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Por Desiderio Navarro

Todo marxista crítico, en cualquier punto del planeta que esté, ha de sentir un gran vacío a su lado en la trinchera. Ninguna caída de muros, ningún desmoronamiento de gobiernos, partidos y países, y ningún triunfalismo posthistórico, pudo hacerlo vacilar en las convicciones marxistas sostenidas activamente durante décadas, no sólo frente a los enemigos naturales y consabidos del marxismo, sino también frente a sus ortodoxos enterradores de la nomenklatura académica y política soviética y sus acólitos. El "desmerengamiento" del socialismo soviético y euroriental había empezado en sus textos e intervenciones públicas mucho antes de que surgiera el pintoresco término descriptivo, porque precisamente él había sido uno de los que, con sus análisis y críticas, habían quitado buena parte del bello "merengue" bajo el que se ocultaban realidades culturales, sociales y políticas que, como él bien señalaba, contradecían la esencia del socialismo y trabajaban en su contra. De ahí que en medio de la debacle de los 90 él no realizara uno de esos lavados de autobiografía al uso ni tuviera la necesidad de hacerlo, porque mientras tantos marxistas ortodoxos y heterodoxos se trasvestían a la carrera de postmodernos, relativistas, nacionalistas, para la fiesta de clausura de la Historia, él continuó su lucha por el ideal de un socialismo plenamente democrático, ahora frente al neoliberalismo triunfante.

Creo no equivocarme al afirmar que, más allá de mi caso desde los comienzos camagüeyanos, en la formación ideológica y estética de muchos creadores, críticos, investigadores y profesores cubanos de las generaciones adultas y jóvenes activas en los años 60 la lectura de Las ideas estéticas de Marx en Edición Revolucionaria y otros textos de Sánchez Vázquez sembró o reforzó, en una otra medida, una disposición a entender el arte, la cultura y el propio marxismo de una manera antidogmática, antiescolástica, crítica, que luego nos ayudaría mucho a resistir los embates sovietizantes de los años 70 y, seguidamente, a superar sus secuelas. De gran aliento para el trabajo divulgador de Criterios fue la entusiasta acogida y valoración que dio Sánchez Vázquez ya desde el segundo año de existencia al proyecto que pronto llegará a sus cuatro décadas. Como recordé en el prólogo de la reciente antología El pensamiento cultural ruso en Criterios, ya por entonces me solicitó una amplia antología de semiótica de Lotman y la Escuela de Tartu para la excelente colección Teoría y Praxis que dirigía en la Editorial Grijalbo. En la Biblioteca del Centro Teórico-Cultural Criterios siempre se atesorarán los ejemplares afectuosamente dedicados que de sus obras me hacía llegar o me entregaba en nuestros encuentros.

Tratando de que se retomara la divulgación que había tenido localmente su obra en los 60, a mediados de los 80 preparé para el Instituto del Libro una amplia antología de sus textos sobre arte y estética , la cual, lamentablemente, fue rechazada por las críticas que en ellos dirigía Sánchez Vázquez a la estética soviética oficial. Más tarde, en los 90, preparé otra antología, más amplia y actualizada, en dos tomos, para la editorial de la Casa de las Américas, con la que tan cordiales relaciones siempre tuvo, pero la crisis económica y editorial del Período Especial frustró su publicación. Hoy, en los años 10 del siglo XXI, sigo convencido de que la publicación local de libros y antologías de artículos suyos sobre estética y teoría del arte –y también sobre ética y política– sería de gran provecho para la docencia y la formación de investigadores, críticos, creadores y cuadros culturales, sobre todo en el contexto ideológico y político actual.