, según me dijo “un alto dirigente del partido me pidió que entregara mi carné….Celita, me dijo, así vas a ser más libre…y yo, cojones, por esa costumbre de disciplina partidista se lo di…ahora me arrepiento y siento mucho eso”. El dilema de Celia, el de cualquier militante leal y honesto que trata de incidir de forma activa desde dentro de las estructuras de una organización burocratizada, ha sido constante en la historia de la izquierda contemporánea y merece el mayor de los respetos.

En aquella tarde llevaba en mi bolsa un sellito honorifico, con prendedor para fijar en la ropa o gorra, que incluía el logo de nuestra Cátedra (tenía una estrella rojinegra, la firma de Haydeé y las palabras Participación, Debate, Crítica y Compromiso) que habíamos decidido entregar a Celia la próxima vez que nos reuniéramos. La emoción, lágrimas y abrazos con que ella correspondió a nuestro reconocimiento nunca los olvidaré, “bueno mi socia, no podremos devolverte tu carné pero al menos tengo para darte esto” le dije, y nos fuimos a tomar unos cafés en la barra del lugar y a conversar sobre proyectos futuros. Fue la última vez que la vi, al menos con vida y en nuestro mundo real.

Varios meses después, en aquella madrugada trágica, el amigo Miguel Arencibia me despertó con un telefonazo para darme, sin muchos rodeos, la noticia de su muerte.  Apenas sin creer posible semejante desgracia me desvelé y tan pronto amaneció fui a su velorio, realizado en una famosa funeraria cerca del Malecón habanero. Allí se encontraban, reunidos por el dolor común y el respeto a esta mujer, los representantes de todas las izquierdas cubanas. No percibí que el compromiso formal fuera el tono dominante de aquella velada, ni siquiera en los funcionarios presentes, algunos de los cuales debían tener a Celia en su lista de incómodos y, espero, hayan tenido entonces el valor suficiente para realizar, en íntimo silencio, el reproche a sus propias ojerizas y el homenaje a la virtud ajena.

Después de eso le he dedicado un par de textos a su memoria y, más intensa y cotidianamente, muchos mis pensamientos a alguien que me niego a sacralizar y que recuerdo tomando vino en el piso de su casa, hablando de conquistas amorosas o de personales lecturas sobre el pensamiento de Trotsky (“soy troskera no trotskista”, decía en sorna), todo ello envuelto en una sonrisa amplia y franca, dentro de una vida descongelada de rituales y, según me pareció, de los odios y ambiciones que genera el poder. De todo ello uno no puede olvidarse tan fácilmente.

8- He recibido en estos días, confieso que con sorpresa,  serios cuestionamientos hacia autores y autoras cubanas de línea más crítica, acerca de que darían una excesiva atención a los temas internos del país sin criticar al imperio. Esto, según esas voces, implicaría una tolerancia o aprobación de las políticas genocidas imperialistas. ¿Qué podés responder a esto?

Bueno, Diana, aquí valdría la pena diferenciar la procedencia de las críticas, porque no es igual un compañero desinformado sobre la realidad cubana y acerca de las condiciones del debate interno, de aquellos personajes que, conociendo el contexto, operan por fanatismo o interés, como alabarderos de los sectores de la burocracia interesados en bloquear cualquier crítica o iniciativas de izquierda frente al modelo y reformas vigentes.

Como he dicho anteriormente, entre las personas que se identifican como “amigos de Cuba” y expresan esas críticas o preocupaciones hay de todo, pues coexisten militantes abnegados y sinceros con oportunistas de toda ralea, y dentro de ambos grupos hay quienes comparten una identificación esquemática de la nación (Cuba) con el régimen político vigente (socialismo de estado) y aún con las políticas coyunturales del gobierno, y algunos confunden la solidaridad con ceguera o (auto) censura ante los errores cometidos por este.    Al centrarse en la “lógica” o “razón de estado”, más que en las condiciones, dinámicas y demandas de la población, sus textos expresan una desmedida confianza en la capacidad del liderazgo cubano para conducir con buen término una reforma socialista e ignoran la existencia de otras voces que defienden un socialismo diferente.

Pero hay algo que, francamente, me provoca sorpresa y disgusto, y es la imposibilidad que muestran algunos de ponerse en la piel del otro. Aquí el asunto no es ya de referentes políticos o ideológicos- en los cuales compartimos agendas, por ejemplo, en el rechazo al militarismo imperialista o la defensa del medioambiente ante la voracidad trasnacional- sino en que semejantes posturas son profundamente incoherentes al pedir derechos para sí frente a gobiernos de derecha e ignorar reclamos análogos en otros contextos. Esto resulta más bizarro cuando se trata de intelectuales o activistas formados en los últimos años, en una cultura política “diferente” dentro de la izquierda, que reivindica la diversidad y el pluralismo, los que llegados al poder (como parte de gobiernos progresistas) comienzan a calificar de “agentes del imperio” quienes reclaman lo mismo por lo que ellos pelearon en sus países: por más derechos, por un estado más democrático, por más protagonismo popular.

En noviembre, en un encuentro con un alto dirigente del Movimiento Sin Tierra, este nos expuso su sugerente proyecto de ampliar la formación de cuados para enfrentar los retos de la ola de cambios progresistas y las resistencias imperialistas que sacuden el continente. Sin embargo, a la hora de identificar aquellos actores que, en la isla, consideraban sus contrapartes, los ejemplos expuestos fueron de instituciones que enviaban sus funcionarios a capacitarse a la escuela del MST o de organizaciones cuyas agendas, aun en los casos más meritorios, mostraban una mayor y especial vinculación con asuntos internacionales – como los de la Alternativa Bolivariana para las Américas- en detrimento de los problemas domésticos y que en los casos que los abordaban su estrategia poseía un sesgo focalizado, parroquial y desconflictivizador. De estos último constituye un ejemplo la experiencia de la Educación Popular promovida en entornos locales por varias Organizaciones No Gubernamentales criollas.

Quiero concluir con un diálogo que recientemente sostuve en un foro en la UNAM, donde pasábamos balance de diversas experiencias de autorganización y participación populares, de cara a las políticas de estado de la región. A la pregunta de un asistente sobre si podía encontrar alguna semejanza entre las demandas y espacios con que contaba la izquierda mexicana para actuar, yo le respondí que el día que la izquierda (y opinión pública) cubana tuviera un periódico como La Jornada y una revista como Proceso, cuando la lucha por los Derechos Humanos no fuese descalificada como estrategia del Imperio y tuviera canales legales donde reivindicarse y encauzarse, cuando los movimientos sociales y la gente común pudieran realizar manifestaciones para exigir la mejora de sus servicios y la atención a sus demandas frente a los funcionarios, y cuando, simplemente, Internet no fuera considerado un tabú del cual nuestros gobernantes deben mantenernos convenientemente alejados, entonces la nación cubana estaría en un nivel cualitativamente superior, con mejores condiciones materiales y organizativas para luchar por la renovación de su socialismo.

Y para defenderse de todos los poderes instituidos o fácticos que, por medio de la manipulación de las leyes y/o de la violencia, intentarán sin falta acallar las demandas ciudadanas, tal y como se hace en nuestros países de América Latina. En todas esas luchas y exigencias los amigos del continente saben que pueden contar con nuestro concurso y solidaridad, sólo esperamos que sean recíprocos.

Publicado en Kaos en la Red
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