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Por Rogelio M. Díaz Moreno

Resulta más que triste, patético, contemplar cómo las personas que durante muchos años conforman su razón de ser en un estado de enfrentamiento, se petrifican en torno a este conflicto hasta perder toda capacidad de recapacitar respecto a los motivos iniciales y los fines últimos del movimiento que, por desdichadas circunstancias, se vio envuelto en tal enfrentamiento. En este sentido, los cambios de realidades objetivas no significan nada para estos seres obnubilados, ya sea en la variante de la sinceridad ciega o en la del fundamentalismo oportunista.

Mi intervención en esta polémica se debe al peligro que respiro en los cartuchazos de Enrique Ubieta contra personas y procesos que aprecio. El dice que no es nadie y solo expone opiniones personales, pero detrás de declaraciones como las de él, se han desatado cruzadas moralizantes de la policía y otros agentes del Estado cubano contra intelectuales, artistas, promotores y simples personas un poco fuera del tiesto de lo políticamente ortodoxo y lo socialmente normativo.

A lo peligroso se une, pues, lo lamentable de una actitud incapaz de reconocer los cambios de la sociedad que lo rodea. Las evidencias indican que Ubieta aborrece especialmente aquel cambio que significa la aparición de una voluntad ciudadana incipiente, pero ya indetenible, de no aceptar más posposiciones o retrasos en las cuestiones del diseño ciudadano y democrático del modelo de sociedad soñado; ignora que estos anhelos son parte del proyecto revolucionario y por lo que los revolucionarios dieron sus vidas, tumbando dictaduras y repeliendo agresiones imperiales. Por ignorar más, ignora también que el Presidente de la Revolución cubana, el general en jefe Raúl Castro, ya destacó que el principal enemigo que tiene el proceso no es, repetimos (con Raúl), NO ES el imperialismo yanqui, y menos sus asalariados vinculados con la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana. El principal enemigo del proceso que puede sacar adelante a Cuba son los propios errores de los funcionarios con poder para cometer esos errores en la dirección y administración del sistema, las barreras de la inercia y el inmovilismo, la simulación y la doble moral. Por poca memoria que tenga el periodista, recordará que estas fueron las palabras del Primer Secretario del Partido en las recientes sesiones del Parlamento cubano el pasado mes de julio. Pero parece que estas ideas no logran hacer mella en quien además ignora el llamado del Presidente cubano a que todos los criterios sean escuchados con respeto, de manera que se promueva el debate de todas las discrepancias, sin limitaciones o cortapisas por parte de los administradores de la palabra en público.

Ubieta define un estrechísimo carrilito (el imperialismo es tan malo, que tenemos que apoyar a nuestro gobierno incondicionalmente porque nos defenderá de sus malvados tentáculos) que está muy lejos de cualquier proyecto emancipador que hayan querido desarrollar para Cuba sus hijos más ilustres, desde Martí hasta nuestros días, pasando por Juan Gualberto Gómez, Carlos Baliño, Alfredo López, Abel Santamaría, Frank País y muchos otros menos conocidos. Tan importante es esa defensa, que parece que hay que defender también los errores y calamidades en que se mete, con tal de no comprometerlo. Pretende ampliar su campo posible con menciones al internacionalismo cubano, pero para ser consecuentes tendría que reconocer de vuelta el florecimiento y aporte de pueblos, movimientos y naciones de diferentes sistemas sociales, a la solidaridad con nuestro país y a las luchas antimperialistas cosa que Ubieta no hace. De esta manera, no logra separarse apenas de la posición simétrica que sostenían en la era republicana anterior a esta, los que arengaban que el comunismo es tan malo, que tenemos que agradecer al gobierno (del que fuera, Prío, Machado, Mendieta, Batista), que nos proteja de los demonios rojos.

