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Por Miguel Arencibia

En estos días, por algunos se intenta apologizar el encuentro que hace 50 años sostuvo Fidel con un grupo de artistas, en la Biblioteca Nacional. Digo artistas y no intelectuales como diera en mencionarse al darle título a los pronunciamientos centrales del evento: Palabras a los intelectuales, porque la concurrencia contó con solo una parte de la intelectualidad. Y ello, porque esta se conforma también por científicos y otros (me gusta como lo señala Wikipedia) que se dedican habitualmente a meditar, reflexionar, discurrir, se inspiran, buscan, investigan, analizan, disciernen, desmenuzan, idean, proyectan, imaginan, especulan, atribuyen fenómenos a las causas y causas a los fenómenos e interconectan fenómenos; en fin hacen uso de las limitadas pero a la vez vastas capacidades de la mente humana.

Hecha esa salvedad esencial, ubiquemos el contexto histórico en que se efectuó la actividad de los días 16, 23 y 30 de julio de 1961. Se produjo a dos años y medio del triunfo de la lucha armada contra el régimen batistiano, a un año y algo de la ruptura unilateral por los EE.UU de las relaciones comerciales y a menos de tres meses de la Victoria de Playa Girón, en que básicamente nuestros milicianos que serían desarmados a posteriori– habían derrotado la invasión preparada y ejecutada por el gobierno yanqui. Se desarrolló en un período de la lucha de clases, entre una burguesía ya posicionalmente debilitada y una novel pero poderosa fuerza revolucionaria. También, en los momentos en que la Segunda Ley de Reforma Agraria -afectando a muchos campesinos incluso beneficiados titularmente con la primera ley – sirvió de involuntario apoyo a la CIA para engrosar las huestes del Escambray, de la Sierra del Rosario y otras regiones montañosas.

Todo eso impregnaba de un tinte subido la interlocución entre un impetuoso líder en su punto de máxima ebullición, desbordado en palabras y actitudes veladamente autoritarias, y un auditorio poco locuaz; en su mayoría, asustado y, por ende, seguidor de la onda. El zambrán, funda y pistola de alguna manera evidentes en la presidencia del acto, terminaban por redondear la semiótica imperante en el encuentro. Muchos de los que allí estuvieron, desde ese momento, fueron convencidos de integrar las filas más orgánicas de esa parte de la intelectualidad, la misma que un mes después se institucionalizaría dentro de la UNEAC.

Quizás la nueva historia que sobre ese acontecimiento se viene perfilando – sobre todo a partir de la peyorativamente nombrada Guerrita de los E-mails del 2007- aún esté incompleta y se sea injusto, pero se cuenta que únicamente Virgilio Piñera, tembloroso como por un Aire frío, fue capaz de dirigirse hasta el micrófono, mirar de soslayo al líder a los ojos y expresarle con valerosísima femineidad que, aunque no sabía explicar el por qué, quería decir que sentía mucho miedo.

A su intervención, Fidel contrapondría: quién es el que desconfía tanto del Gobierno Revolucionario que aun cuando estime que está equivocada una decisión suya, encuentra un verdadero motivo de terror en pensar que el Gobierno pueda siempre equivocarse? () El punto más polémico de esta cuestión es: si debe haber o no una absoluta libertad de contenido en la expresión artística. Nos parece que algunos compañeros defienden ese punto de vista. Quizás por temor a eso que estimaron prohibiciones, regulaciones, limitaciones, reglas, autoridades, para decidir sobre la cuestión. () Permítanme decirles () que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser. () A lo que hay que temerle no es a ese supuesto juez autoritario, verdugo de la cultura, imaginario, que hemos elaborado aquí.

Sin embargo, ¡qué visionario nuestro más grande dramaturgo! Sí había que temerle al supuesto juez. Unos meses después Piñera estaría preso tan solo por su amaneramiento. El y muchos otros. Algunos dentro de un campamento de concentración abreviadamente nombrado UMAP (por el que Raúl se disculpó recientemente). Surgiría en la revista Verde Olivo, bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila, un leopardo furioso contra los escritores y artistas que tuvieran cierta vena de independencia con respecto a la línea del oficialismo. Y comenzaría sin la expresa inconformidad del líder y con la docta venia de los aupados cuadros del extinto Partido Socialista Popular (estalinista) la parametración pavoniana-quesadiana, el ostracismo lezamiano; las Heras del León; el fuera del juego, auto-inculpación villamarística mediante, del laureado Heberto Padilla. El y muchos otros. Y devendría -de triste recordación- el Congreso de Educación y Cultura.

En vez de aunar, sumar, encauzar, convencer; lo que se hizo fue imponer, censurar, silenciar, amenazar, calumniar, discriminar, desgajar, perseguir, apresar, expulsar,desterrar. Y la mar de las veces con absoluta ausencia de mínima razón.

La Santa Inquisición actuó apoyada en la guillotina dogmática del socialismo real que se instauraba.

En resumen, mal interpretadas (como alegan ahora los fidelistas) o no las palabras: dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada. () Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución ningún derecho, que no fueron neutralizadas en sus negativas consecuencias, empollaron el huevo de la serpiente totalitaria que hizo nacer en Cuba el funesto realismo socialista y con él, como bien lo acotara Coyula: el Trinquenio Gris para los artistas Y también para los demás intelectuales no representados allí.

Entonces, ¿es controversial o no la conmemoración de este hecho histórico? ¿Qué Ud. cree?