Etiquetas

, , , , , , , ,


Por Rogelio M. Díaz Moreno

Dentro de nada, la comidilla en este país va a ser la planificada Conferencia del Partido, pero antes de pensar en ello quiero detenerme, tal vez repetir, un par de puntos sobre otro tema de mucho interés.

La celebración del 10 de octubre parece no estar muy de moda, apenas nos acordamos que es feriado. Pareciera que otros asuntos son más urgentes, lo suficiente como para no dejar descansar un minuto a nuestros medios de comunicación en los últimos 10 años o más. Pero yo quiero tomar la fecha como semilla de esta intromisión mía.

Todo el mundo recuerda cómo en la escuela le enseñaron que Carlos Manuel de Céspedes, con justicia nombrado Padre de la Patria, se alzó en armas ese día, y convocó a sus esclavos para reconocerles su derecho a la libertad, e invitarlos a unirse a la gesta mambisa. También se cuenta que todos los esclavos que, a partir del momento de su liberación ya no lo eran se unieron a la fuerza de Céspedes.

Lo que no se encuentra con mucha facilidad es un nombre cualquiera de esta masa anónima de hombres y mujeres negros, que escogieron el camino peligroso y difícil, el camino de enfrentar las balas y bayonetas y cañones españoles, el de las duras marchas a pie y pernoctar en el monte, calados por la lluvia, azotados por el sol, arrastrando el hambre y las heridas, en lugar de dedicarse a vivir por su cuenta hasta que pasara la tormenta. Estos seres humanos habrían seguramente establecido relaciones entre sí, con las limitaciones conocidas y descritas por historiadores como Moreno Fraginals, pero relaciones de algún tipo, fraternales, familiares si bien precarias; tendrían sin duda individuos bien definidos como líderes, a los que sin duda miraron en esa hora definitoria, y estos líderes encarnaron entonces la decisión que luego todos se encargarían de sellar con su sangre en los campos de batalla que tenían por delante.

Sin el aporte de esta gente habría sido, imagino, mucho más endeble la tropa inicial de Céspedes. Tal vez ni siquiera hubieran podido intentar el ataque a Yara, que no terminó nada bien pero dio paso a otra página de gloria, la de la inmortal proclama de que con 12 hombres se puede volver a empezar la lucha por la libertad. ¿Alguno de esos 12 sería de los ex-esclavos? De los que se reagruparon posteriormente para el ataque a la villa de Bayamo, este sí exitoso, ¿cuántos negros anónimos, de los liberados el 10 de octubre, habrían compuesto la tropa? ¿Cuántos, cuáles, sobrevivieron los 10 años de guerra, en cuántas acciones participaron, con qué grados terminaron? ¿A ningún historiador le ha parecido valioso realizar esa investigación? La gran mayoría de los nombres ilustres de mambises fueron de blancos, que fueron los que sus contemporáneos de la clase dominante juzgaron más conveniente inmortalizar: para mí, falta una estatua al mambí desconocido cubano en cada ciudad, y muchas de esas estatuas tomando negros como modelo, hasta que se corrija también esa injusticia.

Me detengo a pensar que esos negros dieron mucho más que una lección de valentía al seguir el levantamiento. Se recordará que el cimarronaje era una práctica extendida entre los esclavos hartos de su yugo; que ya habían ocurrido en el país sublevaciones de dotaciones enteras de esclavos; en fin, que no era como si necesitaran al blanco salvador para que les otorgara dadivoso el don más preciado de la libertad. Entonces, el valor singular de estas acciones del 10 de octubre de 1868, lo que eleva su valor aún más sobre el hecho de retar de manera definitiva a la dominación colonial, fue el valor de unidad consciente de todos los participantes, que se asumieron mutuamente como cubanos, como ciudadanos del mismo país, y por lo tanto con igual derecho de luchar por la libertad de la nación que debían integrar en igualdad. Con toda justicia, los sucesos del 10 de octubre y todos sus participantes merecen toda nuestra reverencia, bastante más de la que aprecio que se le otorga.

