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Por Rogelio M. Díaz Moreno, foto Jimmy Roque Martínez

La iglesia católica ofrece en La Habana cursos para empresarios. Las federaciones de estudiantes acatan disciplinadas la orientación de cancelar las movilizaciones de jóvenes para labores productivas. El cambio obligado, impuesto por las circunstancias hacia las formas de estímulo material ha borrado de la memoria de las voces oficiales la época en que se pensaba con términos más ideológicos. Todos vamos encarriladitos por el camino racional, pragmático, económico, para actualizar el modelo de sociedad cubana. Tal vez en estos momentos, los chicos del movimiento 15-M en España estén haciendo más por construir al hombre y la mujer nuevos.

El romance del Estado cubano con la Iglesia florece nuevamente. Altos funcionarios asisten a misas en celebración de determinadas ocasiones memorables, como el reciente aniversario de la fundación de la villa de Baracoa. Prelados y estadistas discuten temas políticos que nunca se pondrían al alcance del resto de la sociedad civil. Educativamente, la iglesia se acerca a su viejo sueño de poner escuelas. Ya tienen centros de enseñanza de idiomas, tan buenos que yo mismo iría con entusiasmo si tuviera más tiempo. Pero esto de abrir una maestría en gerencia, debería levantar más de una suspicacia: ¿no estamos hablando por casualidad de una escuela de capitalistas en medio del país que declaró al sistema socialista irrevocable? En realidad, con las corrientes de actualización del modelo económico cubano, reestructuración (en el diccionario español-ruso: reestructuración se dice perestroika), conversión de entidades estatales en empresas autofinanciadas bajo la dirección de gerentes todopoderosos, esto de crear pichones de CEO para las nuevas corporaciones cubanas tiene mucho sentido, y el beneplácito de todos los interesados en la transición.

Las asociaciones de estudiantes profundizan su obediencia y su incapacidad para liderar empeños juveniles. Acatar disciplinadamente la orden de olvidar las brigadas de trabajo veraniegas, qué característico. No tenía sentido machacar sobre la misma forma de actividad contraproducente en términos económicos, ¿por qué no suspenderlas? Claro, que la iniciativa no podía partir de las estructuras estudiantiles, tenía que bajar de arriba. Y abajo, nadie tendría el menor interés en probar otras variantes que demostrasen la menor capacidad de la juventud para asumir independientemente empeños que evidencien compromisos políticos con la sociedad; nadie creería que la muchachada loca puede irse por su cuenta al Malecón habanero a recoger basura, creando belleza y conciencia ambiental a cero costo; sembrar unas posturas de árboles por amor a la ecología; ayudar a unos vecinos a pintar una escuela, a un amigo a realizar una mudanza. Capaz de que las personas se den cuenta de que se pueden transformar a sí mismas sin que el Estado o el Mercado las dirijan, trabajar y ayudar al prójimo por el gusto de hacer algo bueno y de acercarse de modo autodidacta al ideal del Hombre Nuevo.

Con el mismo entusiasmo con el que antes se decantaban por la centralización y un imposible control total, las voces oficiales entonan hoy las nuevas notas del estímulo por resultados, del interés por cuenta propia y de la empresa basada en la ganancia siempre saludablemente distanciadas del carácter obrero y campesino que debería tener la administración de una sociedad de trabajadores. A veces la transición ocurre en espacios mínimos, como dentro de un solo libro de no muchas páginas: Orlando Borrego habla horrores de la autogestión obrera, escudándose en el concepto de control estatal del Plan que defendía el Che en los años 60, pero unas decenas de páginas más tarde, la autonomía de empresas dirigidas por empoderados gerentes, aprendices de brujo de técnicas capitalistas, le merece los mayores elogios. Si la economía grande sigue ese camino, obviamente las actividades ideológicas como brigadas estudiantiles, trabajos voluntarios, planes en educación, cultura, salud, etc., concebidos teóricamente para elevar el bienestar del pueblo de manera principalmente espiritual, todo esto le toca irse abajo. Si por esta renuncia nos llega mañana la abundancia material a todos, o al menos a la gran mayoría, tal vez tendremos la oportunidad de recuperar lo espiritual… a menos que hayamos aprendido a despreciarlo, y hayamos olvidado de que para transformar la sociedad hay que transformar también al hombre y a la mujer que la integran, a crear(nos) nuevas personas. ¿De nuevo estamos presos de la lógica bipolar, donde la única alternativa al Estado paternalista resulta el sálvese quien pueda neoliberal? Hay muchas personas que se resisten a aceptar esto, e insisten en acercarnos a la sociedad comunitaria, democrática, participativa, de los trabajadores auto-organizados, una variante donde el bienestar se construye por consenso, sin aislar el interés individual del colectivo, sin enajenar lo material de lo espiritual, y donde el crecimiento económico irá de la mano con el humano, pero los caminos resultan extremadamente complejos.

Paradójicamente, del mundo capitalista nos llegan luces. La juventud indignada lleva a cabo una gesta maravillosa en España y otros países. Un sujeto político nuevo, limpio, hermoso, se gesta ante los ojos atónitos de los políticos, medios de comunicación, finanzas opresoras, que ni les comprenden ni logran asimilarlos. Se ven en la necesidad de generar un lenguaje nuevo, pues entreven un mundo nuevo.

Una de sus exponentes nos contó sus experiencias. Para respetar su voluntad de no tornarse representante, guardamos su nombre. Pero no puedo evitar contar que es maestra de escuela, y que pasamos horas maravillosas escuchándole sus vivencias, las emociones vividas en la Plaza del Sol. Nos atestiguó en primera persona la calidez de un proceso fortalecido en la interacción cara a cara, desmitificando el influjo de las TICs que no cumplen otro rol que el de acelerar las convocatorias y la divulgación de lo que los corazones de las personas construyen o sueñan. Le jugaremos, eso sí, una broma, al manifestar que debe haber sido muy difícil para sus compañeros integrarla al movimiento de Indignados. Nos explicamos: en nuestra imaginación, llegamos a la Plaza del Sol. Vamos cargados de nuestra ira contra el capitalismo, los políticos corruptos, las finanzas esclavizadoras, los medios de información convertidos en manipuladores, las corporaciones contaminadoras… Empezamos a descargar nuestra molestia en ardientes discursos, en enérgicas proclamas en defensa del medio ambiente, en llamados a no apoyar más el sistema. Súbitamente nos percatamos de la presencia de esta muchacha. La tenemos ahí, al alcance de la mano. La hemos escuchado y la hemos visto sonreír. Nos ha ofrecido su abrazo o un simple apretón de manos. Nuestro día ha cambiado. Está más luminoso. De esta manera, ¿quién puede permanecer indignado? Entonces comprendemos la solución: las revoluciones también son obra de infinito amor.