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Por Víctor Lenore

Tras años de individualismo en el mundo del arte, del más refinado al más pop, y del largo reinado de la generación yo al amparo de Internet, vuelve el combate social. Creadores y activistas se enfrentan a políticos, banqueros y leyes. Sigue habiendo teoría, pero manda la práctica. La cultura pasa a la acción.

El periodista Guillem Martínez es el padre de un concepto cada vez más utilizado: la Cultura de la Transición. Resumiendo mucho, viene a significar que desde los años ochenta la izquierda española prefirió evitar cualquier tipo de conflictos (culturales, políticos o generacionales) en favor del consenso y la paz social. Treinta años después, el hechizo parece haberse roto debido al Movimiento 15-M, que cosechó el mes pasado un triunfo arrollador al ocupar las plazas de grandes ciudades con decenas de miles de personas.

Tras años de consumismo narcisista, muchos creadores vuelven a hablar de inteligencia colectiva, se mezclan con los movimientos sociales y huyen de los escaparates artísticos. Los contenidos se difunden mejor desde la calle o Internet que dentro del museo más moderno y prestigioso. Saben que la ciudad no es exactamente suya: hay que disputar el espacio público a la avalancha publicitaria y a los acontecimientos festivos precongelados, ya sea una boda real, La Noche en Blanco o una celebración futbolera. ¿Estamos viviendo el fin de una era?.

Consultamos a la artista gallega María Ruido, que en 2005 sufrió la censura de un conocido banco por una de sus instalaciones. Curiosamente, ocurrió en la misma plaza de Catalunya de Barcelona, donde una multitud de acampados clamaban en 2011 contra los rescates de entidades financieras con dinero público. “La instalación estaba dentro de una sucursal que es como un escaparate. Allí puse un panel que mostraba datos económicos sobre los negocios inmobiliarios del banco. Nada inventado: todo eran cifras sacadas de la propia web del banco o de la prensa económica”. La obra fue desmontada. “Una cifra positiva para la junta de accionistas, ya sean sus ganancias o el porcentaje de suelo que poseen, se vuelve incómoda cuando se muestra en un lugar público de paso”.

Preguntamos a Ruido si un artista puede aportar a las acampadas algo distinto del resto de personas. “Las cosas no cambian rodando una película, sino con procesos como los del 15-M. Dicho esto, el plano simbólico es muy importante, las imágenes nos ayudan a comprender partes del mundo que no podemos experimentar de manera directa. Ahora noto una debilidad en la representación de las luchas sociales. Antes eran mucho más fuertes, por ejemplo, la iconografía de los Panteras Negras”, recuerda. Luego añade que “es pronto para decirlo, pero los lemas y carteles del 15-M pueden acabar pasando a la historia. Su fuerza es que son rotundos y razonables”, explica con tono de profesora universitaria, su segundo trabajo.

Otro artista en la órbita de los sublevados es el estadounidense Grey Filastine, un músico nómada que ha pasado mucho tiempo en Barcelona. Sus piezas suenan primitivas y vanguardistas; por ejemplo, hace ritmos golpeando carros de supermercado. Tiene una larga relación con los movimientos sociales: ya en 1999 actuó en Seattle acompañando las protestas contra la Organización Mundial del Comercio. También participó en las manifestaciones de 2009 en la cumbre de Copenhague, haciendo presión para que se alcanzaran acuerdos para frenar el cambio climático. Quien eche un vistazo a la agenda de este músico sabrá que es un artista del siglo XXI, capaz de tocar un martes contra la cumbre del G-8 y dos días después ante miles de modernos en el Sónar de Barcelona.

¿Cuál fue su actitud en la plaza de Catalunya? “Acudí a la mani del 15 de mayo. Al terminar pensé: ‘Estuvo bien juntarnos, pero ha resultado inútil’. Como se ha visto, nunca me había equivocado tanto. Luego me preguntaba si debería actuar en alguna plaza. Al final no lo hice porque disfruto el descontrol de las caceroladas. Es música improvisada y realmente horizontal. Paso todos los días por allí y refuerzo con mis ritmos el sonido que hace la multitud. Prefiero que en la plaza no haya escenarios”, dice. También asiste a las asambleas, sube información a Twitter y echa una mano en el campamento.

Núria Güell es la coordinadora de Cómo expropiar a los bancos, un libro de enfoque práctico donde se explican tus derechos legales en caso de ruina y cómo evitar abusos de las entidades de crédito. El texto también anima a los lectores a vivir al margen del sistema financiero. “Creo que en España la acción directa es la única vía de generar una acción política realmente transformadora. Los partidos y sindicatos tradicionales son un espejismo que no ofrece alternativas. Hay que asumir nuestra vida como campo de batalla. No delegar nuestros deseos y necesidades”, señala.

Las reuniones para coordinar el 15-M madrileño se celebraron en el Patio Maravillas, un centro social ocupado que ofrece clases gratuitas de español para inmigrantes, espacio para que ensayen los jóvenes artistas o una asesoría sobre derechos sociales. Como La Tabacalera de Lavapiés y otros centros en España, es una alternativa a pasar la vida en casa, el centro comercial o los bares de moda.

Los movimientos sociales también cuentan con editoriales próximas como Traficantes de Sueños, que documenta en sus libros las luchas actuales y cuelga todas sus publicaciones gratis en la Red, una forma de hacer afición y futuros clientes. Otros sellos pujantes como Melusina, 451 o Capitán Swing sintonizan también con una cultura más crítica y menos centrada en la celebridad. Por cierto, este año se ha emitido en Televisión Española ¡Copiad, malditos!, un documental de Stéphane M. Grueso que investiga alternativas al copyright que acerquen a la industria cultural a las prácticas del siglo XXI.

Artistas como Banksy o colectivos como Anonymous han demostrado que es posible tener impacto artístico y mediático. La Spanish Revolution se ha puesto a su altura. “En las asambleas hay un diálogo natural y abierto”, explica el artista Daniel García Andújar, “la gente está aprendiendo a perder el miedo y negociar con la realidad que les rodea. Para muchos está siendo una escuela política que funciona de manera horizontal. Aquí hablas sobre bancos y nadie te manda callar porque no hayas leído El capital, de Marx. Algo ha cambiado respecto a los viejos modos”.

Publicado en El País
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