Etiquetas

, , , , , , ,


Por Rafael González Escalona

En estos tiempos en que hasta tirios y troyanos relegan el romanticismo de la vida a consideraciones económicas se agradecen actos poéticos como el Leer poesía, hermosa convocatoria a compartir poemas favoritos en culpable cofradía que nació bajo las buenas luces de los miembros del Observatorio Crítico. Poemas favoritos. Se escribe fácil, pero resulta en la práctica una empresa imposible. Fue entonces que comprobé que tengo demasiados libros, pero no los suficientes.
¿Cuál escoger, cómo discriminar, cómo le explico a Shakespeare y a Borges que me disculpen, pero no caben, que solo puedo cargar unos pocos, quizás un poema? Como decía, empresa imposible.
Parado ante mi caos libresco, maldecía mi suerte que no alcanza para tener aquel libro de Rainer Maria Rilke o aquel otro de Cintio Vitier. Y aún así, ahí estaba, paralizado ante cientos de libras de papel, incapaz de decidir.
Me resolví por los cuadernos que tenía a mano, esos que revisito con frecuencia insana. Armado de Poesía Completa de Lezama Lima, Faz de tierra conocida (compilación de poetas villaclareños) y Palabra del mundo (memoria del festival de poesía de La Habana) me lancé a la captura de un P1, rumbo a un desconocido Monte Barreto, un hermoso parque lleno de sombras atrayentes y parrillas para asar.

No había nadie, al menos nadie que a primera vista correspondiera con los estereotipos de un posible asistente a una lectura de poemas. Me sentía incómodo; sentado solitariamente en una roca, mirando a todas partes y rodeado de familias con niños pequeños. Cumplía con todos los requisitos del típico hombre-escalofriante-raptador-de-infantes-que-merodea-por-los-parques.
Me dediqué a escribir un poco, para tranquilizar a las madres que comenzaban a observarme de reojo y de paso atraer la atención de otro náufrago como yo.
La estrategia surtió efecto, un par de minutos más tarde otro loco se unió a mi espera. Dos tipos solos en un parque familiar, el asunto se veía cada vez más raro. Con el paso del tiempo siguieron desembarcando padres y niños y a cuentagotas, algún que otro loco lector.
Aquello empezaba a tomar un cariz peligroso; siete hombres variopintos reunidos sin hacer nada. Quien nos hubiera visto en ese momento lo hubiera tenido muy difícil para adivinar nuestras intenciones.
Finalmente nos instalamos a la vera de unos árboles y de unas mochilas infinitas comenzó a brotar cuaderno tras cuaderno, hasta formar unos curiosos conjuntos en los que podía encontrarse buena parte de la poesía rescatable de los últimos 200 años.
En algún momento, se nos unió nuestra Cesárea, la única mujer del grupo, hecho que vino a confirmar ciertas tesis machistas sobre la preeminencia del espíritu poético -en el sentido literario quiero decir- en los hombres.

El hielo lo rompió -inevitablemente- un poema de Martí. A partir de ahí, como hábiles Teseos desenrrollamos la madeja que nos guió por los enrevesados laberintos de la poesía, que no marca su rumbo por escuelas estéticas, nacionalidades o sexo, sino por algo más oscuro e universal. Fue así que danzaron fraternos los versos de Dulce María Loynaz, Federico García Lorca, Gustavo Fernández-Larrea, Ken Smith, Roberto Manzano, Fina García Marruz, Luis Rogelio Nogueras, Antonin Artaud, Lina de Feria, los propios de algunos asistentes y muchos otros confundidos en verdadero eternoretornógrafo.
Poemas, poetas, chismes extraliterarios y disquisiciones filosóficas y climáticas se fueron trenzando durante tres horas de deliciosa comunión, en las que nació un proyecto tan sublime como devolverle su ambiente literario a ciertos bares pendencieros de La Habana Vieja y Centro Habana que inspirarían más de una milonga al mismísimo Borges.
Nunca pasamos de unos pocos, la verdad, pero quizás si hubiéramos sido más que el puñado que éramos la magia de los versos compartidos no nos hubiera contagiado de tal manera. De cualquier modo, gracias al Observatorio por la convocatoria, que si no alimentó a muchas almas, sí dejó un surtidor de poesía manando entre los árboles del Monte Barreto.

Publicado en El Microwave.
Fotos de Jimmy Roque Martínez e Isbel Díaz Torres.