Ahora, empato esto con unos comentarios de corre corre sobre las ideas que se comentan actualmente para combatir los problemas de racismo. Esteban Morales y otras personas preocupadas establecen debates sobre posibilidades de acciones afirmativas. Lo que más discordias parece causar es el método de compensar las desventajas sociales históricamente acumuladas de las personas negras y mestizas. Es innegable que la desventaja social fue impuesta sobre ellos por una sociedad racista y discriminadora, y dejar las cosas como están implica que unos grupos siguen sufriendo sus consecuencias y otros aunque no hayan participado en la implementación de esta injusticia del pasado se aprovechen hoy de las ventajas obtenidas, con lo que se hacen cómplices de la indignidad. Urge entonces trabajar para remediar el mal.

Mi modesta propuesta anda por una tangente. Para esquivar el espinoso asunto de cuotas raciales en posibilidades de estudio y trabajo y puestos socialmente destacados, sugiero notar el hecho de que las localidades cubanas no son homogéneas, y existe una correlación bien clara en las comunidades más humildes, con mayor grado de marginalidad y desventaja, donde reside una proporción de personas de raza negra mucho mayor de lo que nacionalmente indican los índices demográficos cubanos. Entonces, se le puede entrar al asunto de la raza a través del de la comunidad. Tengo en mente barrios de mi infancia, Juanelo y el Reparto Central en San Miguel del Padrón, y sus escuelas, Menelao Mora y Pepe Prieto. Cualquiera puede hacer mucho más larga esta brevísima lista, con barrios de Regla, Guanabacoa, Marianao, y de otras ciudades y provincias del país. Nadie puede poner peros a una inversión de esfuerzos y recursos fundamentalmente dirigidos a la infancia de esos barrios, que convierta sus escuelas en palacios que deslumbren a los infantes y provoquen el respeto de los padres. Escuelas que sean también verdaderos centros comunitarios, Templos en la mejor acepción de la palabra, dentro de los cuales sea natural la convicción de que es posible y deseable salir de la marginalidad, esforzarse por construir(se) un espacio mejor, en colaboración con los demás seres humanos, y que cuenten con todos los recursos materiales, pero especialmente los humanos, con los mejores pedagogos, trabajadores e investigadores sociales, que deben contar con todas las condiciones de trabajo, incluyendo una remuneración a la altura de la importancia de la labor que harán. Después de todo, dolorosamente, lo que no se invierta en esta empresa, se requiere después en recursos policiales y represivos del delito. Estos centros también pueden convertirse en vórtices del apoyo de las fuerzas ciudadanas y de la sociedad civil, interesados en participar del reto ético que se plantea.

Con la preparación y ánimos para construir nuevos horizontes, y con las posibilidades que se abren en la sociedad con las corrientes de descentralización, los jóvenes que se relacionen con estos centros podrían tomar los caminos académicos más ranqueados, como las prestigiosas escuelas de Ciencias Exactas o carreras universitarias que hasta hoy recogen fundamentalmente a los estratos aventajados de la sociedad, mayoritariamente blancos, de barrios buenos, de padres integrados; o establecer caminos más autónomos mediante sus propios esfuerzos y con compañeros, familiares y amigos que convoquen a su alrededor.

Para no dejar nada afuera, en estos centros se pueden concentrar los esfuerzos para reivindicar la contribución de los negros esclavos anónimos al alzamiento de Céspedes, a las campañas mambises y todas las demás que le siguieron por la libertad en Cuba y en las gestas de solidaridad que por todo el mundo ha tenido la Revolución cubana. Y para devolverle a toda la nación cubana, empezando por el sector que más lo necesita, muchas razones para enorgullecerse de su historia, su legado, que le fueran sustraídos maliciosamente con maniobras racistas, iniciadas en el pasado, pero que conviven en el presente.