Por Carlos García

Comparsa de la FEU


Viernes 6 de agosto de 2010. 11.30 pm
Noche de viernes. A esta hora la ciudad está caliente y cientos de personas se dirigen al Malecón. Mientras unos amontonan discretamente sus autos particulares en las discotecas caras de Miramar, al otro lado de La Habana, ellos la mayoría del pueblo- llegan allí a plena luz de luna y como pueden: en guagua, en almendrón (1) o también a pie, como toca a la población humilde que prefiere o se resigna a esta clase de diversión. El carnaval habanero tocará a su fin dentro de dos noches y habrá que esperar hasta el año que viene. Pero ahora, con cada hora que pasa, la fiesta parece eterna y la vida, con su pesado fardo de cargas e imposibilidades, se manifiesta como juego fascinante.

A primera vista, hombres, jóvenes, negros, heterosexuales, de clase humilde, provenientes de la periferia de la ciudad colman mayoritariamente la milla estratégica entre la Tribuna Antimperialista donde toca a todo tren el trabuco de Manolín, hasta el parque de Antonio Maceo en que está acabando el desfile de las comparsas. Si lo dividiera en zonas mientras mi mirada hace un paneo rápido del lugar, hablaría del bailable de la Tribuna, en que, sobre la banda musical y la diversión de la gente frente a ella, cuelga un inmenso cartel prescribiendo: Todo por la Revolución. Más allá, sobre el muro de las alegrías y los lamentos nuestros, hay solo gente que sale a sentarse. Están disfrutando, pero no viviendo, protagonizando el carnaval.

Una energía sobrenatural une, sin embargo, a los que, en el otro extremo, están adentro y afuera de las comparsas. Unos son visiblemente gays, otros pocos- son europeos embriagados por el ritmo. La mayoría es población negra muy humilde. Todos se encuentran perfectamente a gusto dentro de una atmósfera vibrante pero pacífica. No siento ni una pelea, ni siquiera una agresión verbal. Sin embargo, una baranda de hierro, endurecida aún más por un cordón excesivamente anudado de policías no logra separar el fraseo de los Componedores de batea (comparsa fundada en 1908) hacia la gente que arrolla y el de la gente que arrolla hacia los Componedores de batea: la imagen es un poema a la lucha entre un mundo oficial pretendidamente solemne y controlador con otro pasional y arrebatado de angustia y felicidad, que quiere realizarse saliéndose de su cauce.

Voy a calentar el bonche/ voy a calentar la fiesta/ Mano pa rriba los guapos/ Los que se juran en esta. Y todos corean y arrollan de frente, de lado, de espalda y de cabeza: Esto es problema problema problema. Esto es problema problema problema.

Como bandas de música afrocubana cuyo origen se remonta a las celebraciones del Día de Reyes en la colonia y la República, estas manifestaciones han sido a lo largo del tiempo prohibidas, parodiadas, normadas y, en general, temidas por su potencial grado de oposicionalidad al orden establecido. Los coros de guaguancó de las comparsas en que negros y mulatos lanzaban tras las Guerras de Independencia canciones alusivas al amor por su país y elogiaban a los héroes de color como recordatorio social de sus derechos no colmados; o la parodia de la policía colonial que comparseros negros disfrazados con uniformes hacían a principios del siglo XX contra sus acosadores en los carnavales habaneros, son algunas de las razones para entender por qué desde 1916 hasta 1937 la presencia afrocubana fue literalmente suprimida de estas festividades. Ello sirve también para entender por qué a partir de los años cuarenta del mismo siglo hasta hoy, los afrocubanos y sus tradiciones fueron reincorporados bajo una forma compleja de expresión nacional en la cual la política de control social manifiesta se ha usado para difuminar o subvertir el potencial contestatario de las comparsas, no reducible siempre (Moore, 1997: 86)

La geografía del carnaval habanero de hoy es comparable con el mapa de una ciudad sitiada: una calle entre miles, un kilómetro entre decenas en esa calle, diez sujetos uniformados por cada sesenta metros en el área de paseo. Si el carnaval es un estado peculiar del mundo que ignora toda distinción entre actores y espectadores (Durante el carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial dijo Bajtin de una realidad diferente a la nuestra en el espacio y en el tiempo), a lo que asistimos esta noche en La Habana no es al carnaval sino a la performance de la fiesta, gracias a la cual el Estado entrega a la risa irreverente de las clases más humildes y a su protesta inconsciente de sí misma, un definido fragmento del espacio en que se manifiestan sus rituales de poder (tribunas abiertas, conciertos patrióticos, mítines políticos) a cambio de un lavado de su imagen democrática, la cual, no obstante, resulta extrañamente recortada sobre su escepticismo creciente.

La paranoia del poder alrededor de la realización palpable de la cultura popular revela un terror a las consecuencias de su vitalidad desatada, de su sentido profundamente subversivo y trastocador del orden imperante. Los hechos desnudos en la calle abierta desdicen la confianza en el pueblo que los cotos seguros del discurso oficial afirman sentir por él. Pero el Estado no es el único receloso. También lo están diferentes estratos sociales para quienes una fresca caminata por La Rampa no es durante esta semana una opción recomendable. La policía en la fiesta es la evidencia de ese criterio imperante.

En Cuba está teniendo lugar a ojos vista una creciente segregación silenciosa. Los grupos de relación social cotidiana son cada vez más homogéneos en su composición racial y de clase: caminando por Malecón (y ya no sólo por los distintos barrios, centros laborales con o sin CUC y centros nocturnos de La Habana) pueden verse hoy algunas evidencias de esto. Pero, a falta de una adecuada socialización de ellos, no parecemos poder reconocer tales datos de nuestra realidad social contemporánea.

Mientras tanto, como nos enseñara Bajtin, las clases más humildes, siguen las leyes de la libertad en el decurso de la fiesta, porque este es su acto de renacimiento y renovación, en el que cada individuo participa a pesar de la expectación sancionante de los poderes emparentados del Estado y las clases sociales dominantes, a quienes aquellas retan en ese performance organizado, al mismo tiempo, para ellas y contra ellas. Esta purificación momentánea, asistida y, por ende, destinada a nacer muerta, ha de tener lugar de todos modos aquí, ahora y así, puesto que en la desdoración de los poderes que le oprimen y la consiguiente sublimación (también desdorada, pero sublimación al fin) del mundo en que les ha tocado vivir, va la salud espiritual que les queda a personas ubicadas en el lugar más incómodo del paisaje social cubano: cultura popular popular v.s. cultura popular oficial.

Notas

(1) En el habla habanera: guagua es el ómnibus estatal, con precio de 40 centavos (moneda nacional); mientras que almendrón es un taxi colectivo con costo de 10 pesos (moneda nacional). Ambos son los medios de transporte más económicos para el ciudadano promedio de la capital.

Bibliografía

Bajtin, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Biblioteca Enciclopedia de los Espejos, http://www.nodo50.org/enciclopediaespejos, mayo de 2002

Moore, Robin D. 1997 Nationalizating Blackness. Afrocubanism and Artistic revolution in Havana 1920-1945. Pittsburg : University of Pittsburg Press.

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