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Por Amrit
avion_cubanaHAVANA TIMES, 4 nov. — Aunque en el primerísimo mundo la gente entre a un aeropuerto casi con la misma naturalidad con que se abre la puerta de una tienda, para el cubano de a pie montar un avión hacia “afuera,” es romper una maldición silenciosa y siniestra.

Una especie de cordón umbilical consolidado con la intrincada burocracia que es necesario vencer antes de que el soñador tenga en sus manos, además de la visa, el tan preciado permiso de salida, que aunque ya no llega por correo postal en una pequeña cartulina, la gente le sigue llamando “tarjeta blanca.”

Con toda razón, y evitando que la maravillosa aventura no sea malograda por la envidia ajena, el “elegido” se impone una absoluta discreción sobre el tema. Como dijo Martí, “en silencio ha tenido que ser porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas.”

He sufrido bastante por amigos que no se despidieron de mí y sólo me enteré de su partida cuando ya estaban del otro lado de esa demarcación abstracta que se llama horizonte. Pero con el tiempo entendí que la paranoia no es infundada si desde que tienes conciencia te hacen creer que tulibertad de movimiento está restringida, sujeta, confinada al control más extremo.

Mis viajes truncos

Sin embargo, con una inoportuna curiosidad y el pésimo hábito de imitar a los primermundistas, los cubanos insistimos en ver objetivamente qué es lo que hay más allá de “la delgada línea azul.”

En este sentido yo podría coleccionar, como un exótico hobby, mis intentos de viaje.

El primero fue en los años ochenta. Había conocido de un programa que enviaba a jóvenes cubanos como cooperantes a países de la Europa Socialista. Tan ansiosa estaba por asomarme al mundo que ni siquiera el saber que trabajaría en una fábrica (algo muy distante de mi vocación) me detenía en mi empeño.

Como se exigía tener dos años de experiencia laboral en cualquier área, apenas cumplí mis diecisiete pasé un curso de Operadora de Larga Distancia y empecé mi vida de trabajadora.

En los días, las semanas y meses que formaron esos dos largos años, me entusiasmé tanto con mi trabajo que no sólo me esforzaba en ser amable con los usuarios sino en sobrecumplir la norma de las llamadas requeridas. Pero no sabía que la fatalidad puede embestir a escondidas.

Un enviado del Poder Popular que debía hacer una verificación sobre mí, puso mi destino en manos de mi vecina de los altos. Como celosa miembro del Partido, ella dijo que no me veía en las reuniones ni en las guardias del CDR, que yo no era sociable ni revolucionaria.

Así que la Alemania socialista que avizoraba, con sus albergues para cubanos, sus nevados paisajes y su pacotilla, quedó para siempre en la bruma de la distancia (y de los sueños).

Pero la fatalidad alcanzó también a mi vecina. Unos años después fue expulsada del Partido por un escándalo que dio a su marido al descubrir que la engañaba con otra mujer.

El segundo intento fue en el año 93 y el saldo que me dejó persiste todavía cuando paso cerca de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en la Habana: una opresión en el pecho, una sensación de angustia.

Es una ironía que el imponente edificio esté tan cerca del malecón, ese puerto improvisado del que han partido tantas balsas de las que llegaron muchas, fracasaron ¿cuántas? Sólo Dios y el abismo del mar conocen la cifra exacta.

Esa invitación la había hecho mi padre, a quien dejé de ver cuando tenía dos años. Las idas y venidas a la oficina de inmigración, el manoseo de papeles timbrados, cada vez con más firmas y cuños, hacen que el calor y los apagones, las guaguas llenas, el plato que casi nunca se llena con lo que quisieras comer, se hagan cada vez más insoportables. Así que uno acaricia esos papeles como evidencia tangible del inminente milagro.

La fatalidad esta vez tuvo un rostro directo. El de la empleada de la Oficina de Intereses que me atendió por un ventanillo, o más bien me despachó con unas pocas preguntas hirientes y una respuesta demoledora: “lo siento pero su visa no le ha sido concedida.” Y esta vez fue el “papá” de las postales con paisajes nevados y las dulces despedidas en las cartas quien se replegó muy lejos, como la estrella más inalcanzable.

Otra vez preparo mis alas

¡Ah, pero esta obsesión por romper mi virginidad como viajera, no se rinde y sigue royendo por dentro…! He visto diluirse tantas tentativas que se embrollan entre los vericuetos burocráticos y el escepticismo de los que invitan del otro lado de la “delgada línea azul” y afirman que sí, que viajar es simple, es inmediato.

Hasta que ellos mismos se cansan de tantas trabas (y gastos) y concluyen que Cuba es una isla extraña, una variante del triángulo de las Bermudas, un vórtice de magnetismo (hacia adentro) no estudiado.

Pero si hasta la roca es desgastada por la lenta, la persistente fricción de las olas, ¿por qué dudar de que la gravedad horizontal que nos sujeta, debilite su imán? Así que en estos días, otra vez, me sorprendo amasando papeles timbrados, y firmas, y cuños…

Miro al horizonte y me pregunto cuán larga es la distancia que me separa de París, donde salió una novela mía esta primavera. Una francesa que conocí este verano y leyó mi libro, me habló conmovida de lo que sintió, del viaje que hizo a través de una autobiografía colectiva donde un grupo de artistas se debate contra la asfixia, el estatismo y luchan, y sueñan…

Y mientras mi cuerpo recorre los caminos de siempre, (la oficina de inmigración, la embajada, la recia, invisible resistencia de la gravedad horizontal que no ha descubierto aún ningún científico) me alegro de que al menos las palabras sean libres y pueden llegar a cualquier parte sin esperar un pasaporte, una visa, una tarjeta blanca.

Publicado en Havana Times