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Por Amrit

HAVANA TIMES, 3 junio Me había prometido no escribir más sobre todo lo relacionado con escuelas y maestros. He llegado a sentir que, habiendo dejado bien atrás la adolescencia, padezco sus efectos peor que cuando me tocó personalmente.

Yo misma siento rechazo al ir, una y otra vez, a la secundaria donde estudia? mi hijo. En mi texto Adiós a la inocencia. mencionaba que su maestro, que es alcohólico, parecía haber caído en una profunda crisis en los últimos meses. Yo misma había notado que se irritaba con excesiva facilidad, incluso en las reuniones de padres, si alguna madre le hacía algún reclamo.

Hace unos días supe que agredió brutalmente a dos alumnos de octavo grado que al parecer, lo provocaron con algún insulto. Al día siguiente un policía fue a buscarlo al aula. Entre sus propios alumnos, a los que no se les dijo nada oficial, se corrió pronto el rumor de que había sido expulsado, pero indagué y supe que fue suspendido por un mes de su puesto de trabajo, pues el déficit de profesores no permite aplicar una medida más drástica.

Sus discípulos, desconcertados, miran su sitio vacío en la mesa. El otro profesor que imparte las asignaturas de letras prepara una maestría y está mayoritariamente ausente. Sin embargo, falta apenas un mes para los exámenes finales, que vienen directamente de Educación provincial. Sin ningún adulto que supervise el aula, el desconcierto pronto se convierte en desorden.

Esquivando la pelota

Mi hijo llega alterado de la escuela, me cuenta que no quiere ir más, que no estudian nada, que un alumno llevó una pelota de basket y se divertía tirándola al que estuviese distraído, que tuvo que ponerse al final del aula y sentarse en un rincón, mostrándose alerta para que no lo agredieran. Es terrible me decía, no puedes ni estar tranquilo en tu puesto, no te dejan.

Yo, que siempre le insisto para que lleve un libro y lea en cualquier momento libre, que leer es viajar, es enriquecerse con las vivencias de otros, me pregunto si mi lenguaje y mis códigos no son obsoletos, absurdos.

Cuando me paro frente a la escuela, más de una vez he sentido que la lógica de mi mundo se estrella al entrar a este lugar, como si aquí rigieran otras leyes Pero cojo aire y hablo con la jefa de grado, le pregunto si reciben clases y me asegura que sí, que ella misma va a repasarles Matemáticas. Cuando mi hijo vuelve de la escuela le pregunto y me dice que dieron el repaso, que todo estuvo bien hasta el primer receso y luego se quedaron solos, ¡y otra vez el desastre!

Cada mañana se resiste más al momento de irse. Le digo que no puede faltar, que es importante ir a la escuela, que bla bla bla

Después de las diez de la mañana empiezo a notar que me intranquilizo, miro el reloj y me imagino el aula sin maestros, los niños que tiran tizas, los gritos, las malas palabras, alguna que otra trifulca. Sólo cuando se acercan las cuatro y media empiezo a sentir alivio.

Deseando que estuviera enfermo

Pero pasa otro día y antes del amanecer, cuando suena el reloj, me descubro tocando la frente de mi hijo y deseando que arda, que se queje de algo, que tenga una crisis de asma.

Más de una vez he vivido en mi mente una discusión con la secretaria docente, con la jefa de grado, con la directora: ¿Por qué no cierran la escuela? les grito- ¿Por qué no mandan los niños a sus casas? Para lo que están haciendo con los jóvenes, están formando generaciones sin valores, están contaminando la sociedad ¡Dentro de unos años vamos a despertar de este letargo y nos horrorizaremos de lo que será Cuba entonces! y en mi ensueño creo sacudirlas para que reaccionen.

Pero una vez en la escuela y frente a ellas, sólo veo su miedo, su fragilidad. Otra vez mi verdad palidece, se reduce y titila a punto de apagarse en medio de estas paredes. La jefa de grado y la secretaria me miran serias, convencidas de su papel. Esta vez la secretaria docente me asegura que ella dará un repaso de Química, que aunque no tienen maestro, el grupo es atendido, como que no, que el niño no puede faltar.

Cuando mi hijo regresa de la escuela y me cuenta que me mintieron, que no dieron ningún repaso, no me asombro. Sé que es peligroso, pero empiezo a no asombrarme de nada.

Publicado en Havana Times.

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