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Por Amrit

Gracias al eficaz auge de la piratería, no tuve que hacer cola para ver “Habanastation” ni soportar el calor de una sala sin aire acondicionado, como la del citadino cine Payret. De todas formas estoy segura de que en esas circunstancias no hubiera llegado ni a la mitad de la película.

Desde las primeras escenas, la manipulación de la realidad cubana me pareció tan encartonada que dudaba de que el transcurso del filme pudiera salvar esa elemental falta de sinceridad. No sólo por ejemplo, ese matutino en una escuela primaria donde los niños cantan el himno nacional con un entusiasmo atípico. Desde que mi hijo empezó su vida de estudiante (él ha estado en cuatro escuelas diferentes) hay una tendencia generalizada a “susurrar” las palabras del himno de Bayamo, (la mayoría de los alumnos incluso “doblan” es decir sólo mueven los labios). Lo he comprobado incluso al pasar frente a otras escuelas: una general apatía, una gran falta de energía en la ejecución de ese rito. En varias ocasiones presencié el estallido de algún docente que exigía, escandalizado, “más entusiasmo, más ímpetu, más fervor revolucionario…” Sí, no hay regla sin excepción, pero ¿tantas?

Niños que apenas dicen malas palabras… incluso en un barrio marginal, donde la reproducción del ambiente va desde lo timorato a lo grotesco sin tocar jamás la realidad. Ni una sola vez escuché la palabra “pinga.” que es ya casi un mantra nacional. Recuerdo que en su libro “Variedades de Galiano” la escritora cubana Reina María Rodríguez, en un texto que escribía cerca del hotel Deauville, en Centro Habana, de tantas “pingas” que oía a su alrededor, no pudo evitar reflejarlo en su texto.

Cuando la joven maestra insinuó deferencia por el niño rico, me entusiasmé porque es algo que he visto desde siempre y la causa incluso de otorgamientos arbitrarios de notas y escalafones, pero este aparente doblez, esta riqueza de la conducta humana se fue disolviendo a lo largo del filme. Para completar, un paradero de ómnibus como no conozco ninguno, con guaguas más que limpias, ¡rutilantes! y una marcha del Primero de mayo como esas cuidadosas ediciones que salen en el noticiero… Voy a enumerar algunos de los comentarios que escuché de mi hijo y su primo, (de 14 y 13 años), quienes veían conmigo la película. En la escena en que el mecánico dice a los niños el precio de la pieza que debe reemplazar:

-Es un “paquete” (mentira) que una pieza de playstation 3 cueste doscientos pesos cubanos cuando una de playstation 1 cuesta veinte fulas (20 CUC).

En la escena en que el mecánico prueba el playstation reparado:

-¡Esa es una atari de la primeras que yo tuve! Se ve que el gráfico (del juego) es “de palo” (muy primitivo).

Por cierto, también el personaje del mecánico es una loable excepción, tan disponible y distinto a esos “tiburones” de que tanto se queja la gente y son capaces de vaciar cualquier equipo si tiene la ingenuidad de dejarlo una hora en sus manos. Cuando Carlos cuenta a Mayito el incidente que provocó el encarcelamiento de su padre, al que un hombre provocó ofendiendo a su abuela y Mayito le pregunta casi afirmando: ¿Y tu papá corrió, no?

-¡Eso es de muñequito! (es decir, inverosímil) ningún chiquito va a preguntar eso, ni aunque sea un niño bitongo.

Es cierto que es humano tener miedo, pero es aún más humano y común fingir que uno no lo tiene. Para añadir a la lista de anacronismos puedo decir que no conozco a un solo niño que le interese reunir para comprar un papalote. Tal vez para un MP3, o un iPod o hasta para una bicicleta… Mi sobrino dijo sobre el final (el momento en el que el niño rico le entrega el playstation al pobre)

-”Eso no es de Cuba.”

Cabría preguntarse por qué él dijo eso, si todos hemos leído (en la escuela primaria y algunos ya de adultos, voluntariamente) “Los zapaticos de rosa.” aquel memorable poema de Martí que todavía, cuando lo pienso a conciencia, me puede arrancar lágrimas. Pero en esos versos el alma del poeta refleja con todo el peso de su dolor a una Cuba escindida, a una clase sufriente que Martí padecía como una herida física y por la que renunció a los privilegios de una vida cómoda. Así, la transformación, la toma de conciencia de esa niña mimada que entrega sus zapatos preferidos a una niña no solo pobre sino moribunda, tiene el peso y la fuerza de un drama legítimo.

En el arte, como en la vida, no se puede engañar al instinto. Y los protagonistas de Habanastation me suenan irreales, aún en su manoteo marginal, en sus poses de desenfado y hasta en su ira. Siento una gran falta de espontaneidad, algo que resienten en general todos los programas infantiles y que hace que los niños prefieran precisamente un “playstation” a un espacio concebido para ellos. ¿Por qué el padre del niño pobre está preso casi por una fatalidad, y no por ser realmente un delincuente? Supongo que esto no encajaría con esta Cuba mojigata donde la diferencia de clases es un mero pretexto para decir que la reconciliación es posible, incluso en unas pocas horas.

A pesar del mérito de la fotografía y el ritmo, matizado muy bien por momentos con una novedosa banda sonora, la película se licúa entre la intención y el hecho. El barrio marginal “La Tinta” donde transcurre casi la mitad de la trama, me dejó el sinsabor de esas telenovelas que son un bodrio de crudeza remedada y sentimentalismo. No se siente la opresión que genera el hacinamiento donde la convivencia forzada puede crear, por qué no, cierta solidaridad, pero pasada por el filo de la incertidumbre y una violencia que no es ningún juego de niños. “Pobres pero contentos” fue una frase que usó el crítico de cine Enrique Colina para definir el estereotipo de la clase sin privilegios que se reflejaba en la película “Titanic” y aquí encaja perfectamente. Y es que a esta “Tinta” le falta el espíritu, el hálito, la sustancia. Es en este entorno marginal (donde hasta la suciedad parece manipulada), que la historia toma de pronto el curso casi de un western spaguetti. En unas pocas horas el niño rico aprende las reglas de lo marginal, toma conciencia de su egoísmo, se enamora, rescata a su repentino amigo con un gesto novelesco de una bronca que parece también traída por los pelos, besa a la chica y finalmente se redime regalando el playstation de marras en un happy end predecible que no consigue ser sublime. Me quedo con la incomodidad de haber visto un país que no reconozco a pesar de las salpicaduras de “realidad.” Y al final… ¿la lección es que a pesar de las apariencias los pobres pueden ser felices? ¿O que los ricos en el fondo son infelices? Nada sobre esa lucha feroz por una prosperidad con la que casi todo el mundo sueña a pesar de la austeridad impuesta, especialmente estas generaciones más jóvenes que heredaron una sociedad sin ideales y sólo aspiran “a irse” para empezar sus vidas…

Me duele que estos niños cubanos (a los que especialmente se les dedica la película) no estén en el filme, estos niños que merecen un país donde lo que verdaderamente padecen, desde las carencias materiales hasta la doble moral que se les inculca y ellos reproducen, pueda ser reflejada en las películas que se les dedican.

Publicado en Havana Times (Habanastation o una mala versión de Los zapaticos de rosa).

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