Las inconsecuencias en el discurso de Ubieta son patentes hasta para alguien como yo, que no estoy del todo versado en la terminología filosófica que se cruza en esta arena; si bien me resultan obscuros los matices entre derecha o centro derecha; si no puedo disertar con soltura entre doctrinas neohegelianas o pos-anarquistas, lo que sí puedo es comentar a quien pueda interesar que los cambios en Cuba no se van a limitar a la entrega de tierras a los campesinos en usufructo, de la ampliación del trabajo por cuenta propia y de la compra y venta de viviendas y autos, como parece desprenderse de los últimos argumentos de Ubieta. Llendo más allá, mencionaré que no son Havana Times y sus amiguitos, ni los otros antagonistas de la polémica, los que promueven con mayores energías varias de las transformaciones más preocupantes y problemáticas. De los programáticos Lineamientos aprobados en el último Congreso del Partido, podemos prever que se liquidarán o pasarán a formas no estatales las empresas que no se puedan hacer rentables bajo el esquema actual de funcionamiento (lineamiento 17, que no se digna mencionar si se prefiere la forma cooperativa o su privatización con nacionales o extranjeros); que se van a seguir eliminando de manera expedita lo que se denominan gratuidades y subsidios indebidos (lineamientos 69 y 173) sin más que promesas vagas respecto a que el trabajador podrá ganarse la vida dignamente con su salario; que se va a continuar propiciando la inversión de capital extranjero (lineamiento 96), sin mucho espacio para consultar al pueblo sobre la conveniencia de venderle tierras, puertos, marinas, campos para golf, etc., a los subimperialismos brasileño o español o de otras partes, porque evidentemente, estos últimos no son tan malos como el yanqui; incluyendo zonas francas para que éstos vengan a poner sus maquilas (lineamiento 103) sin pronunciarse, por cierto, sobre la política laboral de estos enclaves, cuya producción podrá ser exportada libremente por sus propias instalaciones portuarias (con el puerto del Mariel, indirectamente relacionado en el lineamiento 277); disminuir la participación del Presupuesto Estatal en el financiamiento de la Seguridad Social y recortar prestaciones en este sentido (lineamientos 165 y 166); despedir a los trabajadores sobrantes (lineamiento 169) con muy escasas garantías para las personas que se consideren prescindibles. Estos cambios, a despecho de Ubieta, van mucho más allá de los que él se da por enterado y despiertan la preocupación de muchas personas (entre ellas, los anarquistas de sus pesadillas), pero no tienen apariencias de ser impulsados por un malvado enemigo externo.

Si hay que decirlo, yo también diré que repudio la actitud ingerencista del imperialismo yanqui y el lacayismo de sus mercenarios pero reitero, como Rosa Luxemburgo, como lo repite Raúl, como se desprende de la filosofía polemista de los análisis socio-económicos del Che Guevara, que no hay libertad sin el respeto a los que piensan (de manera sincera) de forma diferente y que reclaman el espacio que les corresponde como ciudadanos en la arena pública del país. Con ganas de ir concluyendo, que ya he aburrido bastante a quien haya leido todo esto, me vuelvo a preguntar por qué Ubieta se empecina en ignorar todos estos cambios que están ocurriendo a su alrededor; el por qué de su aferramiento a la idea de que el imperialismo es el principal enemigo, y la negativa a otorgar, por lo menos, el beneficio de la duda respecto a la sinceridad u honestidad de otras personas que no piensan como él. Por otra parte, no me acabo de tragar su pose de revolucionario sencillo y puritano del pueblo, cuando nada más hay que consultar su ficha en la enciclopedia digital cubana Ecured para comprobar cómo su actitud le ha permitido recorrer el mundo a lo largo y ancho (incluyendo una beca de investigación en la Biblioteca del Congreso de los malos malísimos); codearse ampliamente con extranjeros sin que se le considere jinetero o luchador de dineros apátridas (por supuesto, estos extranjeros han sido previamente aprobados como políticamente correctos) y más bien sospecho que estos privilegios tienen que ver con la fiereza de la defensa que él hace de la sagrada autoridad y el sacrosanto sistema que estamos llamados, pese a todo, a transformar.

Está claro que culpar al imperialismo por todos nuestros males permite desviar la atención y no combatir la presencia interna de los flagelos de la corrupción, el autoritarismo, y otros tan criticables como letales para cualquier proyecto socialista. Así que si Ubieta cree que Raúl Castro está equivocado respecto a lo de dejar de considerar al imperialismo como el principal enemigo, que lo diga explícitamente y exponga con valor sus argumentos; pero si sabe que el presidente está en lo cierto, y sigue defendiendo otra opinión, entonces habrá que preguntarse qué torvos intereses lo mueven.

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