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Rogelio Manuel Díaz Moreno

Busqué estos días la transcripción del discurso de Marino Murillo en la recién concluida sesión de nuestra Asamblea Nacional, pero me cuesta trabajo encontrarla. Aparece un sitio con algo que parece una grabación para escucharla, aparece un discurso del susodicho en el Parlamento en el 2009, pero este discurso particular no lo encuentro. Sin embargo, lo retransmitieron una vez por televisión y mi memoria, que tiene su propio sentido del humor, retiene una serie de detalles que son de ampanga.

De hecho, si yo fuera el Gobierno cubano, me sería difícil evitar la tentación de impedir que el discurso apareciera en mis medios oficiales de prensa que, como sabemos, son todos los que circulan legalmente en Cuba. Las cosas que recuerdo que dijo ese hombre, no son como para celebrar precisamente. Lo que es más penoso, que se vienen a reconocer y a tratar de poner algún remedio a problemas que tienen decenas de años y han estado todo este tiempo expuestos a la vista de todo aquel que no mantuviera sus ojos firmemente cerrados.

La corrupción alimentada de burocratismo y la manía del hipercontrol que agrava los problemas en vez de resolverlos recibieron sus respectivos fuetazos. Si se empieza por la agricultura, fueron de notar en el discursante los centenares de miles, hasta millones, de hectáreas de tierras cultivables que se cubrieron de marabú frente a la mirada de unos ministerios de agricultura y azúcar totalmente incapaces de controlar el avance del espinoso arbusto. No quedó más remedio que repartir estas tierras entre particulares, lamentablemente con veinte o más años de retraso respecto al momento en que empezó a hacerse notar más seriamente el problema. Problema, por cierto, que no termina con el cambio de propiedad del medio de producción hacia unas manos más eficientes, porque el fruto de estas se pierde con demasiada frecuencia al volver a caer en el mismo vórtice de ineficiencia de los sistemas estatales, llámense Acopio o Frutas Selectas, cuyas estructuras fueron el blanco de otras palabras dinamiteras: a volarlas en pedazos llamó Murillo, para que los productores puedan comercializar libremente sus mercancías, por ejemplo, a los hoteles, porque las instituciones oficiales son causa reconocida de sangrientas erogaciones subsidiadoras por parte del Estado.

Los materiales de construcción y su comercialización fueron también abordados por Murillo. El hombre reconoció que mientras se trató de mantener una venta subsidiada de estos, en los expendios todo el mundo sabe lo que pasa. Enlacemos con la situación de las instituciones administradoras de todo lo que tenía que ver con la vivienda, si uno tenía que hacer alguna gestión de permuta, donación, lo que fuera: o se demoraba un universo o, para resolver rápidamente, todo el mundo sabe lo que pasa. No era útil aumentar la cantidad de control, más bien por el contrario, se creaban más trabazones y corruptelas administrativas con cada intento.

Para no parar en esas, también Murillo comunicó la decisión de pasar al sistema de turismo común y corriente, posiblemente en pesos cubanos sin subsidios, la aplastante mayoría de la capacidad de alojamiento en villas, moteles y demás de los distintos organismos, pues su uso adecuado era, de nuevo en palabras de Murillo, incontrolable. Como todo el mundo sabe, lo que pasaba era que mucho dirigente y funcionario y socio y familiar pasaban sabrosas vacaciones y paseos pagados por Liborio. Ahora por lo menos, dos cosas buenas pasarán, que todo el que pueda pagar tendrá un acceso normal, y una empresa estándar recaudará ingresos normalmente.

Y para no quedarse a pie o con cucarachas en la cabeza, explicó Murillo que ha salido bien el experimento con los barberos y los taxis, ese de dejarlos a su aire, dejando que vivieran oficialmente de cobrar lo que el mercado determinara por el servicio, en lugar de un sueldo fijo más lo que no oficialmente les diera el mismo mercado. No había manera de controlar aquello, y todo el mundo sabe lo que pasaba con el precio de los pelados y de los paseos. Ahora, en vez de mantener esos servicios, el Estado recauda impuestos a su cuenta.

Todas estas ideas expresadas suenan convincentes y pareciera que los chicos del Gobierno se vuelven listos. Ah, pero uno se preocupa un poco por varios motivos cuando lo piensa mejor.

Según lo que también se ve en la prensa, en muchas reuniones y procesos asamblearios partidistas y de todo tipo, mucha gente parece que perdió la más reciente seña, y sigue exigiendo más y más control, hasta llevar supuestamente la supervisión personalizada y continua al pie del mismo trabajador que está en el surco o frente a un torno, para controlar todo lo que éste débil cristiano hace o deja de hacer. Uno no sabe si indignarse con estos fariseos o si reírse de la futilidad del intento. De lo contradictorio. De lo deshonesto. Porque ya ellos comprobaron, como sabe todo el mundo, ya reconocieron públicamente, que bajo su sistema de omnicontrol lo que tienen es un controlito malo, una hiperinflación de estructuras aberrantes que estorban el buen desempeño de cualquier iniciativa productiva o de servicios, y según lo que vemos están empezando a remediar algunas, las más dramáticas, de la manera más burda, esto es, cediéndole potestades a particulares que lo hacen mejor, que permiten a las personas desenvolverse más libremente, al menos a primera vista. ¿Para qué hablar tanto entonces de los remedios viejos y reconocidamente malos? ¿Qué suerte de alquimia desprestigiada están reivindicando aquellos fanáticos acérrimos del control?

Otro motivo de preocupación surge porque uno no sabe, no lo dicen, se lo ocultan, hasta dónde están dispuestos a llegar en esta ofensiva a lo Marino Murillo. ¿Cuál o cuáles van a ser los próximos sectores a descontrolar?

Recientemente se mostraron mayores flexibilidades a los pequeños empresarios surgidos con el auge del cuentapropismo, que sean empleadores de otros asalariados. ¿Estará explícitamente establecido el límite de tamaño de la actividad económica que la sociedad considera adecuado que se libere de controles, para empezar a funcionar de manera particular, tal vez explotadora de otros proletarios, esto es, capitalista? A ello nos puede llevar a una idea expresada anteriormente por los adalides modernos del desentendimiento por el Estado de un número de funciones, aquella según la cual el Gobierno no se debe meter a regular las relaciones entre individuos. ¿Aún cuando estas se encarrilen por moldes neoliberales a pequeña escala?

¿Llegaremos al punto en el que el Estado se confiesa incapaz de mantener el control sobre todos los sectores, de los cuales igualmente todo el mundo sabe que también están en crisis? Y, si es así, ¿se liberarán estos sectores a las fuerzas del mercado? ¿Quo Vadis (dónde vas)? o, mejor dicho, ¿Quo vamos, Murillo?